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martes, 11 de marzo de 2014

Parece una tontería

    Estoy acostumbrado a dejar de lado lo que tengo para añadir más culpa a mi existencia. Siempre ha sido así: desde los remotos tiempos en que mi memoria empezaba a funcionar a conciencia, con una soledad de niño enfermizo educado en casa, hasta el día de hoy, con una sobriedad que no pasa de tres días, donde la mayor parte del tiempo el desasosiego alimenta la más pura de las ansiedades para la autodestrucción explícita de mi «no-proyecto de vida». Ha pesar de los altibajos que siempre he tenido que aceptar, la incertidumbre que acarrea todo este tipo de contrariedades e incidencias se presume bajo mi brazo como un portafolio de trabajo, reluciendo como un montón de dientes blancos de antesala sobre una ráfaga de carcajadas y desprecios, insultos y lamentos que adornan mi entorno vulgar al precio de la costumbre de la inconformidad de un «algo» desconocido y una zona de confort, que se puede resumir en arcadas predestinadas al fracaso rebuscado. 
    Aceptando el infortunio canceroso del no-saber-vivir-y-no-poder-morir, voy caminando y sobre todo deambulando por una sumergida ciudad que se opaca cada vez más rápido, que se embarca ferozmente en el atroz harakiri occidental imperialista de nuestros días, mientras el sol cae sin aviso y el pensamiento se humedece de viejas conversaciones y momentos clave de una decisión de despedida, de despedidas y mentadas de madre que engalanan el suceso de un amor primitivo, sensorial y casi inexistente. Sé que todo es una chorrada, que exagero las cosas para tener algo que recordar, que me muero de verdad si un día alguien regresa y que, mi orgullo, es tan antiquísimo como la supremacía blanca que todavía se escabulle por el mundo. Sin embargo, soy malo para estas cosas a pesar de la costumbre, porque precisamente eso, la conciencia de saber que tendré que cargar con algo más en la espalda a pesar de mi moribundo estrés, es lo que me mantiene al filo de la navaja entre un masoquismo fino e intrapersonal: delicioso y suculento placer que jamás podré resistirme a ignorar.
 
No te busques ya en el umbral (mayo, 2013).

    

jueves, 27 de septiembre de 2012

Sueños binarios

    He trabajado arduamente en los últimos seis meses en la construcción de un proyecto espiritual, un distinto enfoque de visualización humana que me haga liberarme de culpas existenciales posmodernas en las que me he adentrado, sin una necesidad como tal, sino como el resultado de los días en los que me tocó vivir. 
    Como muchas otras actividades o trabajos, he sentido que no puedo, que es otro punto más que añadir a la creciente lista de imposibilidades de mi vida, de mi aleatorio punto de existencia y mi pseudo autodestrucción.
    Mis sueños se aferran a la percepción lógica del mundo, la falla de San Andrés y las ilusiones ópticas están en el repertorio, cosas sencillas y científicamente explicables, todo sin una magia aparente que deslumbre la percepción de la humanidad. Números binarios que llueven bajo gritos y llantos en VoIP, ideas que fluyen en paquetes de datos a través de enlaces troncales, flujos químicos que mi cerebro hace circular para mantenerme un poco entretenido. Silogismos aristotélicos. 
    Los sentidos existen, explotan en miles de ceros y unos que se registran, analizan y sintetizan para tratar lograr el completo algoritmo de tu mirada. Sigue siendo un intento, una búsqueda de la ecuación de tu hermosa lógica difusa.