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jueves, 22 de enero de 2015

Tango en tres

I

    Es un tanto tarde para querer escribir algo y es eso precisamente lo que me ha orillado a tomar lápiz y papel. Tras darme cuenta de lo repentino con lo que logro tomar decisiones y alterar las anteriores que, al parecer habían importado durante todo el día, me encuentro ingenuo y audaz deslizando mi dedo pulgar en búsqueda de un playlist y un cuestionamiento interno: una inconciencia más que ocurre entre once y doce de la noche y un impulso que no deja de repetirse. He logrado estropearlo todo para el día de mañana y, mirando las tímidas grietas de la pared de cabecera, mientras recibo ya el martes con gilipollez por delante e intentos vacíos de autocompasión, figuro que no hay nada que me retracte a lo anterior, a mis planes de rutina, a mi aventura gutural de entresemana.
    A primera instancia, todavía bajo la pregunta del porqué he de actuar a manera de sosa reacción hacia decisiones imprevistas, quedo presa de una instantánea pausa que se rompe tras el estruendo de una serenata que sucede a escasas casas de mi domicilio: entreabriéndome un poco los ojos y dejando mi mente un tanto más desviada del asunto inverosímil en cuestión. Si de algo puedo parecer convencido esta noche es del amor que aún le tiene ese hombre a su mujer y de las reprochables ganas que me empujan de irme a dormir en este momento. Asunto de desvíos y escapes al por mayor.

II

    He salido puntualmente del trabajo como en todos los días, desconectándome de las responsabilidades laborales al minuto exacto en que mi horario lo indica, poseído por un aire extraño de libertad condicional que inhalo y disfruto al tiempo en el que los caminos se acortan y recuerdo las promesas del día anterior. Procuro caminar fijamente al tiempo en que el bullicio de la gente se separa hacia sus automóviles, hacia sus transportes y caminos sin percatarse del cielo carmín que nos logra coronar. Recorro el trayecto de la oficina hasta la casa de mi hermana dentro de un tráfico flojo y el dilema de las seis de la tarde que he venido forjando en los últimos meses: «¿Y ella?».
    Es una puntualidad alemana lo que me aleja de esta masa de individuos perezosos, una desventaja en ascenso que crece por defecto como lo introvertido de mis actos, inversamente proporcional a las agallas que tengo hasta el día de hoy.  Sin embargo, después de atravesar tres municipios de la ciudad en cincuenta minutos con un silencio sin respuesta, llego hasta la pequeña casa de mi hermana donde cumplo sin protesta la ayuda que me ha pedido y un café negro es el resultado a las decisiones imprevistas. Disfruto el momento de sorbos calientes y una charla amena en cuanto realizo la situación de las cosas, la lista de pendientes que se quedan de lado y la serie de adelantos que acomodo al momento, serie de sucesos que me tienen en un acto de improvisación en donde ya estoy perdiendo por default pero alcanzo a defenderme.

III

    Una vez más vuelve el frío y poco sé de ti. Inalcanzable entre los pensamientos repentinos, te encuentro en medio del recelo con el que guardo el montón de inconformidades que ocupan ese amplio repertorio de ideas: cálida y deslumbrante ante el asombro gris con el que tomo las cosas. Es una de tus hermosas facetas la que se me presenta en esta ocasión, danzante y lúcida invitándome hacia la pista de baile, moviendo al compás tus piecitos en un tobogán de pasos que me acercan a ti para esfumarme de lo actual, de lo pasajero. Habría que devolverme al tiempo en el que te he señalado con el dedo, en el momento exacto en donde me has sonreído y negarme a bailar, pero es tarde y te veo a escasos centímetros de mí.
    Me he desfallecido ante lo místico del tiempo, la pieza base de un recuerdo y la excusa de tenerte frente a mí por unos momentos. Aprieto los dientes bajo el panorama de saberme víctima de un frío crudo en el que la mente florece y acongoja, atrayendo el placer con el desconcierto de encontrarme bien entre un júbilo bajo tus párpados y el aroma que amarra lo más recóndito del alma.
    Seré la presa inminente para esa lluvia de recuerdos y deformaciones perfectas de ti que mi cabeza se empeña en bombardear hasta el fin de mis días. Se asome el sol en sus maneras más extremas o como ahora, bajo el yugo de un invierno ártico, seguiré tu búsqueda intrapersonal en la que me refugio siempre al caer la noche. Acto banal que me regresa a carcajadas a la penumbra de vivir. 

martes, 9 de julio de 2013

Ángles y predicadores



«Un ángel no tiene lugar, no tiene precio, 
no se puede comprar». 
Aznar/García

    Es cierto que Roberto no puede seguir conmigo y trato de comprenderlo. Soy su desgracia, lo entiendo. A veces simplemente espero que me llame, que me trate de dar una oportunidad más, una última y que me deje demostrarle lo tanto que lo quiero y lo que puedo hacer por él. Espero que un día de éstos suene mi teléfono y pueda escuchar su voz: grave y franca que se endulza con palabras suaves que terminan con mi nombre. Qué puedo decir, estoy destrozada.
    Soy una estúpida por haberlo dejado en su momento, una presa del impulso que me he acarreado por años siempre delante de todo, como el orgullo inservible que me tuvo que tocar y lo reconozco, casi sin miedo de que me lea o escuche, pero todavía sin la fuerza de decírselo a la cara. Tal vez en el momento exacto en que lo tenga así, frente a mí y sin ninguna opción más que afrontarlo lo haría, lo sentaría de una vez por todas y trataría de decirle todas estas palabras que tengo atoradas en la garganta hasta deshacerme de ellas, esperando que después de todo eso me mire con dulzura, con algo de rabia o angustia, pero que me sepa escuchar.
    Estoy de acuerdo de seguramente no pase nada de lo que espero, que no podré retenerlo una vez más y se irá, se irá bailando como yo lo hice con él, dejando de lado mis opiniones y mis justificaciones, dejándome sentada en la banqueta como se lo hice aquella vez. Lo entiendo, es comprensible, más sin embargo vivo con esto, con esta extraña pesadez que clama por un poco de indulgencia y que busco en Roberto una vez más, ahora sin la certeza de saber si le importo aunque sea un poquito.
 

domingo, 30 de junio de 2013

Pasajera en trance






    Había logrado llegar hasta el aeropuerto sin gastar un solo centavo aquella noche. Lo había notado al entrar sigilosamente entre la multitud nocturna que se apura y alista para llegar hasta esas largas y repentinas filas, espacios en los que Tristeza siempre terminaba sin saber qué iba a suceder después de todo aquello. Le encantaba arriesgarse, ser por unos instantes un delgadísimo hilo entre la victoria y la derrota, ser un volado con un tornado de por medio.
    Tristeza llegaba hasta su fila con la vista baja, con un montón de cosas colgadas en el cuerpo: una horrenda mochila, un bote de agua purificada con un raro gancho colgado al tirante de la maleta, un suéter azul en el que podía apreciarse el logo de los Dodgers y unos enormes audífonos, cosas que la dejaban ver como una chica desordenada al observador promedio. La mirada hacia abajo sólo significaba una cosa: el reproductor musical en sus manos y su consecuente ritual, en donde, al llegar al aeropuerto, se disponía a escuchar esa canción destinada al momento, un track que la seguía desde unos años atrás, desde que había comenzado lo que ahora la ocupaba y que esta vez no podía ser la excepción.
    Llegaba hasta el número 3 del disco, deslizando el dedo velozmente por el wheel como si se tocara la nariz o mordiera su labio, un acto natural para los momentos necesarios en los que, como ahora, Tristeza se disponía a escuchar la irreconocible voz de García y esos samples perfectos que estaban detrás, siempre encajando a los sentimientos que en ella se entremezclaban, siempre doblando las piernas con esa línea de bajo embrujada que Aznar iba trazando a compás. Sabía que muchos de los motivos que la habían llevado a empezar a realizar esos actos llenos de impulso y desespero habían llegado con ese disco.
    Comenzaba a mover la cabeza, entrecerrando los ojos y perdiéndose levemente de la realidad vaga en la que vivía, un bonche de momentos en los que ella sólo era participe unos segundos, unos mínimos instantes en los que apretaba las muelas y decidía decir lo que iba a hacer: correr de nuevo.

Ella está por embarcar, 
quizás consiga un pasaje en la borda. 
Ella está por despegar 
ella se va.

    «¿Ella se va?» —añadía a la canción en su mente — ¿Hacia dónde se va? Todo este tiempo he tratado de saber hacia dónde me dirijo exactamente, siendo la búsqueda de mis terquedades el único camino innegable e ilimitado.
     Pasaba de preguntarse del desconocido siguiente paso a mirar su entorno, la gente que se encontraba alrededor de ella y el poco o nulo interés que mostraban, como si todos ellos supieran que los pasos que iban dando eran exactamente los justos. La seguridad que tanto poseían y que Tristeza nunca llegó a tener era el miedo que la atrapaba a lapsos, el disparador de su impulsiva vida y el refugio que había llegado a construir con Paco.

Ella viaja sin pagar 
el viejo truco de andar por la sombra. 
Ella baila sobre el mar 
ella se va.

    Había escapado de casa decenas de veces para huir con Paco, su novio, un tipo que se movía constantemente de ciudad para trabajar en los diversos proyectos que tenía. Tristeza lo conoció en una visita que ambos hicieron a Sonora, el para trabajar en una playa y ella de vacacionista. A decir verdad, poco sabía en verdad Tristeza de él, lo amaba, era lo único que le importaba y era el motivo de su loca pasión. Paco la había hecho sentir especial, como el enamoradizo que era, haciendo que la chica fuera una más de sus diversiones, lo cual Tristeza conocía y dejaba de lado, sabiendo que dicha razón algún día los haría separar.
   
Pasajera en trance 
pasajera en tránsito perpetuo 
Pasajera en trance 
transitando los lugares ciertos.

    ¿Será que me encuentro en un verdadero trance? —se decía Tristeza, impugnando si la canción aún le seguía dictando ese camino lleno de magia y samples hermosos—,  tal vez sea momento de cambiarlo, de dejar a Paco como lo que todavía es, mi amor, el chico guapo y hippie de la playa, ¿para qué aferrarme un poco más?
    Apenas si creía lo que se estaba diciendo, ahí, justamente a una hora de despegar hacia otra ciudad en busca del enamorado, siendo la chica andrajosa que lo seguía a todos lados con tal de tenerlo junto a ella, viviendo los días como tanto le había gustado decir, sentir, entregarse, siempre sin una pizca de duda, hasta ahora.
  
Un amor real, 
es cómo dormir y estar despierto 
Un amor real 
es como vivir en aeropuerto.

    No es que Charly nos esté mintiendo —susurraba para sí misma— es real, fue real, los sigue siendo.
    Y entonces se regresó, quitando la canción y pasando al track 6, el último del disco, aquella canción que la tranquilizaba y la abofeteaba al mismo tiempo, llena de una enorme satisfacción de haber podido lograr decidir y entender, que de todas formas el día tendría que llegar y no había otro mejor, que en todas partes la gente es la misma y, de igual manera, seguiría siendo como dormir y estar despierta.