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viernes, 22 de noviembre de 2013

Viernes de puta madre y el coñazo del que nos toca burlarnos

    Me duele la cabeza. Me duele el cuello. Me duelen los ojos por estar todo el día en el trabajo y resolviendo los modernos problemas de los mexicanos, y todavía llego a casa queriendo escribir algo para el blog. Me duelen los pies de estar sentado y me duelen las nalgas por no caminar. No tengo un tema concreto del cual empezar a contar cierta historia y me da un no-sé-qué de que ella, ahorita, esté tomando con sus amigas mientras yo ni siquiera rellené mi bote de agua para acompañar el tabaco que me raspa en la garganta. Me duelen los aullidos que mi perra hace en las noches por extrañar a su hermana que acaba de morir y, mientras tecleo estas absurdas quejas que poco interesan inclusive a mi, me duele la dolencia misma de no valorar tanto quejido. 
    Mañana es viernes, viernes de salte-a-pasear-y-toma,toma-como-todos-los-universitarios-egresados-que-ya-tienen-dinero-para-seguir-bebiendo-a-placer-de-su-explotación-de-semana-inglesa. ¿Y qué hago entonces? Pues beber. Viernes de ir y hablar de cosas banales mientras los demás comparten sus logros laborales y sus aventuras de sexualidad, todo al momento en que río y pregunto cosas de las que siempre me acuerdo, porque siempre me acuerdo, incluso de los nombres que aún no he conocido, los de las pláticas, los de los otros que comparten su tiempo con mis amigos en cuestión y que poco me interesa conocer; pero es viernes. Viernes de puta madre y el coñazo del que nos toca burlarnos. 
    Me voy de fiesta entonces, no a las que siempre voy, a las que nunca estoy invitado y termino por corromper entre silencios bruscos y comentarios agresivos que se me salen de tanta discreción. No. Iré a alguna a la que me inviten, a alguna reunionsilla de intelectuales en donde compartir sus textos y sus ideales progresistas terminen por hacerme vomitar mientras bailo esa canción que nunca lograrán escuchar, una de esas que tanto se repiten en mi reproductor y que, si consultas en lastfm, soy yo el principal oyente, a lado de algún españolete o algún argentinillo porteño que seguro pasa de los cuarenta y cinco años.  
    Y bueno, sería mejor ignorar todo el primer párrafo porque la realidad es que no me duele nada, ni siquiera los pulmones cuando corro para tomar el camión de la mañana, ni la cabeza ni mi cuello, ni siquiera trabajar para resolver los problemas modernos de los mexicanos aunque, si hablamos de ignorar, sería mejor que vayamos ignorando todo lo que se expone en todas estas insignificantes palabras. 

lunes, 22 de octubre de 2012

Teclear mucho no hará que se me salga una frase bonita (ni mucho menos)

    Teclear hasta el final logrará alguna frase bonita, alguna que te llene, que te haga sentir ese raro sentimiento que nombran amor (jaula de los locos/esquema marginal). Escribiré al menos un pedazo de ese sentimiento que tanto te urge leer en alguien más que no sea tu torpe novio o el viejo poeta aquel con el que nunca podrás coger. Lo haré. Sí. Haré que mañana quieras suicidarte por tercera vez en el mes, que corras hasta mí y no seas capaz de decírmelo de frente, como la primera vez, como la segunda vez, como ahora volverá a pasar. Esperaré a que la noche empiece a impregnarse en el ambiente, lentamente, y, después, encenderé el cigarrillo que dejaste en mi buró. Será de noche, seré fantoche y herviré mis ojos con tal de hacerte sentir lo patética que todos te dicen ser. Lo mereces, lo merecemos y es un mal necesario. Esto es amor, tu extraña percepción del cariño puro y angelical: marcas en el cuerpo y sabores ásperos en la lengua.
   
Detesto tu forma de escribir. Siempre pareces estar escribiendo lo mismo pero con palabras más tontas, como lo hace tu persona favorita, como lo hacen las niñas que nunca se van a acostar contigo. Sé que no es la mejor manera de decírtelo pero creo que no nos veremos más, no después de tus faltas de ortografía tan notorias en nuestros proyectos, de ninguna manera. Perdón, siempre pensé que serías una mejor persona y sólo he descubierto que eres más idiota que yo. A veces pensaba en lo que pasaba a tu alrededor, tus canciones cursis y tus aventuras locas pero después sólo me fuiste enseñando las más tristes maneras de vivir y esas ya las conocía. No quiero que pienses que te busqué por conveniencia ni por alguna idolatría babosa sino que, somos muy parecidos, tanta desdicha no cabe ya, no después de las pendejadas que has hecho y las que están próximas a suceder.
   
Teclear mucho no hará que se me salga una frase bonita ni mucho menos, en esencia, te irás adentrando a lo que te espera si es que quieres vivir conmigo. Temo que esto pueda asustarte, que en verdad sea un shock para tu percepción de mí y como lo volví a arruinar todo otra vez, pero si no te lo digo ahora nunca estaré en paz conmigo mismo. Lo puedo visualizar todo justo ahora: peleas babosas seguidas de arrepentimientos sosos y besitos acaramelados con el mismísimo azúcar repugnante que usan las brujas
no para comer niños sino para coger con cabrones—,  y, finalmente, sexo duro para la reconciliación. Terminaré pegándote y me odiarás, empezaré lamiéndote y te gustará, más sin embargo, sólo puedo intuir que el carajo nos aclama, que tu madre querrá que me parta un rayo y que todo esto que tenemos ahora, mañana, será el polvo que hay que sacar después de tener una de esas fiestas en las que no sabes ni quién llegó. Las advertencias no son más que valientes verdades de reconocimiento de que nada bueno vendrá, la decepción de mi persona es algo que aprendí a pensar desde niño y sólo quiero dejar de lado el romanticismo que usé contigo sólo para probar tus pezones rozados. Lo sé, soy de lo peor y, por eso mismo, quiero que sigas viviendo cegada ante la putrefacción que nos rodea.
    Para nadie, para mí, para octubre el femenino.

jueves, 30 de agosto de 2012

Dildo en el ojete

    Hoy no voy a contar una historia, más bien, hoy voy a intentar robarte esa que me gusta tanto, la que escribiste sin darte cuenta y, como la mayoría de la gente, olvidaste darle la importancia que en verdad merecía y valía la pena seguir escribiendo.
    Me es difícil asimilar que fuiste tú la causante de todos esos embrollos que aún prevalecen en las esquinas de tu barrio, como todas esas sombras de los asesinatos que vagan por ahí. En fin, cada vez que camino y pienso en eso no puedo evitar dibujar una tétrica sonrisa que más bien es una mueca de sorpresa que se plantea y delata mi sofocante indignación.
    Tu cuerpo me parece a veces tan delicado, tan pequeño y frágil como para poder soportar una carga y acción como esa, una vida de delitos y excesos llenos de sabiduría citadina y ejemplar para todos nosotros, los hijos de las calles rotas. En fin, es un deleite todo eso que digo, es una sorpresa fulminante que nunca perderá su efecto en mi mente, sobre todo en mi libido, quien procura hacerme pasar erecciones tanto en el transporte público como en la oficina.
    Anoche pensaba en cómo robar esa historia, y no me refiero a adaptarla a una novela ni nada por el estilo, sino, hacerla mía, como una especie de vivencia reprimida de adolescencia o una de esas chaquetas mentales que adaptamos y contamos tanto que, al final, terminan siendo nuestro mejor recuerdo de vida. Digo esto después de haber comprobado que un montón de historias o, más bien, aventuras, son totalmente falsas hasta las pestañas, como el astuto cuento de Ramírez  en el que presumía de haber tenido sexo con tres de sus primas en una de esas tontas excursiones que organizaba la Yola, su prima mayor.
    Creo que no tengo problema en el caso de que eres mujer, digo, si quisiera adoptar tus vivencias en mi mente pues, lo haría, digo, tengo flexibilidad con respecto a eso y las broncas que todavía te cargas, pero del montón de vergas que chupaste sería como tener una enorme piedra en el zapato, sólo que en mi caso se parecería más a traer todo el tiempo un dildo en el ojete.