Mostrando entradas con la etiqueta Otra vez es pinche diciembre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otra vez es pinche diciembre. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de diciembre de 2018

Cronos


    Llueve. Con el silencio abrazándome desde la inestabilidad de mi hogar logro perderme aunque sea un instante de todo esto que ignoro suceder y que circunda. Pasan de las diez de la mañana y la idea que busco para realizar el día y sentirme vencedor no logra tomar forma, no logro formar algo que previamente sé que desconozco pero que tercamente necesito recrear.
    Es el último sábado del año este que me ocupa. Lo recibo temeroso e ignorante ante el suceso: después de un sueño profundo tras cansancio del trabajo físico anterior del que caigo fulminado, tendido y sordo hacia cualquier ruido exterior a excepción de tus balbuceos nocturnales, intangibles e inalcanzables suspiros encriptados que jamás entenderé, ni siquiera en sueños. ¿Es esta la noche que conjuntamente ignoramos o sólo es el descuido individualista occidental que nos hace competir?, me pregunto momentos antes de escribir y pensar en esto, exactamente al sentir el vacío matinal de las vacaciones saturnales.
    Persisto en este abismo al que llamo ignorancia, reuniendo características a la idea ya mencionada, a la par de que sorbo el café con leche que me hace bajar el desayuno hasta el estomago y logra desvanecer toda boba concentración. Si por un momento pudiera dejar de parpadear, fijar mi mirada en un agujero que me hiciera ir más allá del abismo, a una circunferencia que se expanda y me susurre con su estruendosa plenitud que el mañana no llegará y que la nostalgia no tiene sentido más que la debilidad en sí, todo esto podría funcionar aunque fuese en un chasquido atemporal que polarizara toda esperanza, aniquilando todo rastro de descontrol.
    Es el último sábado del año que nos ocupa, lo he mencionado ya. Y sin más que decir que lo que obviamente no sucederá esta mañana –al menos no para mí–, el día sigue así como seguirán todas las fuertes mordidas que se provocan por las gloriosas fauces del Cronos.

martes, 9 de diciembre de 2014

El venadito

    Tengo dos horas esperando tomar una decisión y contando.
    Habría de encontrarme yendo una vez más de nuevo hasta su casa tomando el transporte o lentamente a pie y no es así. Me he detenido en seco, en medio de un semáforo que aún marcaba el verde y una orquestra de claxons maldiciéndome a compás, boquiabierto por un flash venidero de las recónditas y torpes ideas que he estado trayendo. Supe al instante, entre el tráfico que llega al caer la tarde y el sonido del motor de mi auto, que tenía que parar.
    Opté por aparcar mi coche en un supermercado y seguir a pie. Había sido hasta el momento la mejor decisión para poder despejar mi mente ante el denso bullicio citadino y, ni así, he podido relajar mis pensamientos y enfrascarme en la simple contemplación de un o un no.  Y es que me he quedado así, aquí de pie: a escasos cuarenta metros de donde he estacionado mi vehículo y con las monedas del pasaje en la mano, con un sudor que huele a metal barato de pesos mexicanos y un asco que no me deja dar el siguiente paso. Esa es mi excusa a la excusa de no saber qué hacer después de lo primero. Según yo tengo dos horas, puede ser que me esté mintiendo y ya nada me sorprende.
    Me veo ahí, bajando del camión y caminando apresurado hasta la puerta de su trabajo sin una sola palabra que dirigirle y, sin embargo, es esa la primera opción. Por otro lado, veo la posibilidad de caminar desde aquí, llegar y no encontrarle y hacerme a la idea de que no ha sido el día indicado para buscarle. Es simple, juro que en las escenas de mi cabeza se observa todo tan sencillo y sin sobresaltos. Aunque sigo aquí, estorbando en la acera de una esquina a los transeúntes que me impactan con sus pequeños y morenos cuerpos: yendo y viniendo en las recreaciones de mi mente con estas dos opciones al tiempo en el que, el mismo tiempo, me mantiene en confort del desasosiego digno de Pessoa.
    Dos horas esperando, esperando una desgracia o tragicomedia sin ganas de provocarla; quieto y sin apuros, como un pobre venadito que habitó en la serranía.



lunes, 8 de diciembre de 2014

Mambo miam miam

    Puedo saber. Puedo saber qué es lo que estoy haciendo. Puedo saber que nada de esto es lo que estaba pensando. Puedo saber y entender que no soy yo siempre el del problema. Puedo saber que no son siempre las mismas cosas las que me acongojan y a veces parece lo contrario. Puedo saber y no saber acerca de lo que ahora sucede sin tener que ahondar en vistas y revisiones. Puedo, puedo saber que una idea viene y va y el recuerdo es sólo tiempo. Puedo saber, saberme inconcluso y errático. Puedo saber que ahora visualizo ideas y nada más. Puedo saber que aún me odias desde mi cumpleaños. Puedo saber que seguro sigues escribiendo en ese cuaderno. Puedo, puedo saber que te confundes con alguna otra. Puedo saber que sabías que te citaba ahí para dejarte. Puedo saber que te he quitado más tiempo de lo que pretendía. Puedo saber que no eres la misma. Puedo saber casi a la perfección que has teñido de nuevo tu cabello. Puedo saber y creer un montón de caprichos que no van más allá de eso. Puedo saber y reír y no entender una mínima pizca de nada. Puedo, puedo saber que he gustado de dormir junto a ti. Puedo saber que beber era una excusa para besarte y, sin embargo, poco he querido mencionar de eso. Puedo saber que poco recuerdo de mi fuga. Puedo saber que no soy yo el que procura enviar canciones en las noches. Puedo saber que poco importa el saberlo. Puedo saber que sigo y que seguiré por un rato más entre el descaro, la indiferencia y las pocas ganas de hacer algo más que la rutina.  Puedo decir que diciembre es una basura. 

viernes, 27 de diciembre de 2013

La fiesta

    «Creo que soy el último en la fiesta, ¿dónde está la gente y la diversión?». 
    Intento pensar en el lugar en que se encontraba Nacho Vegas al inspirarse en esa canción, seguramente no se trataría de una reunión de Noche Buena, pero el hecho de idealizarlo me remite a la noche y madrugada de hoy, en una larga escena sin cortes de un film inspirado en esa melodía y mi persona como el actor principal. Seríamos el tiempo y yo y la escenificación del deterioro de los pensamientos a través de los días, de las horas, de los pinches minutos en los que creo existir y luego vuelvo como siempre al mismo «punto»
    ¿Se puede volver a un sitio que nunca se ha dejado? En los primeros meses del año pensé que se trataría de algo muy pesado, un año para olvidar y del cual, me quejaría en el futuro por las dificultades que éste traería. Sin duda, el comienzo del año empezó de la patada, desde la primera semana si mal no recuerdo. Un inicio agotador tras un diciembre anterior que había quedado como el último gran intento de algo fuerte, algo que, más bien, quería creer que se trataba de algo fuerte y terminó yéndose al carajo muy fácilmente. 
    Entre el dilema de terminar etapas y la incertidumbre de cómo comenzar otras, me vi interrumpido con algunos planes familiares con el accidente que tuvo mi padre: un caballo lo pateó en la pierna izquierda quebrándole tibia y peroné. Dos intervenciones quirúrgicas y una larga recuperación de nueve meses culminaron con su regreso al trabajo y un baile en Noche Buena junto a mi madre, justamente la noche de ayer: un «milagro» que presencié con una de las alegrías y perseverancias más significativas de mis últimos años.  Es extraño recrear todas esas imágenes en donde el dolor insoportable de sus gritos fueron un sonido habitual en la casa. Acostumbrarse, no saber qué decir y sin embargo seguir ahí, junto a él, porque la facultad se había terminado con un final muy discreto y pinche y no tenía una idea que que era lo siguiente. 
    ¿Y qué era lo siguiente? Trabajar había sido el punto claro del enfoque y no trabajar era la cómoda incapacidad de no hacer nada. Después de tres meses de graduarme encontré trabajo y ahí sigo; nada mal leyéndose de esta manera y un nada-que-ver con la percepción que tuve durante esos largos días, tan vacíos de acciones y tan llenos de cientos de pensamientos que fluían y fluían y terminaban tumbándome con dolor de cabeza. Eran momentos de inestabilidad en los que esta misma duda me situaba en un conformismo exquisito del Carpe diem de dientes para afuera: un estoy-en-proceso-de-situarme-y-por-ahora-no-me-estés-chingando. Así pasé tres meses en casa, la mayor parte del tiempo con mi papá y la otra parte entre fiestas random en donde prefería quedarme a dormir. 
    Sigo pensando que soy el último en la fiesta, como Nacho en esa reunión en donde le canta al amor, al desamor y a esa serie de vivencias que nos mantienen en el foco de nuestras jodidas vidas. Lo pienso porque generalmente me pasa, si: casi siempre termino entre las últimas personas en un lugar que no conozco, con personas que no conozco y con una incertidumbre neutra de aceptar si hay sexo grupal o madrazos y golpes al por mayor: ruleta rusa de los que no cargamos armas de fuego. En fin, que si menciono esto es porque el año estuvo repleto de situaciones como esta, en donde los encuentros fortuitos eran la cena de la noche: entre alcohol en la barriga y los pulmones cargados de humo e impaciencia, me alimentaba de los pedazos de desperdicio que las noches suelen entregar. 
   Todavía sigo aceptando mi notable inmadurez, puesto que aún logro darme cuenta de errores pendejos que sin duda pude haber evitado de una fácil manera, sin embargo, al momento de notar este tipo de cuestiones me concentro en el ágil punto de vista en el que me encuentro al notar dichas cosas. Sigo siendo un mocoso, sigo siendo un puñado de errores y malas decisiones envueltas en un costal de huesos, y no es para menos, aunque la apertura de puntos de vista desde mi enfoque se ha expandido un poco y eso me mantiene más despierto. 
    El 2013 sin duda no puede contarse como un mal año en mi como lo creí antes, fácil podría decir que ha sido uno de los mejores sino es que el mejor, y es que en eso de mejores nunca me siento totalmente seguro, como ninguno de los discos de mi biblioteca tiene más/menos de cuatro estrellas de cinco posibles que hay para calificar. 
    «Creo que soy el último en la fiesta, una a la que nadie me invitó».
    

    

miércoles, 18 de diciembre de 2013

No fue bueno, pero fue lo mejor

    Faltan algunos días más para que se termine el año y por lo pronto dispongo de diez minutos para escribir aquí: sentencia típica de la jornada hacia mi persona. ¿Qué puedo decir en diez minutos que no me sumerja en un largo monólogo de lo que a nadie le interesa? Sí, pues nada, que ha sido otro año que se se fue volando y todo eso que la gente suele decir cuando se acercan las fiestas.
    Esta madrugada tomé un taxi para volver a casa y fui pensando en todas esas cosas que no cumplí, en las que valieron verga desde enero, las que descarté por que se ramificaban de otras, en las que era un hecho que tenía que cumplir por obligación, en las que aparecieron de momento y no alcancé a escribir en mi lista de propósitos, en las que se renovarán para el año que viene. No sé, tal vez eso de hacer listas a cumplir nunca se me dé, como ninguna lista sobre algo, como un top ten de mis libros preferidos o los playlists que suelo hacer y son un asco, incluso para mí, y no, no creo que vuelva a hacer una lista de este tipo.
    Aún quedan días que vivir del 2013 y también para no vivir, como en cualquier año, con un diciembre regiomontano que tiene un sol pálido y claro además de un frío seco y franco, como el año pasado, como el año que seguramente vendrá acompañado de las mismas historias que se modifican un poco pero siguen siendo el mismo fruto de todos los días. 
    Y quién sabe, que este año fue una mezcla muy entretenida de muchos factores, pensaba que era uno de mis peores, pero desde esta perspectiva decembrina visualizo que, en efecto, fue uno de los más interesantes que he tenido. Kapput. 


miércoles, 11 de diciembre de 2013

20-19

    Son las diez de la noche y el lugar ya está casi totalmente deshabitado. ¿Será por el frío, será porque es martes? No lo sabemos y no lo queremos conocer; queremos sabernos, no conocernos: saber que es lo que hay más allá de las cuestiones en común y el extraño lazo que hemos creado. Lo hemos hecho, con diferentes puntos de vista maybe, pero con el mismo resultado y esto es el 20-19. 
    Nos adueñamos torpemente del lugar y de los dos espacios en cuestión, con decisión repentina, fundamentada en torpes ansias del deseo e instinto animal, al menos, de mi parte. Y ahí estamos, y ahí estoy: figurando no tenerte mientras te doblas bajo múltiples sensaciones, actuando y pensando en el pequeño límite que tienes preestablecido: rompiendo todas tus reglas, sus reglas, rompiéndome a mi mismo toda la madre. 
    Eso es el 20-19: una señal más del rastro que vamos dejando a través de la ciudad. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Emilia

    Es el último día antes de tu llamada. 
    Cabizbajo y enredado en pensamientos que van más allá de mi disposición sentimental, me encuentro en el mismo lugar en el que charlamos aquella tarde lluviosa y extraña: síntoma incorregible de no percibir lo que somos, lo que fuimos y la sensación nada probable posibilidad que no busco de volvernos a encontrar. 
    Lo sé, es una prueba inminente de saberme perdedor entre el montón de situaciones que nos rodean haciéndome responsable de la mayoría de las culpas, como una especie de manda religiosa que tengo que cargar para sentirme más humano, así como también, procuro figurar la fatalidad que tus noticias tienen en mi como un mal disparador de malos humores en mis jornadas.
    La humedad que me abarca me dibuja como un elemento extraño, un sujeto fuera de escena que se ha plasmado violentamente para destrozar la imagen, una imagen que  anteriormente había sido un suculento acto de amor grotesco e impulsivo. 
    Estoy todavía aquí, escalando uno a uno los editados recuerdos mientras pierdo percepción de mis sentidos, olvidando las promesas y esos torpes besos que siguen siendo los mejores de mi repertorio. Es el último día antes de tu llamada y me estoy consumiendo entre un ataque de ansiedad reprimido y la enorme culpa de volver a perderte. «Probablemente no llames», me digo mientras termino de beber el agua de mi recipiente. «Seguramente todo te saldrá bien», continuo en ese diálogo efervescente que duele y acongoja. «Verás que todo es sólo una fase en donde pensarás mejor las cosas y, quizá, te aclararás de una vez por todas que nuestro camino se ramificó hace ya algún tiempo»
    «Con un poco de suerte, mañana olvidarás llamarme», afirmo y prosigo: «recibirás la mejor noticia que pudieses esperar y todo será mejor que antes. Saldrás a bailar, a beber, a ligar y todo ese tipo de acciones que, sé, nos caerán de maravilla, y si a caso llegas a llamar, lo más probable es que me des las gracias por todo eso que siempre sueles mencionar. Por último, me pedirás que nos volvamos a cartear para saber al menos un poco el uno del otro y con gusto accederé, pero por amor, sé que nunca te voy a responder»
    Se termina el día, hay que seguir. 






Originalmente publicado en mi otro blog: http://www.pactoficcional.mx/2013/10/emilia.html

Gold Flakes

    Uno de estos días te darás cuenta de que no es muy bueno lo que estamos haciendo. Lo digo porque yo lo sé, porque lo entiendo desde el primer momento en que decidí hacerlo y porque me extraña que aún no te percates o, también, me asusta que sigas como si nada, como si fuera de lo más casual. Y tal vez lo sea, pero de los dos yo seré el que pierda.
    ¿Por qué debería molestarme salir nuevamente perdedor? Conozco el resultado que se vendrá si así fuese, seguirían un montón de situaciones en las que me he visto envuelto en anteriores ocasiones y, lo repito, no sería nada nuevo pero tampoco sería lo mejor. «Qué obsesión por cagarla», dirían otras personas, qué necesidad de hacerte sentir miserable ante cualquier acto. 
   Hay necesidad de desilusión, de fallar, de sentirme en el confort del fracaso inminente y seguir aquí, como el intento que se efectúa por el simple hecho de crearlo, sin amor, sin ganas, sin una mínima pizca de sentimiento. Así la recibo, entre brazos que se enlazan y un lipstick rojo que me engendra y me marca, entre bellos gestos y charlas superficiales que pueden durar horas sin un rumbo fijo, porque así estoy ahorita y lo estaré, y me gustaría que te dieras cuenta y, si ya lo hiciste, tendrías que dejar de nombrarme por apodos lindos y esas bobas cursilerías. 
    En fin, de todas formas, no puedo dejar de mirarte un sólo minuto. Contreras a fin de cuentas. Kaputt.