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domingo, 29 de marzo de 2020

Casa

    Todo el tiempo que tengo libre busco tenerlo en casa. Al pensarlo, idealizo que es algo de los últimos años pero al analizarlo bien me doy cuenta de que va de muchos años atrás. Es extraño, cómo el sentimiento o la idea que se tiene sobre el comienzo de tal o cual actitud me remonta primeramente a la conciencia del comienzo del mismo, pero después y casi al instante descubro las bases de como fue esta actitud desarrollándose sin que fuera de golpe.
    Podría asegurar que este tipo de actitud hogareña se remonta a la secundaria, cuando comencé a refugiarme más en casa para consumir televisión de paga y videojuegos, casi a tiempo completo. Sin embargo, yendo más atrás en la linea del tiempo lo logro observar: el pequeño yo, deportista y entusiasta de los arcades, terminando y refugiándose siempre en casa para emprender cualquier actividad que me permitiera estar solo. Y no necesariamente solo, porque siempre había un mejor amigo que venía a casa para jugar con el montón de muñecos de acción que tenía y que, siempre, lográbamos inventar diferentes historias para pasar el rato. A veces era eso, en otras los videojuegos nos consumían toda la tarde, hasta que el silencio se encargaba de dejarnos disfrutar de los finales sin decir una palabra.
    Hoy no es mucha la diferencia. Me gusta estar demasiado en casa, refugiado del calor de Monterrey y del ruido suburbano. La mañana se va rápido haciendo un rico desayuno con café para mi prometida para después ver mis podcast en la sala, siendo mi única preocupación enviar algunos correos de seguimiento para los proyectos del trabajo. Los videojuegos ,de unos años para acá, se han vuelto nuevamente algo importante para mí, lo cual me mantiene ocupado en largas horas del día.
    Todo el tiempo que tengo libre busco tenerlo en casa. Disfruto mucho de ello. Ahorita mismo debería de estar haciendo algo de limpieza pero opté por escribir un poquito aquí, porque es algo que también gocé demasiado en una parte de mi vida. Y qué es la vida sino lo que está sucediendo mientras haces un montón de cosas.


jueves, 22 de enero de 2015

Tango en tres

I

    Es un tanto tarde para querer escribir algo y es eso precisamente lo que me ha orillado a tomar lápiz y papel. Tras darme cuenta de lo repentino con lo que logro tomar decisiones y alterar las anteriores que, al parecer habían importado durante todo el día, me encuentro ingenuo y audaz deslizando mi dedo pulgar en búsqueda de un playlist y un cuestionamiento interno: una inconciencia más que ocurre entre once y doce de la noche y un impulso que no deja de repetirse. He logrado estropearlo todo para el día de mañana y, mirando las tímidas grietas de la pared de cabecera, mientras recibo ya el martes con gilipollez por delante e intentos vacíos de autocompasión, figuro que no hay nada que me retracte a lo anterior, a mis planes de rutina, a mi aventura gutural de entresemana.
    A primera instancia, todavía bajo la pregunta del porqué he de actuar a manera de sosa reacción hacia decisiones imprevistas, quedo presa de una instantánea pausa que se rompe tras el estruendo de una serenata que sucede a escasas casas de mi domicilio: entreabriéndome un poco los ojos y dejando mi mente un tanto más desviada del asunto inverosímil en cuestión. Si de algo puedo parecer convencido esta noche es del amor que aún le tiene ese hombre a su mujer y de las reprochables ganas que me empujan de irme a dormir en este momento. Asunto de desvíos y escapes al por mayor.

II

    He salido puntualmente del trabajo como en todos los días, desconectándome de las responsabilidades laborales al minuto exacto en que mi horario lo indica, poseído por un aire extraño de libertad condicional que inhalo y disfruto al tiempo en el que los caminos se acortan y recuerdo las promesas del día anterior. Procuro caminar fijamente al tiempo en que el bullicio de la gente se separa hacia sus automóviles, hacia sus transportes y caminos sin percatarse del cielo carmín que nos logra coronar. Recorro el trayecto de la oficina hasta la casa de mi hermana dentro de un tráfico flojo y el dilema de las seis de la tarde que he venido forjando en los últimos meses: «¿Y ella?».
    Es una puntualidad alemana lo que me aleja de esta masa de individuos perezosos, una desventaja en ascenso que crece por defecto como lo introvertido de mis actos, inversamente proporcional a las agallas que tengo hasta el día de hoy.  Sin embargo, después de atravesar tres municipios de la ciudad en cincuenta minutos con un silencio sin respuesta, llego hasta la pequeña casa de mi hermana donde cumplo sin protesta la ayuda que me ha pedido y un café negro es el resultado a las decisiones imprevistas. Disfruto el momento de sorbos calientes y una charla amena en cuanto realizo la situación de las cosas, la lista de pendientes que se quedan de lado y la serie de adelantos que acomodo al momento, serie de sucesos que me tienen en un acto de improvisación en donde ya estoy perdiendo por default pero alcanzo a defenderme.

III

    Una vez más vuelve el frío y poco sé de ti. Inalcanzable entre los pensamientos repentinos, te encuentro en medio del recelo con el que guardo el montón de inconformidades que ocupan ese amplio repertorio de ideas: cálida y deslumbrante ante el asombro gris con el que tomo las cosas. Es una de tus hermosas facetas la que se me presenta en esta ocasión, danzante y lúcida invitándome hacia la pista de baile, moviendo al compás tus piecitos en un tobogán de pasos que me acercan a ti para esfumarme de lo actual, de lo pasajero. Habría que devolverme al tiempo en el que te he señalado con el dedo, en el momento exacto en donde me has sonreído y negarme a bailar, pero es tarde y te veo a escasos centímetros de mí.
    Me he desfallecido ante lo místico del tiempo, la pieza base de un recuerdo y la excusa de tenerte frente a mí por unos momentos. Aprieto los dientes bajo el panorama de saberme víctima de un frío crudo en el que la mente florece y acongoja, atrayendo el placer con el desconcierto de encontrarme bien entre un júbilo bajo tus párpados y el aroma que amarra lo más recóndito del alma.
    Seré la presa inminente para esa lluvia de recuerdos y deformaciones perfectas de ti que mi cabeza se empeña en bombardear hasta el fin de mis días. Se asome el sol en sus maneras más extremas o como ahora, bajo el yugo de un invierno ártico, seguiré tu búsqueda intrapersonal en la que me refugio siempre al caer la noche. Acto banal que me regresa a carcajadas a la penumbra de vivir. 

martes, 13 de enero de 2015

Atlas

    Esta mañana he despertado por un olor a quemado que llegaba hasta mis sueños. Se trataba de un olor que se situaba en maneras diferentes a través de los saltos de sueño a otro sueño y una singularidad que abarcaba omnipotencia, independientemente del suceso, dejando en clara evidencia que algo no estaba bien: signo de que la escena es irreal y el recuerdo aquel de la película inception. Y, en efecto, se trataba de una pista que llegaba hasta mi cerebro para alertarme de que tenía que reaccionar. Después, tras el hecho a respuesta que poco puedo explicar y que además no importa, desperté encontrando que la lámpara de esta habitación estaba encendida y, además, chamuscándose a escasos treinta centímetros de mi cabeza, a lo cual me apuré a acomodar. La bombilla había logrado comenzar a rozar la tela de la cubierta y ésta había comenzado a quemarse: un hecho que seguro vino tras algún movimiento brusco mientras dormía y que pudo haber terminado en un accidente trágico, o al menos, eso pasó por mi cabeza al terminar con ello. 
    Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando me di cuenta de la lámpara y a los quince minutos regresé a dormir. Ya más tarde, alistándome para ir a trabajar, recordaba en la ducha y en la taza de café lo que vino después, se trataba de un montón de imágenes que fluían a través de diversos colores, alguna especie de filtros que modificaban la percepción, como un caleidoscopio: a merced de un visor autónomo y la vista hacia tu presencia, siempre de espalda y con el cabello rubio que llevabas por aquellos días. A decir verdad, nada relevante que amerite cierta importancia, sólo una lámpara tostada y una imagen en la que te he sobrepuesto a subconsciencia.
    Te escribo esto porque sé que lo leerás, a primera instancia, como algo insignificante que sucede entre rutinas y momentos torpes pero te he pensado inmediatamente después de apagar la tela esta mañana. Ha sido el acordarme de ti tras el estúpido olor a quemado el que me ha llevado a escribirte en esta ocasión y poco tiene que ver la historia del principio con lo que ahora creo. Me pregunto ahora qué es lo que ha pasado en estos días y por qué no tengo la más mínima idea de saber en dónde estás, aunque, a estas alturas, ya al menos tendría que tener una pista del montón de cosas que sucedieron en aquel entonces y seguro esto agravia las cosas. Asocio ahora el olor de esta tela quemada con la incógnita que me es tu existencia y es eso, la expansión del olor chamuscado que se ha filtrado hasta mis sueños sin una barrera que lo detenga, lo que me preocupa. Es sólo una tontería.



miércoles, 24 de diciembre de 2014

Viaje al 113

    Hay una presencia inminente del invierno afuera y aquí adentro me refugio en un disco de Charly Parker para pasar la velada. Pasan de las nueve de la noche y, por ahora, ante la ausencia de alguna bebida caliente o algún aguardiente, me remito al empalagoso sabor de un jugo de uva, que tiñe mis labios en un tono oscuro que se extiende hasta los comienzos de mi barbilla. Habría de precisar que en estos momentos las descripciones pueden alargarse más de lo necesario, como cada segundo en el que diciembre se expande a merced de sus noches eternas y sus días llenos de vacío infame: tiempo de incertidumbre.
    Cada medio minuto el tejado persiste en un llanto de crujidos a la par de que Parker, a quien poco le interesa el exterior, comienza a tocar con torpe sutileza la Summertime en la que poco puedo disimular la sorpresa del acto: aislante al viento del norte, la melodía da calor a la habitación. Es la oportunidad de dirigir una amplia sonrisa a mi imagen y semejanza, al personaje diminuto que veo por encima de mi nariz en una suposición a escala dentro de mi propia recámara, el pequeño ejemplo en el que deposito la vaga idea de lo que visualiza ese ente indeciso que se ha ausentado desde el comienzo de mis días.
    Tendría que pasar mi muñeca de nuevo sobre mis labios, apretar con una suave fricción el roce de mi piel con el tono purpura que me pinta y, continuar, en el tranquilo lapso de hito en hito en donde me encuentro sin sentir si quiera el frío decembrino. No pasan los minutos en vano y, mientras la muchedumbre aún deambula en las compras de última hora, aún puedo entrecerrar los ojos y silenciar las paredes y al viento, al jazz y al ruido humano que se encuentra dentro de mí, amortiguando el mismo refugio que apenas si he creado a un escape al escape. Y es de noche, y lo sé. No podría ser otro momento del día el que me brindara tan sutil quietud y tuviese tiempo para afirmarlo.
    Es un día antes de noche buena y no hay mucho que comentar al respecto. El sigilo de los días subraya la corta espontaneidad que he labrado en los últimos meses y es importante señalar que el invierno se ha planeado a base de ausencia. Y qué es la ausencia sino la privación de las tangentes, la separación propia de lugares o personas, un tiempo inexacto lleno de deformidades y noches largas con jugo de uva y sin alcohol, un escape intrapersonal que me aísla hacia mi propia persona. “No man is an island”, se escucha susurrar al viento por entre la ventana y nada de lo que ocurriera a continuación podría hacerme cambiar de opinión.  Hay de nuevo un estruendo tremendo en el que las botellas de la reunión del sábado comienzan a bailotear por el viento en la terraza y, abro los ojos: disimulando a la mismísima ausencia el encantamiento inútil de presenciarme en desdicha de ideas banales. Un viento, un ruido, un vacío en el que me idolatro y el acto no es más que un resumen en miradas gachas hacia el suelo.
    Media noche y Parker parece empezar a notar el frío que se ha apoderado ya de la ciudad. Ha terminado con un cierre estupendo y me da la espalda, respirando y recuperando ese aliento breve después de su salida. No espera un comentario, sabe que no es necesario y se limita a observar el júbilo que otorgo en silencio; es también mi indicador para alistar mis cosas, dirigirme esta noche de viaje al 113: el rumbo perdido en donde he dejado todos esos pendientes que me mantienen apegado a una mínima pizca de euforia inverosímil. Habría de precisar que en estos momentos las descripciones pueden acortarse más de lo necesario, como cada segundo en el que diciembre se reduce a merced de sus noches eternas y sus días llenos de vacío infame: tiempo a fin de cuentas.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Patín del diablo

    Nuevamente he desperdiciado un domingo más en mi haber en las mismas tonterías de siempre. Suelo decir y quererlo de esa manera en cuanto me doy cuenta de lo que tengo por querer o no hacer. Esta mañana, por ejemplo, he despertado bajo los rayos del sol tiñéndome la cara de hartazgo matinal, observando y encontrando poco a poco el ambiente de una noche de azar y nulas pretensiones, característica de lo que va pasando y mi estatus social.
    Los he visto allí, mis amigos, los tipos con los que suelo compartir tragos de alcohol desde finales de la preparatoria. Yacen todavía dormidos, perdidos, alejados del montón de situaciones que han comentado y platicado entre cigarrillos y botellas, anulando los tapujos de sociedad en los que nos situamos y, ante todo, a la soledad.
    ¿Son ya las nueve? Veo el reloj del móvil y no, es temprano aún, tal vez demasiado como para querer partir ya hacia casa y quisiera decir que incluso como para seguir durmiendo. Sin embargo, prefiero el silencio y me enfoco en beber una cerveza más para mitigar el breve ayuno que presento y me tumbo de nuevo en el sillón. Los miro y pregunto qué ha sido en realidad de ellos en este último año, si siguen tan jodidos como yo en cuanto a las mujeres y los días y si, pese a las circunstancias, seguiremos bebiendo como ahora, encontrándonos después de algunos meses todos juntos sólo para hablar de estupideces. Alcanzo a escuchar los primeros ruidos de la gente que madruga y dudo si fumar o no dentro de esta casa, me contengo y abro una lata más cuando recuerdo vagamente aquel cuerpo femenino.
    Susana, ¿se acordará de mí esta mañana? Pienso en ella en amaneceres como este, con una luz tenue que me despierta y una habitación en silencio en donde los párpados ajenos parecen contener todavía algunos sueños. Dudo de ello como de lo que hemos dejado detrás. Y ahora todo esto es lo mismo en resumen: una pendiente en la que me dirijo cuesta abajo a gran velocidad, un decline predefinido sobre un patín del diablo que me acelera y va alejándome de todos los que me rodean. Es el domingo, el regresar a casa para dormir hasta medio día, la televisión idiota que me distrae de las casi inexistentes intenciones de querer aprovechar el tiempo, es Susana misma, ignorándome de nuevo en el bar que frecuentábamos hace algunos meses. Desperdicio de querer seguir.
    Los he visto allí, mis amigos, los tipos con los que suelo compartir tragos de alcohol desde finales de la preparatoria. Comienzan a despertarse, modorros, alejados del montón de situaciones que hemos comentado y platicado entre cigarrillos y botellas, anulando los tapujos de sociedad en los que nos situamos y, mientras se tallan los ojos para partir, se dan cuenta de cómo me vuelvo a hundir entre los cojines del sillón para volver a dormir una hora más. 


miércoles, 19 de marzo de 2014

À la porte de l'éternité

    Una vez más decido escribir algo en este blog porque estoy a nada de abrir otro en donde no relate tanta jodedera. Desprendiéndome del bonito y sutil pecado de levantarme tarde, me doy cuenta de que el simple hecho de abrir los ojos más temprano sin tener que ir a trabajar no cambia tanto las cosas. Los movimientos son básicamente los mismos en una serie de pasos que oscilan para ser un mismo producto: a) abrir los ojos, b) quitarme las lagañas, c) hablarle a mi perro para decirle que hay que ir afuera y, por ende, sacarlo a la chingada, d) regresar a la cama, e) tomar el iPhone, f) ponerme los lentes, g) darme cuenta de que no hay nada importante qué leer y bloquearlo mientras me adentro de nuevo a la comodidad de las cobijas en la oscuridad plena de mi habitación. Qué es esto sino la síntesis perfecta de una vida casual, un resumen claro de lo que pasa-o-no-pasa y lo que se va mientras deslizas el dedo índice leyendo mierda que, al final de cuentas, importa un reverendo carajo. Somos un producto rutinario de secuencias ordinarias vacías de placer y que, aún, siguen teniendo un efecto placebo invisible de destrucción autoprofética bonita y maldiciente. Yo lo admito, tengo un ocio suscrito a la estupidez y la otredad de ciertas personas, unos cuantos quienes me interesa leer y observar el desdén con que toman los días y la vida misma, entre quejas y bonitas sentencias de diversión y cultura en donde se engalanan de jornadas de «jale» moderado y una vida social que fluye emulando un jetset digno de envidia de cualquier mojigato, casi simulando la burguesía francesa del siglo XVIII. En ciertas ocasiones, me he aventurado a asistir a cierto tipo de eventos o fiestas en donde la gente suele ser casi siempre la misma lo cual me remite a la frase anterior del jetset, y me recuerda que esta ciudad sigue siendo un rancho de descendientes de judíos y, ahora también, morenos adinerados en donde uno no puede aislarse sin toparse a algún conocido o desconocido que no se haya visto anteriormente. Me gusta vivir en el ambiente suburbano y sus comodidades así también como sus grotescas desventajas, sin embargo regreso siempre a un punto en específico en el cual el inciso «e» y el «f» pueden intercambiarse en las mañanas y es lo más radical que puede suceder en esos cinco minutos de arribo en la jornada. Entonces, me quito las cobijas y me dan ganas de tomar cualquiera de las tres pistolas de mi padre, darme una ducha y ponerme mis mejores ropas, un poco de loción para el momento y encaminarme en una búsqueda de un bonito lugar para darme un tiro de buenas a primeras; después me doy cuenta de que, a pesar de que toda mi vida he vivido en esta ciudad, no tengo un lugar favorito en el que me sienta tranquilo y alegre de querer desvanecerme: qué tristeza. No me preocupa en lo absoluto el hecho de no tener un lugar en donde reposen mis restos como hacen muchas personas en estos tiempos de insignificancia y preocupaciones pretenciosas, sino la sentencia misma de no tener siquiera un pequeño espacio en donde pueda caer sin remordimiento alguno, con una decisión clara y objetiva, con esa sensación reconfortante de sentirse a gusto y en casa. Y en fin, que parece ser sólo otra de las malas facetas que Marzo siempre me conlleva a tener, como una más de las predicciones que he tenido a lo largo de estos escasos años en los que tengo de pisar el suelo y lo aburrido que suele ser este mes: la despedida del invierno que se retira nuevamente, el natalicio del más infame de los oaxaqueños y el cumplimiento de los primeros noventa días del año en curso: un evento sucio y deprimente que me hace aferrarme al inciso «g» y su refugio lleno de melancolía. 








miércoles, 5 de marzo de 2014

Non sequitur

    Según mi agenda, hoy es el día numero sesenta y cuatro del año y parece una reverenda chorrada. Lo primero que alcanzo a notar es una nota donde visualizo mi horrenda letra cursiva afirmando una nueva entrada para el blog, casi suplicando por no dejar este hábito perecedero que casi no mantengo y que, a ciencia cierta, no deseo mantener. El día se va y las jornadas laborales se van amontonando en los hombros y en la espalda, casi sin notarse pero calando a discreción como las etiquetas de camisas nuevas, rasgando y recalcando la presencia de una molestia en donde se tiene que aguantar. No se trata de un reclamo, nada de eso, sino de un reflejo digno del trabajador promedio y el deseo lascivo que representa el dinero en un país como el nuestro.  
    Según mi agenda, los pasos que he estado dando en el último mes me reflejan como un ser nómada y sin morada establecida, con una máscara de ojeras y dientes de británico que me cargo a consecuencia de mis actos y los escapes planeados en cinco minutos. Notas de lugares en donde despierto desnudo, anotaciones de los cafés que me tomo en el día, faltas al trabajo y refugios sin mesura en cantinas y bares que, oscilan entre las dos de la tarde y siete de la noche,  por no alarmar a Domingo Mancini yendo a las once de la mañana para pensar en el epitafio de la tumba de su madre. «El YOLO es el nuevo Living la vida loca», o una especie de desalojo del amarre que significa el no sentirse a gusto o conforme, aclarando que, nunca he podido estar conforme con nada, y bueno, tampoco me odio intensamente como alguien me dijo hace poco, por cierto.
    Según mi agenda, escribo planes y notas que se quiebran por impulsos del momento, cosa que no me deja nada tranquilo ante la nula maduración que se supone tiene que estar sucediendo justo ahora, además de la cuestión monetaria, que se basa en alcohol y cigarrillos y un montón de porquería que uno va adquiriendo entre bar y bar y los tacos de la esquina: horror tremendo de vivir para morir: softly, my dear: Carpe diem«Te vale YOLO la vida»: Kaput. Lo último lo he escrito en mis últimas entradas al menos una vez y, eso no refleja más que mi estancamiento literario, con sólo seis libros en lo que va del año y cuadernos cada vez más vacíos, en donde se presenta el resultado de una miserable intención del ser y el desprendimiento de lo que alguna vez pensé.  
    Según mi agenda, debería estar yendo al palacio de correos a mandar cartas pendientes, caprichos que encontré en el cajón inferior del buró en donde guardo los pendientes, los objetos perdidos y los que aún no sé que hacer con ellos: un pequeño limbo que creé con el único fin de darle jugo a la vida en un ciclo de decisiones impotentes que me hagan mantener mi ansiedad viva, como un método más de hacer anotaciones para el día a día y tenerme entre el cuchillo y la pared del Doppelgänger que me suelo construir, todo siempre como un juego autodestructivo del Non sequitur

martes, 18 de febrero de 2014

¿Quiénes somos?

    ¿Quiénes somos nosotros dos? ¿Qué somos tú y yo? ¿Sabemos dónde estamos? ¿Sabremos a dónde vamos? ¿Nos olvidamos? ¿Nos recordamos? ¿No olvidamos? ¿No recordamos? ¿Nos amamos? ¿Amamos? ¿Nos amábamos? ¿Nos amaremos? ¿Amábamos? ¿Amaremos? ¿Quiénes somos? ¡Quisiera saber! ¿Quisiera? ¿Si era? ¿Quién era? ¿Tú? ¿Yo? ¿Era? ¿Eras? ¿Por qué? ¿Qué? ¿Contigo? ¿Conmigo? ¿Quieres? ¿Quiero? ¿Qué quieres? ¿Qué quiero? ¿Lo sabemos? ¿Lo sabes? ¿Lo sé? ¿A dónde? ¿Acá? ¿Allá? ¿Tú, acá? ¿Yo, allá? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Cuento? ¿Cuentas conmigo? ¿Cuento contigo? ¿Cuentas contigo? ¿Cuento conmigo? ¿Un cuento? ¿Un sueño? ¿Una novela? ¿Mucho optimismo? ¿No lo tuvimos ya alguna vez? ¿Funcionó? ¿Por qué? ¿Funcionaría? ¿Volverás a reemplazarte? ¿Volverás a reemplazarme? ¿Por qué lo hiciste? ¿Te gustó? ¿Valió la pena? ¿Vale la pena? ¿Valgo la pena? ¿Vales la pena? ¿Vale la espera? ¿Esperas? ¿Me esperas? ¿Te esperas? ¿Qué esperas? ¿Qué espero? ¿Yo espero? ¿Me espero? ¿Te espero? ¿Pero, pierdo? ¿Pierdes? ¿Quiénes somos tú y yo? ¿Me amas? ¿Te amo? ¿Amor? ¿De nuevo? ¿Ha pasado tanto? ¿Cuánto? ¿Le cuento? ¿Vuelvo a empezar? ¿Volvemos a empezar? ¿Y el punto final?


domingo, 24 de noviembre de 2013

Susana

    Apreciar el silencio que se produce tras dejar de lado su mirada suele parecerme un martirio. Lo noto desde el momento en que desvío mi vista de sus ojos, en el errático intento de no seguir en ese extraño y culpable gusto de tenerle ahí e, inmediatamente, me orillo  a desligarme: como un recién nacido que depende de la madre para resplandecer en el confort, vuelvo hasta sus labios. 
    ¿Por qué volver al desdén del delirio? Aún no lo sé, como tampoco creo saber resolver todo ese tipo de circunstancias en las que me encuentro al querer ignorarle. Enfrentando ese lapso de tiempo en que nuestras bocas no producen sonidos ni flujos de saliva, vuelvo a perder, una vez más, escapando de las consecuencias que vendrán tras los actos impuros, efectuando la dicha penitencia que me obliga a perder, a perderle. Tal vez uno de estos días, en los que no haya nada más qué figurar. 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Ella también

    No puedo decir que me hace sentir mejor saber de ti. No puedo decir algo bueno de ello, tampoco algo malo. Más bien, por ahora me limito a sentirlo, a apreciar el simple hecho de que te hayas cansado y estés aquí: en este lugar en donde paso la mayor parte de mi tiempo huyendo de lo que no quiero tener. 
    La soledad en que estoy en éste lugar es algo que sólo tú puedes romper. Como la total influencia que tuve en aquel tiempo para la construcción de éste lugar, eres la única persona que puede entrar y llegar hasta aquí, siendo la poseedora de la copia de mi llave: la invitada exclusiva para venir hasta acá. 
    Estoy recostado, tú sólo vienes a hacerme compañía sin decir una sola palabra. 


 

domingo, 25 de agosto de 2013

Apuntes de domingo

"Camina soportando el fracaso y la cuestión por la única senda que es tuya."
M. Heidegger

    Hay momentos para escribir y hay momentos para absorber ese montón de información que existe en nuestro entorno. Mi agosto puede contarse como el segundo, siendo un mes de conclusiones rebuscadas que se han encaminado en una constante búsqueda de lo que se encuentra ahí para ser apreciado. 
    Al decir que se trata de un mes de conclusiones, me refiero al hecho de haber terminado con ciertos asuntos que me tenían con una tensión no apta para personas que no saben vivir con estrés, el mismo tipo de personas muy contemporáneas que se medican para no sentir ninguna molestia o dolor. Afortunadamente, he podido liberarme en cierto sentido de esos inconvenientes estados en los que había pasado una casi interminable temporada, preocupándome a sobre manera como siempre de lo que no necesariamente ocupaba tantos rodeos, lo cual me llevó a enfocar más mi tiempo en volver a la posición dichosa de empaparme de información, ya saben, libros, cine, cartas, artículos de Internet y todo ese embrollo en lo que me gusta pasar mi tiempo: gustos de lonely person; además de alejarme también un poco de la música y las borracheras en las que me gusta adentrarme. 
    Hay momentos para escribir y hay momentos para salir a caminar, dedicar días enteros a filmografías de algunos directores que tenía pendientes, leer libros que esperaban en mi estante por una oportunidad y, también, continuar con proyectos pendientes que había dejado de lado por estarme torturando a mi mismo con una autopresión que nada bueno iba a dejar. 
    El año se está yendo rápido, para bien o para mal, mientras tanto aprovecho el momento para redactar unas pocas palabras que me sirvan de consuelo ante mi sequía de ideas literarias y, porque no, transcribir un poco de lo que me acontece de vez en cuando, aunque, sean cosas muy mínimas y nada interesantes. 


    

miércoles, 21 de agosto de 2013

Permanent Vacation

Ay, melancolía…, 
¿dónde habrá un océano donde 
uno pueda ahogarse de verdad?". 
Carta de Nietzsche a Lou Salomé.

   El blog ha estado un tanto empolvado, así como yo. Entre tantos días que pasan y no se detienen, he estado experimentando un sin fin de situaciones de las que poco se puede rescatar un bien común. Todas y cada una de ellas pueden traducirse como expresiones singulares que poco o nada tienen que ver unas con otras, así como también la incongruencia de mis acciones se simplifica como una notable contrariedad a lo creído un día atrás. Los días están volando fugazmente, llegan y se van sin dejarme establecerme plenamente en alguno de ellos; apenas saludándome para, instantáneamente, decirme adiós.
    Todos los días parecen uno solo, un entorno homogéneo en donde la luz o la oscuridad poco importan y se mezclan en un sistema de continuidad intocable, descubriéndome tristemente como un espectador que no sabe lo que espera y se queda ahí, parado sin saber qué rumbo tomar, qué acción emprender y, lo más preocupante, qué pensamientos e ideologías agarrar de ese innumerable mar de ocurrencias del momento. Nada que no sea nuevo en mi vida, sin embargo, ahora volviéndose más significativa en cuanto al pensamiento, estando presente a cada momento, como el deterioro más importante de éstos días. Hay incapacidad desarrollada bajo un nulo optimismo, una enorme falta de deseo que me mantenga en movimiento y, como Sísifo, seguramente terminaré fracasando ante la idea de que todo se fue como siempre estuvo destinado.




"cautela + perseverancia vs. andate a la puta que te parió."



 

viernes, 2 de agosto de 2013

Donceles con amor y absurdidad

    No hay nada más horrible que comparar besos de diferentes chicas. Muchas veces me he encontrado en la penosa necesidad de tener que comparar a las personas, todo con propósito meramente estratégico, un acto digno de fantoches e insensibles gentes del que me puedo afirmar como miembro, y, por qué no, amateur tirándole a ridículo profesional.
    Aquella tarde me encontraba en el húmedo Distrito Federal, y cuando digo húmedo me refiero a la inestabilidad climática, a mis manos sudorosas y a la chica que tenía enfrente en dicha ciudad. Era lesbiana, lo supe en el momento que se acercó a mi para ofrecerme algo de la barra de ese bar, un bar al que había llegado por recomendación y que me había emprendido a visitar, siempre con la intención de agradecer o maldecir al responsable. El lugar era pequeño pero agradable, bastante tranquilo para un martes, bastante desolado para ser el DF. La chica se había vuelto hacia mi desde el momento en que entramos al lugar, me acompañaba un amigo y a la chica no le importó poder coquetear. Era lesbiana y ya lo mencioné, me lo decía toda ella, toda su pinta de niña bonita y traviesa, toda la saliva que compartía con otra mujer cuando entré al bar, toda esa ola de pequeñas circunstancias que a nadie le importan y que a mi me gusta recordar. 
    So, me trae las dos cervezas y me agarra las bolas. Necesitaba algo tan romántico como eso para poder decir que fue un bonito día, para poder presumir que fui al pinche DF, otra vez, siendo ahora una buena manera de comenzar a ver a la ciudad, después de lo anterior, después de ya-sabes-qué-pinche-desmadre. Podríamos haber seguido ahí sin decir nada, brindar por una muestra moderna de cariño y seguir yendo al tocador a través de esa diminuta puerta tan ahuyenta regios, pero la hice volver con una ronda más. 
    Iban siete rondas y sus besos ya eran el análisis de mi martes. Al principio uno saborea la saliva como algo nuevo, tratando de asimilar la sorpresa del acto, lo que no se sabe, el gusto de encontrar siempre una diferencia mínima a pesar del alcohol. Después me refugié en la desmoralización de siempre: la comparación. Al principio era como volver a besar a Marlén, pero sin su enorme lengua, luego recordé el amargo y ácido sabor que me brindaban los besos de Cecilia, siempre con un toque agridulce de gomitas de supermercado y, como toque carismático, los smacks de Lizeth, quien se había empeñado a adornar cada beso francés con choques tronados para disimular sus labios delgados. Es un tanto desequilibrado como inquietante, así como es este dolor de hombros que me ocupa esta noche de mayo, pero el hecho de relatar un beso no se trata de la lesbiana ni de Marlén, ni de nadie, ni de mi. 
    Todo esto sucede cuando digo lo que no pasa, mis malas formas de ligar, mi acento norestense, mi ansiosa necesidad de tocar senos pequeños, mi terrible idea de querer aferrarme a un lugar que no pertenezco. Al final, ni supe su nombre ni su horario de trabajo, ni sus nalgas, ni su facebook, sólo supe que besaba un 45% Marlén, un 35% Cecilia, un abrumador 15% como Lizeth y un 5% como pinche lesbiana: manoseando demasiado mi pecho como queriendo sentir algo más.

miércoles, 17 de julio de 2013

Trátame suavemente (quiero que)

    Hay ocasiones —como el día de ayer— en que despierto con alguna canción de Daniel Melero en la cabeza. Recientemente volví a escuchar mucho sus discos, siendo mi soundtrack completo del mes pasado; desde el Conga (1988) y sus primeras interpretaciones hasta el Supernatural (2011), Melero me ha atrapado con una singularidad que ningún otro argentino lo ha hecho, ni siquiera Luis Alberto Spinetta o Charly García. 
    Podría decir que lo más acercado a Melero fue (es) Gustavo Cerati, con quien realizó uno de mis discos favoritos, me refiero a Colores Santos (1992), un disco que reveló a los seguidores de Soda Stereo la influencia tan significativa que Melero tenía sobre el grupo y que, después, fue marcando dicho toque en los discos siguientes de la banda. Pero, por qué mencionar a Soda Stereo y a Cerati cuando trato de hablar solamente de una canción: Trátame Suavemente. Fue la canción que popularizó a Los Encargados (1982-1988) y que Soda Stereo covereó. Dicha canción la conocí primero por el álbum debut de la Soda que por el mismo Melero (cosa que en un país como el nuestro, poco puede apreciarse de los músicos multifascéticos y de extraños rubros como Daniel Melero y su banda tecno Los Encargados, casi desconocidos por acá como el mismísimo Flaco Spinetta).
    Continuando con el día de ayer y el último despertar con Melero, la serie de eventos (des)afortunados que he experimentado en los últimos días me hicieron levantar —con la misma intensidad que un militar a las cinco de la mañana— con esa característica tonada de piano con la que editó varios temas de su autoría, en el disco del mismo nombre: Piano (1999), un álbum en el que recopila quince tracks que pueden escucharse como una sola pieza. A lo largo del disco Melero va haciendo énfasis en ese tono melancólico-romántico que lo identifica; y entonces para mi sorpresa Trátame Suavemente se revela en mi cabeza. 
    Aún no logro entender si haya sido una revelación como tal o simplemente una serie de semejanzas entre las letras del track y las casualidades que se reflejan en mis días pasados, pero la canción me hizo despertar e ipso facto, comencé a preguntarme si los estribillos pueden aplicarse a un diálogo entre dos personas o sólo a una refiriéndose hacia otra. La verdad y lo más lógico es pensar que se trata de la segunda opción y la primera no es más que un capricho de mi persona, siempre con ese toque dramático por uno-que-otro acontecimiento relevante que me pueda suceder y en el que mi mente logre encriptarlo, todo como digna señal de sorpresa.
    Entonces, empieza el primer estribillo de la canción con la inconfundible voz porteña de Melero:


Alguien me ha dicho que la soledad 
se esconde tras tus ojos 
Y que tu blusa guarda sentimientos, 
que respiras 

    Una sutil manera de introducir el track, haciendo que empecemos a adentrarnos en la melancolía que Daniel nos expresa muy bien. Después continua con el siguiente:

Tenés que comprender, que no puse tus miedos
donde están guardados 
Y que no podré quitártelos 
Si al hacerlo me desgarras.

    Ya en esta parte de la canción comienzo a adentrarme en lo que anteriormente había mencionado, esa especie de identificación con la historia que me obliga a regañadientes  a preguntarme si lo que ahí dice Melero es una estrofa hacia un tercero o si es ese tercero el que se lo dice a él. Extraña manera de ver las cosas sería preguntarse si en realidad Daniel Melero se hablara a sí mismo todo el tiempo, pero viéndolo de otra manera podría encajar.
    «Tenés que comprender, que no puse tus miedos donde están guardados» es el golpe mortal que recibo en la cara, como un claro ejemplo de ver toda esa serie de palabras que (le) he dicho, resumiéndolas en una sola frase, lo cual dicta una clara seña de que el arrepentimiento ya no tiene sentido y los miedos nunca han sido sólo por mi causa; y continua: «Y que no podré quitártelos si al hacerlo me desgarras». Caigo rendido al descubrirlo así, como un balde de agua más que fría que me hiela hasta los huesos, casi como una respuesta de la realidad inmutable en la que no quiero figurar. 
    Ya perdido en medio de esa trágica situación romántica, Melero me fulmina con el coro de la canción:


No quiero soñar 
mil veces las mismas cosas 
Ni contemplarlas sabiamente 
Quiero que me trates suavemente.

     Aquí llego al clímax del asunto, con un «No quiero soñar mil veces las mismas cosas» que me hacen pensar en aquellas palabras que depositó (ella) en mi mente aquella noche, como un consejo de vida en el que mi mala estabilidad y mi pesimismo es siempre el problema con aquellos asuntos del existencialismo que me asechan todo el tiempo; y Daniel continua añadiendo también su posible consejo: «Ni contemplarlas sabiamente. Quiero que me trates suavemente». "¿Qué no es acaso eso lo que estás haciendo ahora, analizar una y otra vez toda esa serie de pensamientos y recuerdos que se entremezclan como una secuencia imparable?", me digo. Es por eso que aquí se siente el letal golpe que hiere y me hace parpadear, como una manera de despertar de una hipnosis propia en la que me dispuse a estar. 
    Una vez más a manera de receptor me acoplo al siguiente estribillo, ya con un shock emocional y una parálisis repentina:

Te comportas de acuerdo  
con lo que te dicta cada momento 
Y esa inconstancia, no es algo heroico 
Es más bien algo enfermo

    Éste sin duda es el estribillo más exacto entre toda la posible casualidad del acto. Leyéndolo todo «Te comportas de acuerdo con lo que te dicta cada momento. Y esa inconstancia, no es algo heroico es más bien algo enfermo» pueden asumirse dos puntos de vista: 1) En donde soy el receptor del mensaje, como un signo claro de mi enorme impulso sobre los momentos; 2) La misma dentro de un letal consejo propio hacia mi persona, además del complemento de la segunda frase. Como si repitiera después de mi interlocutor la verdad que me ha descubierto con tan duras palabras.   
    Después viene una vez más el coro y ya para ese entonces me encuentro con un dilema más en qué ocupar mi tiempo. Y eso que sólo hablo de una maldita canción, es un disco que en sí, no tiene madre.