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martes, 13 de enero de 2015

Atlas

    Esta mañana he despertado por un olor a quemado que llegaba hasta mis sueños. Se trataba de un olor que se situaba en maneras diferentes a través de los saltos de sueño a otro sueño y una singularidad que abarcaba omnipotencia, independientemente del suceso, dejando en clara evidencia que algo no estaba bien: signo de que la escena es irreal y el recuerdo aquel de la película inception. Y, en efecto, se trataba de una pista que llegaba hasta mi cerebro para alertarme de que tenía que reaccionar. Después, tras el hecho a respuesta que poco puedo explicar y que además no importa, desperté encontrando que la lámpara de esta habitación estaba encendida y, además, chamuscándose a escasos treinta centímetros de mi cabeza, a lo cual me apuré a acomodar. La bombilla había logrado comenzar a rozar la tela de la cubierta y ésta había comenzado a quemarse: un hecho que seguro vino tras algún movimiento brusco mientras dormía y que pudo haber terminado en un accidente trágico, o al menos, eso pasó por mi cabeza al terminar con ello. 
    Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando me di cuenta de la lámpara y a los quince minutos regresé a dormir. Ya más tarde, alistándome para ir a trabajar, recordaba en la ducha y en la taza de café lo que vino después, se trataba de un montón de imágenes que fluían a través de diversos colores, alguna especie de filtros que modificaban la percepción, como un caleidoscopio: a merced de un visor autónomo y la vista hacia tu presencia, siempre de espalda y con el cabello rubio que llevabas por aquellos días. A decir verdad, nada relevante que amerite cierta importancia, sólo una lámpara tostada y una imagen en la que te he sobrepuesto a subconsciencia.
    Te escribo esto porque sé que lo leerás, a primera instancia, como algo insignificante que sucede entre rutinas y momentos torpes pero te he pensado inmediatamente después de apagar la tela esta mañana. Ha sido el acordarme de ti tras el estúpido olor a quemado el que me ha llevado a escribirte en esta ocasión y poco tiene que ver la historia del principio con lo que ahora creo. Me pregunto ahora qué es lo que ha pasado en estos días y por qué no tengo la más mínima idea de saber en dónde estás, aunque, a estas alturas, ya al menos tendría que tener una pista del montón de cosas que sucedieron en aquel entonces y seguro esto agravia las cosas. Asocio ahora el olor de esta tela quemada con la incógnita que me es tu existencia y es eso, la expansión del olor chamuscado que se ha filtrado hasta mis sueños sin una barrera que lo detenga, lo que me preocupa. Es sólo una tontería.



martes, 17 de junio de 2014

Ruleta rusa

    Ha pasado un tiempo ya y todo parece haberse ido tan rápido. El cambio de los rumbos es siempre una ventana abierta a lo impensable, a lo no tangente y ese es siempre el placer de dicho acto, en un juego oscilante de trazos efímeros que se van creando y destruyendo para abrir nuevos horizontes, nuevos puzzles para el reto de la autodestrucción desmesurada. He aquí la base de toda ese serie de contrariedades en las que me engendro y que ya comienzas a percibir.
    Verte es siempre un tropiezo, lo digo ahora mientras crees en en mis aptitudes más haya de las actitudes que te he dejado percibir, siendo la contemplación de un estable panorama la superficie del iceberg: lo superficial que tanto te acomoda y la amigable manera de dejarme ver como un ser cálido y sereno para tus tolerables ojos castaños. Todo puede ser así, y lo ha sido a pesar de los aprietos. Y, sin embargo, el cañón ha estado siempre apuntando a mi sien con un circo ambulante que presume del hombre de la ruleta rusa y su valiente estupidez, apostando más allá de un sólo encuentro, siempre en medio del tumulto en el que te encuentras como creyente y espectadora, como la mujer más noble en el peor de los lugares posibles, una visión pobre y chusca de Gelsomina y Zampanò.
    Ha sido tan rápido y las largas horas de trabajo no las logro recordar mientras de nuevo estoy en tu pieza. Cae la noche y poco puedo mencionar sobre los cientos y cientos de palabras que se acumulan en mi garganta y que no logro ahogar pese al tabaco, el alcohol y las pocas agallas que me cargo cuando te tengo de frente y entro en derrumbe. ¿Qué es eso que deja percibir tu cuerpo mientras fluyo en silencio? La paz del rayo bajo su aniquiladora interpretación del holocausto, el flagelo del significado que me azota hasta la más irrelevante de mis ideas: temblor que pasa y nada más.
    Como perro en celo, triste después de eyacular, me levanto por la mañana. Aprecio tu cuerpo y el rastro del abandono, de tus días que no fueron míos y lo mío que nunca llegarás a tener. Observo el nicho de la voluptuosidad del no-control y figuro una mueca, una que recalque la superioridad de mi insolencia y la ineptitud del tiempo que sigue empujándome a la quebrantable razón que me forjo en dos segundos a pesar de la decisión y regreso al tropiezo. Tropiezo que doy mil veces y me vuelvo a inscribir: secuencias: vivir.
    Por ahora tengo los pies un poco jodidos de tanto tropezar, la cabeza un tanto más formada a las ocurrencias y actos ajenos y que llevas muy en opulencia pero, quién sabe. Seguro mañana no querremos saber nada y seguro pasado mañana estaremos de nuevo fingiendo no saber nada al respecto, más que un choque brusco que impacte de nuevo, un tropiezo que vuelve a suceder a pesar de las bonitas chingaderas que nos vamos creyendo lentamente. 

 
 
   

martes, 3 de junio de 2014

Gustavo Show

II


    Se ha puesto ebria y se ha quedado dormida en mi hombro. Es temprano, llevaremos, si a caso, dos horas en el bar. Los chicos de la mesa se limitan a dirigirme miradas gesticulando su duda ante el acontecimiento a lo que, con una sonrisa forzada y una figuración de sueño, respondo para despreocuparles de su actual estado. Se ha puesto ebria y tenemos que irnos. Nos vamos.
    Le despierto y le animo a irnos del lugar. Procedo a acomodarle la blusa y a despedirme ante las personas indicando su cansancio. Salimos del bar y tomamos un taxi. Nos vamos. Indico al chofer cómo llegar a su lugar. Él se da la libertad de proponerme un camino más corto. Lo acepto. Llegamos, pago y vomita bajando del vehículo. Le espero.
    Subimos a su lugar. Le recuesto. Opto por quitarle la ropa. Le cambio. Ahora tiene ropa ligera y puede dormir a gusto. Me pide que me quede con ella. Me quedo. Me recuesto a su lado y no sé qué estoy haciendo. No puedo dormir. No me deja hacerlo. No es la primera vez que hago esto con alguien. 

I

    Estamos ebrios y son las once de la noche. Nos han corrido del lugar. Es miércoles y estamos en el centro histórico. Hemos llegado a las puertas de una iglesia colonial. Fajamos. Le digo que le soy infiel. No sé si lo ha escuchado. Hablamos de las perversiones de tal o cual persona. Seguimos.
    No puedo dejar de pensar en orinar. Saco mi pene de mis pantalones y siento su mirada morbosa. Meo en la parada del Metrobus mientras este mismo se va estacionando y espera a que subamos. Su tarjeta paga el crédito de los dos. Abordamos mientras bailamos la dicha de la noche. Sé que acabaremos odiandonos un día. Esperamos a llegar, son tres estaciones.
    Hemos descendido al lado del parque de su colonia. Está bien peda. Su madre me advirtió de no embriagarle y lo he hecho. Trato de concentrarme y llegamos a su casa. Disimulo mi ebriedad con comentarios diversos. Prefiere tirarse en la cama. Me hago cargo de su estado. Le desvisto y le pongo el pijama. Habla pendejadas. Su madre no nos quita la mirada. Nos recostamos en nuestra cama inflable en la sala. No sé qué estoy haciendo. No puedo dormir. No me deja hacerlo. Es la última vez que hago esto contigo. 

domingo, 20 de abril de 2014

Winterreise

    He comenzado a extrañarle sin siquiera haberle dejado. Lo he notado en los últimos días, con el paso de los minutos que parecen eternos y el efímero recuerdo que me queda de ellos. Ha pasado de repente, como el suave roce de su piel contra la mía, como un claro ejemplo de la contrariedad que mi ceguera procura elegir. Poco puedo imaginar del porqué concreto hacia el sentimiento, hacia la extraña sensación de sentirse de una manera u otra con respecto a una simple persona.
    El tacto de los días parece no importar y, sin embargo, se aferran y se desvanecen, justo como la metáfora que ella puede significar en mis instantes. Lo noto incluso ahora, bajo una presión arterial alterada, yendo de un desconcierto social hasta un desconsuelo interpersonal en donde poco figuro a estas alturas de la escena y en las que quedo de lado sin objeción y la recuerdo: bajo el yugo del denso aire de la noche y esas palabras que aparecen y se quedan bajo nuestros párpados sin llegar a escucharse, simulando la barrera del lenguaje o el negado entendimiento del reconocimiento mutuo, un rechazo.
    Y es cierto que hay algo, un bicho pequeño e inservible que se escabulle por entre mis dedos y la necedad de su nuca. Un vulnerable ser lleno de repugnancia que igual puede jodernos a placer, en medio de una merced pendeja en la que nos vemos, o, mejor dicho, me veo, cada que la falsedad es el mensaje que llega hasta sus  oídos, una falsedad tierna y sin maldad que se engendra y aparece en lugar de la resignación. Hay impotencia si, de la menos tangible ante tanta acción realizada, un falso escalón que yace y repercute en todo lo siguiente, lo que se le ramifica y hasta a lo que no. Hay miedo en sí.
    He comenzado a extrañarle sin siquiera haberle dejado. Lo he notado en las últimas risas, las que parecen ser el último de sus destellos que alcanzaré a percibir. Ha pasado tan de repente, todo sin intenciones pretenciosas que no fuesen deseo y necesidades del ser, sin quereres, sin estatus, sin ganas de amar, como un claro ejemplo de la monotonía en la que me aferro a vivir. Poco puedo imaginar del porqué del concreto hacia el sentimiento, hacia la extraña sensación de haberme entrecruzado, de nuevo, con otra persona.
    El ahora parece ser el ahora de hace algunos meses y lo bautizo de total indiferencia: insípido malentendido de lugares y llamadas entrecruzadas vacilantes, cruda síntesis sin un objeto a buscar en estos momentos llenos de un vicio detestable y enfundando el deterioro del cuerpo, del alma y esas cosas que suelen decirse para no afirmar que somos sólo tierra mal empalmada, tierra que, al final del día,  nada tiene de extraño.


viernes, 14 de febrero de 2014

Baudelaire

    Hay varios días de mi agenda en los que sólo escribo alguna frase en especial que poco puede querer decir. Frases vagas del recuerdo, del momento: el lugar preciso donde me encuentro, alguna seña en particular que me haya otorgado tu mirada después de un tiempo, un singular acto de amargura que renuevo o un pesar que escribo sólo para variar y hacer la página más interesante. ¿Y qué? Dormir, soñar y no saber que sigue en la mañana, mientras te observo aún dormida después de tanto alcohol, dándome la espalda, con una cálida y desnuda embriaguez de paz que, me percato, de que tengo que dirigirme a casa, sin saber, a ciencia cierta, cómo despedirme o cómo hacerte saber que no debo estar allí. 
    La mayor parte del tiempo no sé que estoy haciendo a tu lado y lo sabes. ¿Tendría que tener un plan sobre todo esto, un plan para mañana, para cuando tengamos que estar juntos? Carajo, prefiero reírme y hacerte reír o emborracharme y quererme morir, mientras la ironía de nuestras vagas charlas siempre terminan en lo mismo: una non grata conclusión de que no deberíamos hacer lo que se supone estamos haciendo y lo expresamos con un precario pecado: "Ay, cielo". Sigues durmiendo y era lo único que se veía venir después de todo aquello, mientras intuyo la llamada que me harás cuando ya me haya ido y cuando notes que volví a dejar un desmadre en tu baño, porque aún no aprendo a girar bien la llave del agua caliente y es algo que quiero que aprendas de mi. 
    Escogiste una de las mejores vistas de la ciudad para vivir, ¡vaya lujo!. Lujo de pararse ahí, encender un cigarrillo y entornar el pasaje meramente urbano y mamón que nos regala el pequeño balcón de tu recámara, sin embargo, ahí estamos, sin un saber factible de lo que nuestras mentes en verdad requieren: al menos no dramas, al menos no teatros pendejos que ya los dos tenemos suficientes por detrás. Entramos lentamente y el vacío de la habitación me refleja como un cactus en medio de una selva de concreto: ideal manera de sentirse asechado e indispuesto de querer encajar en algo en lo que poco desearía ocupar. Es sencillo, es englobar toda esa percepción de ideales que tienes y que poco me hacen figurar, aunque mis ganas de adaptación lleguen a confundirse con mis deseos lascivos de querer seguir, ir y no tener que huir sino es por petición de que me largue, de que me digas que has tenido ya lo suficiente. 
    Haremos lo correcto (?), lo necesario (¿?), lo que termine siendo el impulso de sentirse ahí, frente al otro: yo en calzones y con los lentes con manchas de grasa y tú con tu mirada y ese nuevo vicio de fumar para hablar, como dos simples mortales que vienen y van y se quejan secretamente de la rutina pesada que nos da para vivir (mi caso) y los cuentos de la gente cool con la que se convive (tu ambiente), y seguiremos, mientras te llega el hastío de querer algo serio o me llega el aburrimiento que generalmente me abarca base el tiempo. Mientras tanto, me gusta no saber que hago de mi jodida vida. 


sábado, 31 de agosto de 2013

Oh boy

    El día de ayer fui a ver dos films de la 12va semana de cine alemán que se exhibe como parte del FIC de Monterrey, lo cual me parece mal, ya que por parte del FIC este ciclo se absorbe y muchas personas ni siquiera sabían que se encontraba proyectando actualmente un ciclo del cine alemán; anyway, un punto de vista.
    El primero que vi es un film llamado "Silvi", el cual trata sobre una mujer cuarentona que es dejada por su marido después de años de matrimonio. Me llamó la atención la sinopsis que leí en la revista de la Cineteca Nacional pero me decepcionó al verla. Lo que aprendí de este film es que, al parecer, afirmando mis estúpidos estereotipos del alemán promedio, a la gran mayoría de los hombres alemanes les gusta practicar el masoquismo. Silvi quería amor y se topaba con puros hombres deseosos del feeling nasty: tan-tan. 
    El segundo film es la opera prima de Jan Ole Gerster, se trata de "Oh boy, 24 horas en Berlín". Este film junto con "Hanna Arendt" de Margarethe von Trotta (el cuál es excepcional), fueron las dos principales propuestas por las que decidí darle prioridad al ciclo de cine alemán ante el FICMty. 
    En "Oh boy" se habla de Niko Fisher, un joven de 27 años que transita por Berlín sin saber qué es lo que hace a ciencia cierta. De familia acomodada, estudios truncos hacía dos años, Niko vive sin demasiados problemas, aunque podría decirse que el verdadero problema es él mismo. La secuencia del film, como su nombre nos lo dice, transcurre en 24 horas en la vida de Niko, empezando con un amanecer en donde deja a su novia y así empieza un camino en donde conseguir una taza de café le es casi imposible: una tragicomedia con fuerte influencia de la Nouvelle Vague francesa que nos va presentando la vida sin rumbo de un tipo cualquiera; una especie de outsider berlinés que va encontrando diferentes personalidades en vecinos, viejos amigos y personas random con quienes trata de encontrar una respuesta a las preguntas que lo tienen varado. 


Niko Fisher y Frederick en el bar.

    La fotografía en blanco y negro de un Berlín moderno y el soundtrack con toques de jazz, nos sumerge en la melancolía que Niko Fisher presenta: un tabaquismo elevado, poco dinero en el bolsillo, una soledad introvertida de un muchacho que ha dejado de estudiar derecho para reflexionar, dándose dos años de ésto y, al parecer, pocas respuestas al significado de la vida. Durante sus 24 horas de trayecto, cada situación que se va presentando es todavía peor a la anterior, yendo del humor irónico hasta acciones absurdas que pueden presentarse en el día a día.


Niko Fisher (Tom Schilling)

    Entonces, en lo particular, "Oh boy" se me presenta con una clara identificación de mi persona en los ridículos zapatos de Niko Fisher, como una especie de autobiografía fílmica de 90 minutos en donde mi 2013 se ven reseñado en las 24 horas del berlinés, quien como Leopold Bloom, va deambulando por una desafortunada odisea de circunstancias sumamente espontáneas. 
    ¿Qué es lo que sigue? No lo sé, aún sigo yendo de un lugar a otro sin la menor idea de entender qué es lo que quiero. ¿Cuál es el verdadero sabor de la vida?, o, ¿acaso es la búsqueda de la misma el secreto que hay que mantener en constante flujo para situarse en el equilibrio del tiempo? ¿Qué debería de hacer después de lo que ya ha pasado? Al final, el film termina al cumplirse el día entre las historias de Fisher, sin mucho que pensar o poder decir acerca del camino que nuestro protagonista tomará; justamente como mi vida, que aunque no dure 24 horas sigue yéndose como si cada día fuese igual a las mismas 24 horas anteriores, con una monotonía irrelevante entre tanta gente que habita alrededor. 








viernes, 2 de agosto de 2013

Donceles con amor y absurdidad

    No hay nada más horrible que comparar besos de diferentes chicas. Muchas veces me he encontrado en la penosa necesidad de tener que comparar a las personas, todo con propósito meramente estratégico, un acto digno de fantoches e insensibles gentes del que me puedo afirmar como miembro, y, por qué no, amateur tirándole a ridículo profesional.
    Aquella tarde me encontraba en el húmedo Distrito Federal, y cuando digo húmedo me refiero a la inestabilidad climática, a mis manos sudorosas y a la chica que tenía enfrente en dicha ciudad. Era lesbiana, lo supe en el momento que se acercó a mi para ofrecerme algo de la barra de ese bar, un bar al que había llegado por recomendación y que me había emprendido a visitar, siempre con la intención de agradecer o maldecir al responsable. El lugar era pequeño pero agradable, bastante tranquilo para un martes, bastante desolado para ser el DF. La chica se había vuelto hacia mi desde el momento en que entramos al lugar, me acompañaba un amigo y a la chica no le importó poder coquetear. Era lesbiana y ya lo mencioné, me lo decía toda ella, toda su pinta de niña bonita y traviesa, toda la saliva que compartía con otra mujer cuando entré al bar, toda esa ola de pequeñas circunstancias que a nadie le importan y que a mi me gusta recordar. 
    So, me trae las dos cervezas y me agarra las bolas. Necesitaba algo tan romántico como eso para poder decir que fue un bonito día, para poder presumir que fui al pinche DF, otra vez, siendo ahora una buena manera de comenzar a ver a la ciudad, después de lo anterior, después de ya-sabes-qué-pinche-desmadre. Podríamos haber seguido ahí sin decir nada, brindar por una muestra moderna de cariño y seguir yendo al tocador a través de esa diminuta puerta tan ahuyenta regios, pero la hice volver con una ronda más. 
    Iban siete rondas y sus besos ya eran el análisis de mi martes. Al principio uno saborea la saliva como algo nuevo, tratando de asimilar la sorpresa del acto, lo que no se sabe, el gusto de encontrar siempre una diferencia mínima a pesar del alcohol. Después me refugié en la desmoralización de siempre: la comparación. Al principio era como volver a besar a Marlén, pero sin su enorme lengua, luego recordé el amargo y ácido sabor que me brindaban los besos de Cecilia, siempre con un toque agridulce de gomitas de supermercado y, como toque carismático, los smacks de Lizeth, quien se había empeñado a adornar cada beso francés con choques tronados para disimular sus labios delgados. Es un tanto desequilibrado como inquietante, así como es este dolor de hombros que me ocupa esta noche de mayo, pero el hecho de relatar un beso no se trata de la lesbiana ni de Marlén, ni de nadie, ni de mi. 
    Todo esto sucede cuando digo lo que no pasa, mis malas formas de ligar, mi acento norestense, mi ansiosa necesidad de tocar senos pequeños, mi terrible idea de querer aferrarme a un lugar que no pertenezco. Al final, ni supe su nombre ni su horario de trabajo, ni sus nalgas, ni su facebook, sólo supe que besaba un 45% Marlén, un 35% Cecilia, un abrumador 15% como Lizeth y un 5% como pinche lesbiana: manoseando demasiado mi pecho como queriendo sentir algo más.

martes, 30 de julio de 2013

Música lenta

    Cierto tipo de personas piensa que uno puede llegar a ser un romántico empedernido por hacer docenas de cosas por una mujer, y digo personas porque muchas mujeres también lo aseguran, afirmando y casi dirigiendo miradas de desprecio cuando saben de algún ridículo nuevo más en mi haber. Puede ser entendible, y vaya que lo asimilo, dado que tengo también mis momentos de amargado pero, como mal romántico que me siento y me creo, acepto que no soy de ese tipo de hombres que se entusiasman por compartir y observar un atardecer. 
    A decir verdad, el hecho es que siempre se me olvida apreciarlos en pleno acto. Ya sea que esté con alguien tirando en el césped, sentado en la terraza de casa de mis padres, en la calle o a través de la ventana, siempre al momento justo del declive solar me distraigo sin razón. No quiero escribir sobre las ideas en mi cabeza, de las preocupaciones que me circunden y que al parecer nada me afectan, ni de la ansiedad que se me presenta al momento de las declaraciones de amor pero, sencillamente, las puestas de sol siempre se me van de la mirada. 
    En aquella ocasión me encontraba junto a Beatriz en el departamento que compartíamos desde hacía tres meses. El calor de la ciudad se ocupaba del más remoto lugar para hacer brotar el sudor de cada cuerpo, presionando y orillando a la población a beber tragos y tragos del primer líquido a la vista. Afortunadamente, Bety y yo habíamos guardado al menos una docena de cervezas de nuestro fin de semana anterior, ya que entre los invitados de la fiesta el gusto por las de bebidas preparadas con licor estaba en una moda de onda veinteañera, cosa que Bety y yo agradecíamos por tener mayor cantidad de cervezas para los dos. 
    Beatriz era de esas singulares chicas que prefieren una cerveza fría antes de una bebida coctel o licor a las rocas, lo cual hacía que mi atracción hacia ella fuera casi desbordante. Podíamos beber litros de cerveza hablando de ese sin fin de gustos y disgustos que nos ocupaban en tal o cual día, a veces entendiéndonos tan bien que nos odiábamos y en otras ocasiones malhumorándonos hasta el hastío para terminar besándonos como pubertos calientes. Era una chica que podía maldecirme por algún tipo de camisa nueva y que a la vez se entristecía por los típicos detalles que a las féminas tanto atormentan: una bomba mortal para el poco entendimiento masculino. 
    El calor nos había llevado a comenzar a beber. Era miércoles recién entrado el mes y en el reloj despertador logré divisar que pronto darían las ocho de la noche. Así nos desconcertaba el horario de verano, haciendo que desde las siete se tenga que decir «noche» siendo que el sol todavía seguía en el firmamento. Dado el acalorado panorama seguíamos ahí, en silencios largos que se rompían por el sonido de alguna ambulancia o el grito jovial de algún vecino cercano, un típico ambiente suburbano.
    Poco a poco iba oscureciendo cuando comencé a abrazarla. Parecía recaída, como si su trabajo la hubiese obligado a tirarse al entrar a casa, pero sabíamos que no era cierto, porque su trabajo y el mío eran empleos que no merecían gran esfuerzo ni buena paga, sólo lo suficiente para estar como en ese momento. Me hablaba despacio y con mucho cuidado, susurrando lentamente suaves palabras, palabras que iba escuchando pacientemente hasta entender su mensaje completo. Eran frases sin importancia, ocurrencias del momento que aparecían entre nuestro cercano espacio: ropa tirada en los rincones de la habitación, el ventilador oscilando hacia cada extremo de la misma y nuestro nicho, un sillón antiguo que había adquirido enorme comodidad a través de los años, convirtiéndose en nuestro lugar.
    Para entonces, alcancé a darle play al viejo estéreo en donde se encontraba el disco que habíamos escuchado el domingo anterior. Tranquilo y sin apuro, había volteado a ver su delicado rostro, sentía la necesidad de hacerlo, de observarla detenidamente mientras la música empezaba a sonar. Eran tenues notas las que se escuchaban, tonadas de piano persuasivas que me invitaban a admirar la sencillez que ella emanaba en aquel momento. Posiblemente se sentía presionada e incómoda, pero su cara no dejó que eso se reflejara en sí, más bien se limitaba a devolverme la mirada: equilibrada y en plena calma de saberse ahí. «¿Qué era lo que seguía, en verdad importaba?», me pregunté en el instante en qué captaba cómo el poder de la atmosfera que ahora construíamos, sin siquiera movernos, iba tomando un rumbo indeterminado, envolviéndonos en una especie de burbuja especial que nos mantendría en el centro del desorden social y estando aislados a la vez, juntos como dos gotas de agua que chocan y se vuelven una especie de aberración a la sorpresa, hecho mismo del observador. 
    El aire del ventilador nos trasladaba rápidamente el sonido del piano, untando nuestros cuerpos de esa ola rítmica que busca el mundo y que obtiene en su momento exacto. Me había aproximado hasta su vientre, un perímetro de encuentros sensatos en el que me disponía a esperar, siempre esperar sin querer algo a respuesta, sólo abarcando mi calor en su cuerpo desnudo. Beatriz preguntaba por respuestas inmediatas: un color, un deseo, un sueño, un te quiero, todo lo que se le ocurriera lo preguntaba sin esperar forzosamente mis palabras a todo ello. Sabía mis respuestas y mis desventajas, así como también conocía el rumbo que tomarían mis manos apenas me decidiera a tocarla, importándole un comino si la monotonía fuera en aquella ocasión un motivo de preocupación. 
    Las puntas de su largo cabello alcanzaban a rozarme la cara al tiempo en que comenzaba a besar su vientre. Afuera, el camión de la basura hacía sonar la campana para que las señoras distraídas salieran de sus casas, mientras las calientes ráfagas de aire volaban y alcanzaban a meterse por nuestra habitación. Bety había terminado su cerveza y yo apenas si llevaba la mitad, lo cual me sorprendía y me obligaba a terminarla de un largo sorbo. Había puesto su envase vacío entre mi cuello y ronroneaba entre mi cabeza, dándome leves rasguños que iban desde el cuello hasta mi espalda, anunciando sus ganas de otra cerveza con un bonito ritual. 
    Recuerdo que cuando abrí la segunda ronda de cervezas Beatriz se paró de golpe. Me miraba con los ojos intensos y seductores, entrecerrándolos para contonearse levemente con el sonido del reproductor. Se movía delicadamente mientras pasaba sus manos alrededor de su cuerpo, danzando para atraer mi atención: mi sonrisa revelada entre sus ojos. Giraba suavemente entre las ropas del suelo, añadiendo un calor agradable a las ráfagas del ventilador para después, dejar caer su sostén y revelar el brillo de su piel entre la ya presente oscuridad. En aquel momento me vi como un monigote sin razón, sin pensamientos y acciones, era el acto de sus movimientos mi vida en ese instante, sin un ayer y sin un mañana, sólo un «llévame contigo» que se repetía una y otra vez en mi cabeza, mientras Beatriz bailaba con la mirada perdida. 
    ¿Serían los efectos de la música lenta? Es mi hipótesis el día de hoy, mientras enlisto una serie de circunstancias que se mezclaban con Bety: la música, el calor, el alcohol, sus senos, el brillo de su piel, la monotonía que poco figurábamos. Quizás sea yo un romántico, pero nuevamente había pasado el crepúsculo, ahora bajo los dulces encantos que Beatriz me había preparado para empezar aquella noche.

jueves, 13 de junio de 2013

Somos un revoltijo de versos que nadie supo acomodar

    ¿Hacia dónde nos dirigimos con estas enormes zancadas? Cada vez más grandes, cada vez más escasas. Es la pregunta que me hago mientras vamos corriendo el uno junto al otro, en una carrera repentina y fugaz que nos prohíbe súbitamente fijar una meta. ¿Hacia dónde vamos? Cómo saber y cómo tener consciencia del tiempo cuando somos parte de una amalgama de extrema violencia, una insolencia que nos ocupa entre los besos que bruscamente nos damos, besos desesperados que reflejan nuestra urgencia sutil de querer vivir: choques mortales de labios carnales necesitados de ardor para poder seguir.
    La ignorancia de esperar vivir sin saber qué es lo que esto conlleva ahora me tiene aquí, con la incógnita de pensar si me lo has quitado todo, o si verdaderamente sigo siendo un lento retoño que espera por el agua turbia y pecadora que lo lleve a crecer, a poder creer si tengo algo de qué desprenderme o si me has quitado todo lo que me importaba, sin saber y entender, que voy dejando todo con tal de tener tus rasguños en mi piel e impregnarme en la suciedad que llevas bajo las uñas, sólo para sentirte más cerca, más mía, una posesión digna del humano en sí. Has hecho de mí tu playa virgen de malas intenciones y eternas perversiones, un lugar privado para tu caprichosa conveniencia y altar a tu egolatría, la búsqueda de la felicidad de la puta que succiona el alma de las familias estables y felices, atrayendo nada más que tristeza y desolación. Un ciclo vital que fluye y me recompensa con desbordante sexo y el placer de tu ser, el dominio de incendiarme de tu característica pasión.
    Mírame, corro sin soltarte, sin despegar mi vista de la negrura triste de tus ojos: ingenuo de nuevo como el infante ante su madre, dependiente de la dulzura inmaculada de hacerme sentir aviador, un guardián a tiempo completo de tu cuello y la estabilidad de tu cuerpo, de tus senos pequeños que gritan mi nombre en cada salto de la carrera, aferrándome a merced a la imagen del suave balanceo y persuadiéndome, al deseo lascivo de morir a tus pies en cualquier momento en que lo pidas. ¿Qué no ves que voy contigo? Como el ciego creyente a su fe cristiana cabalgo junto a ti en la búsqueda del gozo carnal de sentirse existir, siempre dispuesto a perder(me), a envolver(te) entre los susurros más tiernos que claman al indeciso mar de lágrimas que espera ahogarme, todo como base impulsada a tus atributos occidentales, a tus piernas y caderas que fulminan mi percepción y mi casi nula seguridad de saber si seguiremos aquí, corriendo en el largo camino del destino: tú y yo en el sublime declive que es la trivialidad de la búsqueda del amor. 
    Mi amor, desnudo crimen de tenerte y no ser lo que me haces hacer, putita. Sabes que no dejaré de estar aquí, no por ahora; entiendes que quizás me largue pero no por mi cuenta, cabrona. Te has esmerado en el análisis inmediato de cada tangente posible, como el matemático que nunca pude llegar a ser: fría y calculadora hasta las tetas. Y vas corriendo y poco a poco me voy desprendiendo del tejido invisible de la unión, huyendo entre brillos nocturnos de pupilas felices que se cruzan a nuestro desamparo, descubriendo las ganas que nos ocupan, ansias de herirnos y maldecirnos mutuamente. Ay, mi reina, sabes que voy de aquí para allá, siendo el todo y la nada abismal a pedido y por separado, flotando a tu disposición imaginando mi encuentro existencial con el individuo que me creo, siendo piel que se disipa de la costra a niveles fastuosos. Yolanda, mi Yolanda, hermosa intrusa de mi agnosticismo. Abres y cierras los ojos como quien mueve las puertas de la humanidad con odio absoluto, misántropa destructora y seductora del yo precario que cae y resiste, el yo que se encuera y se vuelve a vestir sólo para que te vayas muriendo en mí, para ser yo el que me ocupe en mi posesivo egoísmo de tus pinches pendejadas.

martes, 4 de junio de 2013

Registros de amor y otros jeroglíficos

    ¿A dónde terminaron todas esas parejas que quedaron escritas en las bancas de la escuela? Es difícil poder concentrarse en una biblioteca universitaria donde abundan uniones sentimentales pasadas, lugares en donde cada banca tiene tatuada decenas de parejas entrelazadas con una enormísima «Y», letra que toma el símbolo divino de la unión celestial, el punto intermedio entre el yin y el yan del equilibrio de la vida. Los «te amo» que sobre salen junto a esos permanentes nombres son siempre subjetivos: afectivos y sublimes en su momento e irreconocidos ahora ante el espectador que lee la leyenda de aquel amor adornado con corazones y fechas, unido a poco espacio con otros nombres desconocidos que yacen inmortales en una unión cruel y, a la vez, efímera, como jeroglíficos presentes desde el principio de la humanidad: un registro inmemorable de lo que puede significar el amor.
    ¿Seguirán amándose Rosita y Pepe dentro de ese corazón mal trazado? Un corazón que, aunque mal dibujado, quiero creer que refleja la unión inalcanzable que ellos formaron base al esfuerzo, sencillo, como sus nombres, atrayendo la mirada aún más que DAVID Y CRISTINA, así, en mayúsculas desesperadas, como seguramente fue su relación; enorme y breve ante el mundo de la crítica y la envidia. Y qué decir de Luis y Fabiola, que con letra cursiva y hermosa son detallados con un dibujo fálico sobre ellos, haciendo de mi atención un análisis sobre los que tal vez ahora sean la únicos que sigan todavía juntos: la vida es una verga.

lunes, 3 de junio de 2013

Hablando de Marlén

    Otra vez terminé hablando de Marlén. Mientras tomábamos la novena ronda de tequila, alguno de los tipos que se habían acercado a nuestra mesa comenzó a bajar la cabeza y a contar las calamidades y malas jugadas de días pasados: allí iba de nuevo l'homme, aguantando la respiración sólo para terminar gritando su inmaculada fragilidad, pensé a la par del limón entre mis labios. «Podrías haber dicho uno de los nombres que le inventaste para disimular un poquito», dijo uno de los míos que, como uno más de mis pocos amigos, descubrió mi popular mentira discretamente entre las risas y las pausas que acostumbramos al tomar. Lo habían notado, otra vez estaba hablado de Marlén. Otro extraño más que se terminaría por enamorar.
    «Pensé que mis penas eran las más desgraciadas». ¿Y quién no iba a pensar lo mismo? Acabada la exposición de rencor y los brindis sin mañana, aquel compadre-de-una-noche hubiera podido sentirse tranquilo, mientras entre sus anécdotas y las «mías», Marlén siempre terminaba siendo la más alta cabrona de todas ellas. «La más alta cabrona de todas ellas», así, cantadito y mal pronunciado, dijo, en su notable acento norestense el cual relucía tragándose algunas letras y aferrándose a otras, justamente como él había hecho con las constantes inconformidades que le ocasionaba su musa, su hermosa, su «Pinche Ericka», siempre mandándolo a la jodida y siempre queriendo abrazarla aún más. «¿Y tú, todavía la amas, la buscas?», dijo mientras la mesera que siempre nos atendía de mala manera regresaba con una ya doceava ronda. «Se nota que la amabas, compañero, se nota que te jodió la vida»: muy franco el pelado. Me miraba con unos ojos verdes que me llevaban hasta Marlén, con su mirada felina y seductora, siempre invadiendo ese cuarto oscuro en donde pasaban mis deseos más desesperados y cómo, con ella, había logrado desarrollar al menos una docena más, todo a espaldas de su marido, su pinche borracho marido, un gran amigo sin duda. 
    ¿Amarla? ¿Pero qué no había escuchado nada el cabrón? Debía encontrarse totalmente dañado tras todas mis historias y cómo todos me escuchaban con sufrible perplejidad, pero ¿amarla, está usted seguro de que tendría que amarla, compañero?, deseaba responderle pero me quedaba sin decir nada mientras pensaba que se volvía una víctima más de los estragos de la mentira, del horrible sobre adorno que suelo añadir a las caderas y a las maneras de femme fatale que la formaban, que, aunque no lo necesitaba, siempre hacían de la velada una tragedia memorable.
     Dejábamos la mesa y el sujeto me llevó hasta la salida con los chicos todavía detrás. Se había encargado de pagar una cuenta de seis horas de borrachera antes del tequila y comenzaba a llamar la atención en el lugar. Casi olvido que me llevaba del hombro pero el recuerdo vuelve cuando pienso en su mano gorda y temblorosa, entre las palabras que me iba diciendo sobre las mujeres y lo cansado que se encontraba. Había vuelto al país sólo para encontrarse con un divorcio, con catorce años perdidos y con más dinero que cualquiera, según sus palabras, sus quebradas palabras que iban cayendo una a una en mi camisa tras el desahogo, como quien vomita para sentirse libre en el hombro del mejor amigo. ¿Quién era ese hombre? Nunca lo sabré, pero en sus ojos notaba el brillo que todos ponen cuando me escucha hablar de Marlén: primero con esmero y, exitosamente, después con derrochable desdén.
    

lunes, 29 de abril de 2013

Castillos de palitos y lodo

    Aparentemente el círculo de la vida me sonríe sin excepción. Trato de voltear a ver al cielo cada que puedo, con esa decisión de afrontar un diferente punto de vista al que ya tengo, siempre abierto a la opción de encontrar mi error. Encuentro la secuencia del pensamiento actuando en mi mente durante lecturas del día, saliendo de las palabras y recreando ese flujo de ideas en el que figura tu existencia más que la mía, un acto que reafirma el vaivén del que soy víctima por encanto, por placer y por puro gusto de la mala vida. Alguien me dijo no saber que era la belleza, lo cual, era la respuesta que esperaba, tanto que, la compartíamos. Podría decir que los pequeños ejemplos que una persona da sobre sus gustos son,  meramente, la punta del iceberg de lo que se tiene, el mismo caso del uso de la memoria. En sí, podríamos pasar horas tratando de enlistar lo que verdaderamente encontramos como bello, todo en un mundo en donde se conocen tantas culturas y perversiones, un mundo en donde cabemos los idiotas como yo y el japonés de allá enfrente. Así de sencillo, así de complicado es el tema y, en casos extremos, motivo de guerra. 
    Un recuerdo vago se viene a mi mente ante lo anterior: había un puente cerca de las canchas de fútbol en la colonia de mi abuela, un puente que contenía seis o siete pequeños túneles para la corriente del arroyo, lugar donde los niños más pequeños nos entreteníamos cuando nuestros primos o hermanos pateaban la pelota. El juego era simple, consistía en correr a través de un túnel cada niño (atravesando el largo del puente), siendo el ganador el que llegara primero. Un día, después de varias lluvias, encontramos el puente y sus túneles llenos de fango, al menos, lo suficiente para estropearnos el juego. Malhumorados por el hecho, dos niños y yo decidimos jugar con el lodo, colocando pequeños palitos de diferentes alturas muy cerca entre sí, un acto que no era un juego, una respuesta a la necesidad de entretenimiento y a la sobra de imaginación. Al final del día los niños mayores, preocupados al no vernos, se acercaron al puente para ver qué era lo que hacíamos y su sorpresa fue que habíamos hecho un montón de casas y castillos con varas y palos en el lodo. Al vernos, los chicos grandes aventaron sus balones contra nuestras creaciones, destruyendo completamente el esfuerzo de toda la tarde. ¿Es esto un ejemplo simple de lo que es la belleza y todo lo que origina? No lo sé, pero sé que la imagen era hermosa, cargada de imaginación, cada niño había reaccionado conforme a su visualización de algo bello y lo había interpretado así, entre fango y palos. 
    Al conversar con M recuerdo ese montón de vivencias que se tienen de la época y la interpretación que ahora les doy, con una sonrisa llena de alegría y un guiño entre miradas para aclarar que aún tengo algo de eso. M se reserva sus recuerdos y pregunta por los míos, siempre esperando escucharme para contar sus historias ya cuando me he ridiculizado lo suficiente. Sabe que el humano engaña y siento como me juzga, con todo lo que hago, con lo bueno y lo malo que, se supone, compartimos en lo ético al ser del mismo lugar de origen. Ella, sin saberlo, es el ejemplo más claro de mi percepción de la belleza en una mujer, y, más que belleza, el sentido estricto que llegó a formar mi mente sobre lo que me gusta en ellas. Ciertamente, el hecho de pensarla es uno de los trabajos que hago a diario, siempre dándole ese lugar en mi vida que, con tanto esfuerzo, a logrado. «¿Qué es la intimidad? Lo que no resiste la fuerza de lo externo»
    Por ahora dejaré de lado el tema, siendo que apenas conozco los diferentes puntos de vista de los demás. La belleza abarca mucho más de lo que se espera describir con una prosa terrible como la mía, un efecto del goce que cada ser humano tiene acerca del mundo y el entorno que lo engloba, siendo amor y dolor siempre un lazo inseparable, cada polo siempre viviendo de su extremo, de su círculo elemental, de la naturaleza de la vida y de la memoria, la cual se ha encargado de perseverar todo lo que ha encontrado. 
    
    Dejo unas palabras de Gabriel Ferrater hablando de la singularidad de Les Liaisons dangereuses:
    Entre todos sus lectores, los únicos que resultan meramente burlados son los deshonestos. Me refiero, naturalmente a los jóvenes, a los que leen cándidamente, aceptando el mito de que es posible manejar a las personas, seducirlas.