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martes, 10 de noviembre de 2020

Arena

    Todo ha de girar siempre. 
    Me lo digo al momento. Me lo dije hace tiempo. Me lo dije en el lienzo que plasmaba de retratos insensibles en los que plasmaba rostros de transeúntes regios en los que proyectaba mi inseguridad hace ocho años. Me lo digo ahora, justo después del comienzo, antes de la finalización de todo esto.
    ¿Qué es todo esto sino el climax de la inseguridad de mi temporalidad? Son las no-me-acuerdo con veinti-tantos-minutos. Hace un vergo de calor. De aquellos. De los que causan hipo con un trago de cerveza bien helada. De los que hacen recordar la fragilidad de los veinti-tantos y la belleza de tu amada. La que creías era tu amada. A ratos. La que no se quedó contigo. Por pendejo. Porque no no quisiste.  Porque no tuviste los huevos. La que se aparece entre-sueños-siendo-la-indicada- ¿La indicada con-respecto-a-qué? A tus pasos. A tus caprichos. A los ritmos que uno seguía cuando la amistad desaparecía y y aparecía la intangibilidad. La no-atemporalidad. El valeverguismo. La realidad.
    En-este-momento son las ocho-cuarentaicuatro de la noche y hace un calor de chingatumadre. Regreso a mi mente. Regreso a ese momento. Hemos estado en el techo de los departamentos cavilando toda esta mierda. Esa mierda antigua. Haz traído una botella de vino. Me empeño en abrirla con un cuchillo de mesa mientras hablas con tu hermano. Tengo éxito . Mientras tanto, te pido los vasos rojos desechables para servirnos el primer trago. No cuelgas y yo saboreo el primer sorbo mientras diviso el regio valle decadente frente nuestros pies. No-es-tan-tarde. Cuelgas. Olvido las primeras palabras de disculpa mientras me enrolo con las canciones espontáneas que me gustan y pongo reproducir. Es una noche hermosa con unas tonadas buenas de unos-pendejos-de-los-angeles-que-apenas-puedo-recordar. Tu brillo entre las luces y sombras me reluce al momento que vuelco mi mirada hacia ti. Estás hermosa, como siempre. Yo no sé en qué punto me encuentro pero te aseguro que estoy ahí, como si todo estuviese varado mientras observo esa mirada inconclusa viéndome fijamente. 
    

jueves, 22 de enero de 2015

Tango en tres

I

    Es un tanto tarde para querer escribir algo y es eso precisamente lo que me ha orillado a tomar lápiz y papel. Tras darme cuenta de lo repentino con lo que logro tomar decisiones y alterar las anteriores que, al parecer habían importado durante todo el día, me encuentro ingenuo y audaz deslizando mi dedo pulgar en búsqueda de un playlist y un cuestionamiento interno: una inconciencia más que ocurre entre once y doce de la noche y un impulso que no deja de repetirse. He logrado estropearlo todo para el día de mañana y, mirando las tímidas grietas de la pared de cabecera, mientras recibo ya el martes con gilipollez por delante e intentos vacíos de autocompasión, figuro que no hay nada que me retracte a lo anterior, a mis planes de rutina, a mi aventura gutural de entresemana.
    A primera instancia, todavía bajo la pregunta del porqué he de actuar a manera de sosa reacción hacia decisiones imprevistas, quedo presa de una instantánea pausa que se rompe tras el estruendo de una serenata que sucede a escasas casas de mi domicilio: entreabriéndome un poco los ojos y dejando mi mente un tanto más desviada del asunto inverosímil en cuestión. Si de algo puedo parecer convencido esta noche es del amor que aún le tiene ese hombre a su mujer y de las reprochables ganas que me empujan de irme a dormir en este momento. Asunto de desvíos y escapes al por mayor.

II

    He salido puntualmente del trabajo como en todos los días, desconectándome de las responsabilidades laborales al minuto exacto en que mi horario lo indica, poseído por un aire extraño de libertad condicional que inhalo y disfruto al tiempo en el que los caminos se acortan y recuerdo las promesas del día anterior. Procuro caminar fijamente al tiempo en que el bullicio de la gente se separa hacia sus automóviles, hacia sus transportes y caminos sin percatarse del cielo carmín que nos logra coronar. Recorro el trayecto de la oficina hasta la casa de mi hermana dentro de un tráfico flojo y el dilema de las seis de la tarde que he venido forjando en los últimos meses: «¿Y ella?».
    Es una puntualidad alemana lo que me aleja de esta masa de individuos perezosos, una desventaja en ascenso que crece por defecto como lo introvertido de mis actos, inversamente proporcional a las agallas que tengo hasta el día de hoy.  Sin embargo, después de atravesar tres municipios de la ciudad en cincuenta minutos con un silencio sin respuesta, llego hasta la pequeña casa de mi hermana donde cumplo sin protesta la ayuda que me ha pedido y un café negro es el resultado a las decisiones imprevistas. Disfruto el momento de sorbos calientes y una charla amena en cuanto realizo la situación de las cosas, la lista de pendientes que se quedan de lado y la serie de adelantos que acomodo al momento, serie de sucesos que me tienen en un acto de improvisación en donde ya estoy perdiendo por default pero alcanzo a defenderme.

III

    Una vez más vuelve el frío y poco sé de ti. Inalcanzable entre los pensamientos repentinos, te encuentro en medio del recelo con el que guardo el montón de inconformidades que ocupan ese amplio repertorio de ideas: cálida y deslumbrante ante el asombro gris con el que tomo las cosas. Es una de tus hermosas facetas la que se me presenta en esta ocasión, danzante y lúcida invitándome hacia la pista de baile, moviendo al compás tus piecitos en un tobogán de pasos que me acercan a ti para esfumarme de lo actual, de lo pasajero. Habría que devolverme al tiempo en el que te he señalado con el dedo, en el momento exacto en donde me has sonreído y negarme a bailar, pero es tarde y te veo a escasos centímetros de mí.
    Me he desfallecido ante lo místico del tiempo, la pieza base de un recuerdo y la excusa de tenerte frente a mí por unos momentos. Aprieto los dientes bajo el panorama de saberme víctima de un frío crudo en el que la mente florece y acongoja, atrayendo el placer con el desconcierto de encontrarme bien entre un júbilo bajo tus párpados y el aroma que amarra lo más recóndito del alma.
    Seré la presa inminente para esa lluvia de recuerdos y deformaciones perfectas de ti que mi cabeza se empeña en bombardear hasta el fin de mis días. Se asome el sol en sus maneras más extremas o como ahora, bajo el yugo de un invierno ártico, seguiré tu búsqueda intrapersonal en la que me refugio siempre al caer la noche. Acto banal que me regresa a carcajadas a la penumbra de vivir. 

martes, 13 de enero de 2015

Atlas

    Esta mañana he despertado por un olor a quemado que llegaba hasta mis sueños. Se trataba de un olor que se situaba en maneras diferentes a través de los saltos de sueño a otro sueño y una singularidad que abarcaba omnipotencia, independientemente del suceso, dejando en clara evidencia que algo no estaba bien: signo de que la escena es irreal y el recuerdo aquel de la película inception. Y, en efecto, se trataba de una pista que llegaba hasta mi cerebro para alertarme de que tenía que reaccionar. Después, tras el hecho a respuesta que poco puedo explicar y que además no importa, desperté encontrando que la lámpara de esta habitación estaba encendida y, además, chamuscándose a escasos treinta centímetros de mi cabeza, a lo cual me apuré a acomodar. La bombilla había logrado comenzar a rozar la tela de la cubierta y ésta había comenzado a quemarse: un hecho que seguro vino tras algún movimiento brusco mientras dormía y que pudo haber terminado en un accidente trágico, o al menos, eso pasó por mi cabeza al terminar con ello. 
    Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando me di cuenta de la lámpara y a los quince minutos regresé a dormir. Ya más tarde, alistándome para ir a trabajar, recordaba en la ducha y en la taza de café lo que vino después, se trataba de un montón de imágenes que fluían a través de diversos colores, alguna especie de filtros que modificaban la percepción, como un caleidoscopio: a merced de un visor autónomo y la vista hacia tu presencia, siempre de espalda y con el cabello rubio que llevabas por aquellos días. A decir verdad, nada relevante que amerite cierta importancia, sólo una lámpara tostada y una imagen en la que te he sobrepuesto a subconsciencia.
    Te escribo esto porque sé que lo leerás, a primera instancia, como algo insignificante que sucede entre rutinas y momentos torpes pero te he pensado inmediatamente después de apagar la tela esta mañana. Ha sido el acordarme de ti tras el estúpido olor a quemado el que me ha llevado a escribirte en esta ocasión y poco tiene que ver la historia del principio con lo que ahora creo. Me pregunto ahora qué es lo que ha pasado en estos días y por qué no tengo la más mínima idea de saber en dónde estás, aunque, a estas alturas, ya al menos tendría que tener una pista del montón de cosas que sucedieron en aquel entonces y seguro esto agravia las cosas. Asocio ahora el olor de esta tela quemada con la incógnita que me es tu existencia y es eso, la expansión del olor chamuscado que se ha filtrado hasta mis sueños sin una barrera que lo detenga, lo que me preocupa. Es sólo una tontería.



miércoles, 7 de enero de 2015

Tótem

    «Tendría que abrir los ojos una vez más y saber que el comienzo se me va de las manos». Frase que se filtra en la sangre y fluye bajo mis narices en una tierna mañana de dos de enero, remontándome a algún momento de azar de pérdida espontanea: como en aquel instante mismo en el que recordaba uno a uno los puntos clave que ya olvidaba entonces, pérdida sin la noción de estar en juego, como quien sabe que ha perdido demasiado tiempo y aun así persiste en el intento sin motivación alguna (…) Tendría que abrirlos y saberme privado del disparo de salida, enajenado a la situación con una sorpresa ingenua de quien ignora la urgencia con la que se toman en cuenta las situaciones imprevistas, casi siempre con un intento de sonrisa que se traduce en una mueca desaliñada: producto vil a una secuencia sin fundamentos.
    Es así como me toma por entre las costillas el mes de enero, siempre procurando ensartarme en el rostro un pastel de contrariedades flojas que se producen por cuestionamientos tontos y un montón de malas figuraciones que aún poco puedo enlistar. Y, en efecto, soy sigiloso y modesto al aceptar que poco me importa tener una razón concreta en la que atribuir el atrevimiento de aferrarme a un comienzo occidental del año nuevo, siendo el misterio de la sorpresa el que me percata de esa mueca que se me idealiza mentalmente al rostro de Groucho Marx ante la cámara de un film que no pretenderé nombrar.
    Ahora, en medio de una lluvia invernal que llega junto a las corrientes del viento del norte, mientras vacilo en el regreso rutinario de la oficina hacia el estacionamiento, me percato del reflejo en un charco de la poca iluminación restante del día y la incursión de un coche en la imagen, donde en la toma normal se mueven dos mujeres a treinta kilómetros por hora y a una le alcanzo a observar a los ojos al voltearle a ver. «Tendría que abrir los ojos una vez más y saber que el comienzo se me va de las manos», me retumba una vez más el mensaje entre cada oreja, casi provocado de nuevo el sanguinario flujo en mis narices y titulando esa mirada como una más de las pérdidas que ya significan este enero en curso, aunado al sentimiento que queda tras la escena y un estacionamiento que se presenta casi totalmente deshabitado.
   «¿Qué tendría entonces que seguir haciendo ante la pérdida por defecto?», me limito a cuestionar con la mirada gacha yendo hacia mi coche, observando esa fotografía llana del mojado asfalto en el que me percibo y me pierdo hasta el más hostil de los rincones, alejando la pregunta del montón de ramificaciones que se han engendrado y aclarando la garganta para enfrascarme en el silencio más sutil de la jornada: el regreso a casa. Es enero y en el peor de los casos me encontraría haciendo prácticamente lo mismo que en el año pasado y, en el momento justo que dura la idea en mi cabeza, me doy cuenta, tras encender el motor ya en mi vehículo, que lo anterior es algo que ya poco importa y aun así persisto en el intento sin motivación alguna (…) Tendría que abrir los ojos una vez más o, al menos, desempañar mis gafas ante la desmesurada inflación de pensamientos grotescos y banales que llegan y se empalman con la demás basura que ya me encargo en almacenar, dándome por hecho que su mirada me ha buscado y que es el dilema de ocasión el que me hace llegar hasta una imagen reflejada en un charco de aguas negras en el pavimento.  Saber que el comienzo se me va de las manos es pausar los cuestionamientos hacia instantes de tiempo en los que estoy vencido de antemano, aceptando que el flujo de sangre en la nariz es ahora mi tótem de bienvenida hacia un feliz año nuevo y una vigorosa oportunidad de malinterpretarme en mil y una manera posibles.  Excusarme de los errores a cometer con sonrisas falsas que terminen en una mueca desaliñada será la respuesta a tanta babosada y entonces tendría que dejar de escribir tantas sandeces en la madrugada, eso al menos lo dejaré como tema pendiente. Sin embargo, decido seguir y poner el vehículo en Drive y me encargo de arrollar el charco del reflejo con desdén, mientras busco un disco para reproducir mientras voy a casa. 





miércoles, 17 de diciembre de 2014

Del parque

I

    He despertado tras escuchar el ruido que ocasionan los vecinos ya entrada la mañana. Parece ser que el mundo exterior ha entrado en operaciones mientras nosotros, enajenados de la situación aparente, nos encontramos aún bajo un montón de cobijas. Los rayos del sol logran colarse por entre el tenue tono de las cortinas, alcanzando a llegar base a breves estirones hasta los principios de mi cara. Apenas reacciono y te observo dormida, acurrucada todavía con la posición en la que quedaste anoche, mientras me pedías que bajara el volumen del televisor y me hablabas de lo que podríamos hacer al siguiente día. Noto una respiración intranquila, en cuanto quedo en silencio y enfoco mi vista hacia tus movimientos me hago a la idea de que no tardarás en despertar. Después, en el tiempo en el que logro encender el televisor tras estirar mi cuerpo cuidadosamente para no despertarte, opto por dirigirme hacia el baño usando el par de pantuflas que has comprado el día de ayer, recuerdo que las necesito al instante en que recreo esa extraña sensación que se presenta al pisar el suelo helado de tu casa y concuerdo en que has hecho bien en comprarlas. El cuarto de baño me encierra y me aísla de ti a escasos dos metros de distancia, dándome a entender una vez más ese feeling de irme y saber que nunca hemos estado juntos del todo. Sin embargo, luego de haber cepillado mis dientes y regresar hasta la sala de la casa, te he vuelto a ver allí, sin una mínima pizca de conciencia que oscile en el panorama. Parece ser que son ya las diez de la mañana y es lo único que me parece importar en el momento, aunado a la sencilla necesidad de acercarme a tu cuerpo y tomar uno de tus senos por entre mis manos. El ambiente parece ser acogedor mientras vuelvo a notar el pasar de los transeúntes retrasados hacia la labor, me desligo al momento y regreso al suave tacto de tu cuerpo a la par del calor y los movimientos que empiezas a dar a reacción. Encuentro el control remoto bajo mis piernas y cambio el canal hasta encontrar el de las absurdas noticias que no tienen qué ver con nada en el mundo.

II


    Esta es una de las últimas vistas que tengo del parque y es asquerosa. No es necesario voltear a ver a más de cuatro metros para darme cuenta de que la gente puerca habita en cualquier lugar y ahora poco importa, aunque, tras notar el paso de más de dos ardillas me hace arrepentirme un poco de lo recién dicho. En esta vista del parque nos encontramos atravesándolo rumbo a la parada del transporte, con ese camino recurrente que hacemos para dirigirnos hacia las típicas calles del centro y hablamos de tus estudios y de la poca ambición que presento hacia el territorio laboral. Te escucho palabra tras palabra, como de costumbre, repasando esa lista de frases que vas acomodando en el momento en el que recalco la imagen de tu rostro observándome para notar mis reacciones: una plática amena y un camino lleno de basura y perros amaestrados. Habría de imaginar lo que pasaría después de eso, el bochorno que traería manejar ese ocio insistente en una quietud que nunca me ha dado nada más que reproches, podría haberlo intuido y, en todo caso, mi intuición jamás ha sido un buen presagio. El momento entre un frío todavía húmedo, un mediodía de fiestas decembrinas y el paisaje de un parque lleno de basura y vagabundos poco podría importar el día de mañana, y tal vez, me precipito a pensar en un quiebre cuando en el justo momento en que mi pesimista manera de pensar elige siempre lo peor ante cualquier circunstancia. Repito y me vuelvo, esta es una de las últimas vistas que tengo y para este momento ya nos encontramos bajando del microbús. ¿Cómo decirte toda esta especie de recapitulación? ¿Sería necesario sentarnos en una banca y hablarlo? ¿Podría funcionar mientras entramos a alguna librería o mientras te invito algún café? Es una tontería y ninguna es todas las disculpas. Bastaría tal vez con alejar mi vista del bullicio del que acabamos de salir mientras observamos sentados y tomados de la mano, escuchando la melancolía del organillero mezclada con las voces que chocan y nos embarran de desdicha. Es fácil imaginarlo y es bastante torpe el recrearlo, y mientras tanto te hablo de lo bien que la hemos pasado y algunos datos sinsentido de los cuales estamos totalmente acostumbrados. Poco a poco el sol va cayendo y nos hemos alejado con el del centro de la ciudad. Una vez más llegamos a una de esas zonas populares de la ciudad con gente pomposa y circulamos por entre los altos árboles y el ambiente abrazador de diciembre. Toco tu cabello a cada momento y es ahora ya en el café donde nos encontramos frente a frente, en un duelo de silencios y ojeras remarcadas que nos alejan cada vez más del acuerdo. No puedo evitar sonreír con esta brusca mueca, lo hago por educación y por la familia de la mesa de a lado que se abraza y se ríe por la alegoría de reencontrarse. Yo, por otro lado, bajo la mirada y saco mi cuaderno de bolsillo para leer algunos puntos que tengo que decirte y te noto con la vista perdida hacia la calle. Regresas y a veces me sonríes también, sin importarte del todo mí anuncio de tres carraspeadas de garganta y un silencio más que se transforma en ridículos tragos al café cada vez más inoportunos. Estamos ya fuera del lugar y fuera de las intenciones, ya dentro de tu casa y con esa sensación que viene cuando sé que no tengo qué ver con nada de todo esto. 

martes, 9 de diciembre de 2014

El venadito

    Tengo dos horas esperando tomar una decisión y contando.
    Habría de encontrarme yendo una vez más de nuevo hasta su casa tomando el transporte o lentamente a pie y no es así. Me he detenido en seco, en medio de un semáforo que aún marcaba el verde y una orquestra de claxons maldiciéndome a compás, boquiabierto por un flash venidero de las recónditas y torpes ideas que he estado trayendo. Supe al instante, entre el tráfico que llega al caer la tarde y el sonido del motor de mi auto, que tenía que parar.
    Opté por aparcar mi coche en un supermercado y seguir a pie. Había sido hasta el momento la mejor decisión para poder despejar mi mente ante el denso bullicio citadino y, ni así, he podido relajar mis pensamientos y enfrascarme en la simple contemplación de un o un no.  Y es que me he quedado así, aquí de pie: a escasos cuarenta metros de donde he estacionado mi vehículo y con las monedas del pasaje en la mano, con un sudor que huele a metal barato de pesos mexicanos y un asco que no me deja dar el siguiente paso. Esa es mi excusa a la excusa de no saber qué hacer después de lo primero. Según yo tengo dos horas, puede ser que me esté mintiendo y ya nada me sorprende.
    Me veo ahí, bajando del camión y caminando apresurado hasta la puerta de su trabajo sin una sola palabra que dirigirle y, sin embargo, es esa la primera opción. Por otro lado, veo la posibilidad de caminar desde aquí, llegar y no encontrarle y hacerme a la idea de que no ha sido el día indicado para buscarle. Es simple, juro que en las escenas de mi cabeza se observa todo tan sencillo y sin sobresaltos. Aunque sigo aquí, estorbando en la acera de una esquina a los transeúntes que me impactan con sus pequeños y morenos cuerpos: yendo y viniendo en las recreaciones de mi mente con estas dos opciones al tiempo en el que, el mismo tiempo, me mantiene en confort del desasosiego digno de Pessoa.
    Dos horas esperando, esperando una desgracia o tragicomedia sin ganas de provocarla; quieto y sin apuros, como un pobre venadito que habitó en la serranía.



domingo, 7 de diciembre de 2014

Después

    Creo que la única manera en la que te extraño es en tus viejas fotografías.
    Me refiero a esas fotos que tienes de antes de conocerme. Imágenes en las que reflejas una tristeza infinita y en las que alguna vez me figuré: imaginándome espectador a distancia que observa tu espalda mientras captas un momento gris tras la lente. Ahora mi recuerdo de ti es ese, justamente se devuelve a las primeras impresiones que tenía de tu persona por aquellas fotografías de tardes de una soledad que se expande en medio de tanta gente pasando. Puede parecer extraño, sobre todo por tratarse de algo de lo cual no presencié directamente. Sin embargo, ahora, mientras leo algunos libros que seguramente ya leíste y me encuentro en silencio bajo esta peculiar lluvia de diciembre, me doy cuenta de ello, de la imagen que ha quedado en mi mente y esos matices monocromáticos se vuelven el significante de lo que ha dejado tu nombre. 
    Hay algo que se ha quedado en esas fotografías que me ha llevado a percatarme y no logro darme cuenta de ello completamente. Lo pienso y no se trata de verte de nuevo y saber que estás ahí sino todo lo contrario, me remonta a preguntarme una vez más sobre todo aquello en lo que había detrás de cada imagen, los asuntos que no tuvieron nada que ver conmigo y la ola de sucesos  que pudiesen haber pasado sin saber de mi existencia. Puede ser la idea perfecta del recelo, la incertidumbre de lo que se salía de mis manos al ver esas fotografías y la intriga perversa de observar una vez más para en aquel momento, querer ahondar en lo que dictaban esos días de tu vida. Y ahora todo es más sencillo, sólo recuerdo esas fotografías y el dilema torpe de la adolescencia de la que ahora estamos tan alejados a sabiendas que no hay mal que por bien no venga. Después.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Palabras incomprendidas

    Quisiera saber qué es lo que viene después.
    Tener idea de lo que procede a lo que ya he creado es ahora una incógnita. Lo pienso ligeramente, mientras trato de encontrar un razonamiento simple y lógico y ya comienzo a darle demasiadas vueltas al asunto. Podría hacer una pausa, reparar en la última de las posibles tangentes que inserviblemente he creado o tomar una al azar: parar en seco y desenvolver el papel arrugado que ahora porto en mi bolsillo. Parar en seco y desenvolver el papel arrugado que ahora porto en mi bolsillo e ir tras el pasillo común en donde te encuentras y de donde he dado tantos rodeos. Lo pienso ligeramente, mientras trato de encontrar un razonamiento simple y lógico y ya comienzo a darle demasiadas vueltas al asunto. Lo repito justo ahora, al tiempo en el que pienso no hay moros en la costa y el mismo instante en que percibo que todos alrededor son moros y sólo quedamos nosotros dos. Me  descubro actor de un relato lleno de calamidades y comienzo a flaquear. Podría hacer una pausa, reparar en la última de las posibles tangentes que inserviblemente he creado o tomar una al azar: tener idea de lo que procede a lo que ya he creado es ahora una incógnita e ir tras el pasillo común en donde te encuentras y de donde he dado tantos rodeos es ya casi imposible. Quisiera saber qué es lo que viene después.
    He regresado al lugar del comienzo y no sé qué es lo que ha pasado.  Trato de observar el resumen de imágenes que fluyen por mi cabeza, enfundado en un traje de síntesis y confort aislado en el que me refugio y critico a reacción. Con la cabeza gacha y un carrete de visualizaciones entrecortadas y preguntas rebuscadas, recreo una a una las contrariedades que me han traído de nuevo hasta aquí. Obtengo nada más que infortunio y el desglose de malos resultados base a torpes decisiones en un tiempo tan corto para tanta estupidez. Habrá un comienzo nuevo más tarde y sin duda se repetirá sin mucha diferencia. Sin embargo, hay algo más que no cabe entre la viscosidad de mi saliva y el sonido de mi voz que haga fundirse como una palabra de valor, un entendimiento nulo y bruto que se produce entre los descalabros y el sudor frío que tengo ya bajo la nuca. Es una idea repetitiva, un constante emprendimiento de la condena humana que me ha nublado de nuevo la visión.
    Quisiera saber qué es lo que viene después. Tener idea de lo que procede a lo que ya he creado es ahora una incógnita distinta a la anterior que ya había formulado. Podría hacer de nuevo una pausa, descartar la última de las posibles tangentes que he cagado y tomar otra al azar.





lunes, 8 de septiembre de 2014

Monday morning

    Es el segundo lunes de septiembre y hay luna llena. Hoy para volver a la rutina de jornada me ha costado un poco al amanecer, raro para un lunes y lo digo de la manera más honesta posible. El despertar temprano tras no haberlo hecho dos días consecutivos en meses me ha tentado a faltar al trabajo, no lo hice y me sentí desviado hacia una responsabilidad vacía e innegable. Me ha costado un poco y la imagen tonta de los zapatos lustrados y un café negro ya servido aguardaba sobre ese inconfundible recelo de pensar ser algo, una mínima pizca de un ente, un puesto que tendría que ocuparse en un horario de ocho horas y un sueldo prescrito que no me conviene perder, no ahora. 
    No tuve el tiempo de negarme, ante mi sorpresa, ya había terminado mi cereal y la ya media taza de café comenzaba a enfriarse. Se hacía tarde y sólo faltaba cepillarme los dientes. La hora estaba bien, siempre ha estado bien y en casa sólo me limitaría a observar el techo, refugiarme en el silencio que ofrecen las mañanas suburbanas y las torpes páginas de internet que habitan en mi historial: la rutina fuera de la rutina y el pensar que he dejado ir todo un día por la borda (exagero).
    He llegado temprano al trabajo, incluso antes que en los días sin ganas de faltar. Me he dado el lujo de estacionarme más lejos con la idea de nivelar mis tiempos, me alcanza incluso para saludar a mis compañeros, de haber ido por la segunda taza de café de la mañana y aún creo haber sonreído a una o dos chicas en la enorme oficina en donde laboro. Joder, que hasta en este tipo de situaciones el karma suele jugar conmigo. 
    Tal vez mañana sea igual y quizá hasta me de unos minutos para pensarte, y lo digo así, abierto en un subjetivo comentario lleno de fanfarronería en el que hablo de todas y de ninguna; y esto no es más que otro juego de rutina fuera de rutina que suele presentarse entre lunes y viernes de cada semana, entre diez de la mañana y seis de la tarde. 

jueves, 3 de julio de 2014

Tinta azul

    Hace ya cinco meses de mi última anotación aquí. Es un tanto triste saberlo, más bien, darme cuenta del poco tiempo que le he dado a una de las actividades que, creí pensar, me era prescindible. Al parecer, la idea de anotar, transcribir y tener un registro de todo aquello que me circunde la llevo más presente en la mente, en una idea-objetivo, físicamente resumida en una agenda compacta con trazos certeros a manera de lista, en donde recreo lo que va pasando. Y qué es todo aquello que ha pasado, es decir, a dónde ha ido a parar toda esa estúpida prosa de la que en algunos ayeres me sentía, si no orgulloso, al menos, labrador. Momento de hacer una pausa, carraspear y levantarme de manera decidida de mi lugar de trabajo. 
    Entre el bullicio de la oficina a las cuatro de la tarde, me sorprendo caminando errático ante la imagen del anonadado desdén anterior, un shock que se entrega en renglones vírgenes y blancos: pulcros espectros de mi idolatrado e inexistente autismo y el mal manejo de mi vida. Espacios vacíos en el cuadernillo que golpean ante la comodidad rutinaria del godínez que me estoy haciendo. Ciertamente y lo puedo decir con toda la tranquilidad del mundo, el deslinde momentáneo de esta tarea autodisciplinaria por lo menos me ha dejado ahondar en otros puntos de vista, actividades y remembranzas: vaivenes del momento. Como actor principal de esta mala asignación de roles y guiones, torpemente me dirijo a reacción consciente rumbo a la salida del trabajo. Es el impulso el que me ha levantado, es el instinto el que me ha guiado paso a paso por el mismo pasillo de siempre, mientras vacilo entre el ruido seco de mis zapatos en el suelo y la búsqueda de otra desconocida búsqueda y que, al final, me cruza de nuevo con la presencia de sus ojos, firmes y profundos: el silencio.
    «¿Qué ha pasado en todo este tiempo?», me digo ahora  a manera de semejante fantoche en parafraseo y después como pregunta. No hay respuesta, no hay ganas de seguir. Volteo hacia el reloj despertador y recalco la hora en mis labios, yéndo de la fresca imagen vespertina en su mirada hasta la recolección de sucesos de los últimos meses: inyección de mala síntesis del tiempo: «sabés que no aprendí a vivir». Sigo bebiendo como idiota mientras esta tonta tinta azul me mancha los pulgares y pienso en ella, y luego en la otra ella para decirme, entre prestos y adagios, que el tiempo es mi único proxeneta conocido. «Sos una puta, una guarrilla, un jeta de santo, una cagada», yo soy.
    Son sus ojos los que ahora me tienen acá, escribiendo de nuevo en renglones insensatos, sediento de algo que vaya más allá de lo que previamente he bebido. Deseo de poder y es ese el punto, el golpe, el mierda que me florece y están por ahí todas ellas quienes pueden afirmarlo. No tengo objeción alguna.
    Te he estado espiando, chica. 




    

martes, 3 de junio de 2014

Gustavo Show

II


    Se ha puesto ebria y se ha quedado dormida en mi hombro. Es temprano, llevaremos, si a caso, dos horas en el bar. Los chicos de la mesa se limitan a dirigirme miradas gesticulando su duda ante el acontecimiento a lo que, con una sonrisa forzada y una figuración de sueño, respondo para despreocuparles de su actual estado. Se ha puesto ebria y tenemos que irnos. Nos vamos.
    Le despierto y le animo a irnos del lugar. Procedo a acomodarle la blusa y a despedirme ante las personas indicando su cansancio. Salimos del bar y tomamos un taxi. Nos vamos. Indico al chofer cómo llegar a su lugar. Él se da la libertad de proponerme un camino más corto. Lo acepto. Llegamos, pago y vomita bajando del vehículo. Le espero.
    Subimos a su lugar. Le recuesto. Opto por quitarle la ropa. Le cambio. Ahora tiene ropa ligera y puede dormir a gusto. Me pide que me quede con ella. Me quedo. Me recuesto a su lado y no sé qué estoy haciendo. No puedo dormir. No me deja hacerlo. No es la primera vez que hago esto con alguien. 

I

    Estamos ebrios y son las once de la noche. Nos han corrido del lugar. Es miércoles y estamos en el centro histórico. Hemos llegado a las puertas de una iglesia colonial. Fajamos. Le digo que le soy infiel. No sé si lo ha escuchado. Hablamos de las perversiones de tal o cual persona. Seguimos.
    No puedo dejar de pensar en orinar. Saco mi pene de mis pantalones y siento su mirada morbosa. Meo en la parada del Metrobus mientras este mismo se va estacionando y espera a que subamos. Su tarjeta paga el crédito de los dos. Abordamos mientras bailamos la dicha de la noche. Sé que acabaremos odiandonos un día. Esperamos a llegar, son tres estaciones.
    Hemos descendido al lado del parque de su colonia. Está bien peda. Su madre me advirtió de no embriagarle y lo he hecho. Trato de concentrarme y llegamos a su casa. Disimulo mi ebriedad con comentarios diversos. Prefiere tirarse en la cama. Me hago cargo de su estado. Le desvisto y le pongo el pijama. Habla pendejadas. Su madre no nos quita la mirada. Nos recostamos en nuestra cama inflable en la sala. No sé qué estoy haciendo. No puedo dormir. No me deja hacerlo. Es la última vez que hago esto contigo. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Viernes de puta madre y el coñazo del que nos toca burlarnos

    Me duele la cabeza. Me duele el cuello. Me duelen los ojos por estar todo el día en el trabajo y resolviendo los modernos problemas de los mexicanos, y todavía llego a casa queriendo escribir algo para el blog. Me duelen los pies de estar sentado y me duelen las nalgas por no caminar. No tengo un tema concreto del cual empezar a contar cierta historia y me da un no-sé-qué de que ella, ahorita, esté tomando con sus amigas mientras yo ni siquiera rellené mi bote de agua para acompañar el tabaco que me raspa en la garganta. Me duelen los aullidos que mi perra hace en las noches por extrañar a su hermana que acaba de morir y, mientras tecleo estas absurdas quejas que poco interesan inclusive a mi, me duele la dolencia misma de no valorar tanto quejido. 
    Mañana es viernes, viernes de salte-a-pasear-y-toma,toma-como-todos-los-universitarios-egresados-que-ya-tienen-dinero-para-seguir-bebiendo-a-placer-de-su-explotación-de-semana-inglesa. ¿Y qué hago entonces? Pues beber. Viernes de ir y hablar de cosas banales mientras los demás comparten sus logros laborales y sus aventuras de sexualidad, todo al momento en que río y pregunto cosas de las que siempre me acuerdo, porque siempre me acuerdo, incluso de los nombres que aún no he conocido, los de las pláticas, los de los otros que comparten su tiempo con mis amigos en cuestión y que poco me interesa conocer; pero es viernes. Viernes de puta madre y el coñazo del que nos toca burlarnos. 
    Me voy de fiesta entonces, no a las que siempre voy, a las que nunca estoy invitado y termino por corromper entre silencios bruscos y comentarios agresivos que se me salen de tanta discreción. No. Iré a alguna a la que me inviten, a alguna reunionsilla de intelectuales en donde compartir sus textos y sus ideales progresistas terminen por hacerme vomitar mientras bailo esa canción que nunca lograrán escuchar, una de esas que tanto se repiten en mi reproductor y que, si consultas en lastfm, soy yo el principal oyente, a lado de algún españolete o algún argentinillo porteño que seguro pasa de los cuarenta y cinco años.  
    Y bueno, sería mejor ignorar todo el primer párrafo porque la realidad es que no me duele nada, ni siquiera los pulmones cuando corro para tomar el camión de la mañana, ni la cabeza ni mi cuello, ni siquiera trabajar para resolver los problemas modernos de los mexicanos aunque, si hablamos de ignorar, sería mejor que vayamos ignorando todo lo que se expone en todas estas insignificantes palabras. 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Sueños binarios

    He trabajado arduamente en los últimos seis meses en la construcción de un proyecto espiritual, un distinto enfoque de visualización humana que me haga liberarme de culpas existenciales posmodernas en las que me he adentrado, sin una necesidad como tal, sino como el resultado de los días en los que me tocó vivir. 
    Como muchas otras actividades o trabajos, he sentido que no puedo, que es otro punto más que añadir a la creciente lista de imposibilidades de mi vida, de mi aleatorio punto de existencia y mi pseudo autodestrucción.
    Mis sueños se aferran a la percepción lógica del mundo, la falla de San Andrés y las ilusiones ópticas están en el repertorio, cosas sencillas y científicamente explicables, todo sin una magia aparente que deslumbre la percepción de la humanidad. Números binarios que llueven bajo gritos y llantos en VoIP, ideas que fluyen en paquetes de datos a través de enlaces troncales, flujos químicos que mi cerebro hace circular para mantenerme un poco entretenido. Silogismos aristotélicos. 
    Los sentidos existen, explotan en miles de ceros y unos que se registran, analizan y sintetizan para tratar lograr el completo algoritmo de tu mirada. Sigue siendo un intento, una búsqueda de la ecuación de tu hermosa lógica difusa.

lunes, 27 de agosto de 2012

No debería de contarlo,y, sin embargo

«Y cuando vuelves hay fiesta
en la cocina
y bailes sin orquesta
y ramos de rosas con espinas,
pero dos no es igual que uno más uno
y el lunes al café del desayuno
vuelve la guerra fría
y al cielo de tu boca el purgatorio
y al dormitorio
el pan de cada día».