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martes, 11 de marzo de 2014

Parece una tontería

    Estoy acostumbrado a dejar de lado lo que tengo para añadir más culpa a mi existencia. Siempre ha sido así: desde los remotos tiempos en que mi memoria empezaba a funcionar a conciencia, con una soledad de niño enfermizo educado en casa, hasta el día de hoy, con una sobriedad que no pasa de tres días, donde la mayor parte del tiempo el desasosiego alimenta la más pura de las ansiedades para la autodestrucción explícita de mi «no-proyecto de vida». Ha pesar de los altibajos que siempre he tenido que aceptar, la incertidumbre que acarrea todo este tipo de contrariedades e incidencias se presume bajo mi brazo como un portafolio de trabajo, reluciendo como un montón de dientes blancos de antesala sobre una ráfaga de carcajadas y desprecios, insultos y lamentos que adornan mi entorno vulgar al precio de la costumbre de la inconformidad de un «algo» desconocido y una zona de confort, que se puede resumir en arcadas predestinadas al fracaso rebuscado. 
    Aceptando el infortunio canceroso del no-saber-vivir-y-no-poder-morir, voy caminando y sobre todo deambulando por una sumergida ciudad que se opaca cada vez más rápido, que se embarca ferozmente en el atroz harakiri occidental imperialista de nuestros días, mientras el sol cae sin aviso y el pensamiento se humedece de viejas conversaciones y momentos clave de una decisión de despedida, de despedidas y mentadas de madre que engalanan el suceso de un amor primitivo, sensorial y casi inexistente. Sé que todo es una chorrada, que exagero las cosas para tener algo que recordar, que me muero de verdad si un día alguien regresa y que, mi orgullo, es tan antiquísimo como la supremacía blanca que todavía se escabulle por el mundo. Sin embargo, soy malo para estas cosas a pesar de la costumbre, porque precisamente eso, la conciencia de saber que tendré que cargar con algo más en la espalda a pesar de mi moribundo estrés, es lo que me mantiene al filo de la navaja entre un masoquismo fino e intrapersonal: delicioso y suculento placer que jamás podré resistirme a ignorar.
 
No te busques ya en el umbral (mayo, 2013).

    

martes, 28 de enero de 2014

Linda

    A inicios del año pasado, ella llegó y me preguntó si podía sentarse a mi lado en un día casual, del cual, poco se puede rescatar. Me miró a los ojos en aquel domingo nublado de vientos variables y, brevemente, mientras me miraba comer, me cuestionó sobre si extrañaba todo aquello, como si fuéramos de nuevo una parte del pasado, de un ayer que ella recordaba y yo jamás creí vivir. 
    Al principio cabíamos en una conversación de horas sobre temas irrelevantes que se ponen en la mesa: ases bajo la manga que, más bien, se tienen en la cabeza y se arrojan como la mezcla ascendente del contexto en cuestión, como artimañas del yo interno y lo que se deja expresar, a partir de esas ideas y el filtro que vienen siendo nuestras palabras. Siempre es agradable tener temas así con quien compartir pensamientos y para mi era lo interesante de la situación. 
    A la larga empezó a sonar infantil, por no decirlo de otra manera. Me tomaban por sorpresa esas palabras o acciones, lo cual parecía un tanto cute al principio y no supe qué decir. Le compartí mis posiciones al respecto en esos temas y comenzó a hablar de su pasado, como si yo pudiera hacer algo al respecto, algo que ni si quiera deseaba hacer. Un día me mandó a la verga y fue bonito, fue bonito sentirse aliviado de no tener que corresponder con tontas mentiras y volvió, se tranquilizó y no era para menos. Sin embargo, su extraña posición en la vida no se admitió a si quiera recibir invitaciones a salir ni unos besos y terminó por mandarme a la verga, de nuevo. Es la segunda piscis con problemas mentales con la que me cruzo, tengo que evitarlas y es todo lo que sé. Kaputt. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

20-19

    Son las diez de la noche y el lugar ya está casi totalmente deshabitado. ¿Será por el frío, será porque es martes? No lo sabemos y no lo queremos conocer; queremos sabernos, no conocernos: saber que es lo que hay más allá de las cuestiones en común y el extraño lazo que hemos creado. Lo hemos hecho, con diferentes puntos de vista maybe, pero con el mismo resultado y esto es el 20-19. 
    Nos adueñamos torpemente del lugar y de los dos espacios en cuestión, con decisión repentina, fundamentada en torpes ansias del deseo e instinto animal, al menos, de mi parte. Y ahí estamos, y ahí estoy: figurando no tenerte mientras te doblas bajo múltiples sensaciones, actuando y pensando en el pequeño límite que tienes preestablecido: rompiendo todas tus reglas, sus reglas, rompiéndome a mi mismo toda la madre. 
    Eso es el 20-19: una señal más del rastro que vamos dejando a través de la ciudad. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Viernes de puta madre y el coñazo del que nos toca burlarnos

    Me duele la cabeza. Me duele el cuello. Me duelen los ojos por estar todo el día en el trabajo y resolviendo los modernos problemas de los mexicanos, y todavía llego a casa queriendo escribir algo para el blog. Me duelen los pies de estar sentado y me duelen las nalgas por no caminar. No tengo un tema concreto del cual empezar a contar cierta historia y me da un no-sé-qué de que ella, ahorita, esté tomando con sus amigas mientras yo ni siquiera rellené mi bote de agua para acompañar el tabaco que me raspa en la garganta. Me duelen los aullidos que mi perra hace en las noches por extrañar a su hermana que acaba de morir y, mientras tecleo estas absurdas quejas que poco interesan inclusive a mi, me duele la dolencia misma de no valorar tanto quejido. 
    Mañana es viernes, viernes de salte-a-pasear-y-toma,toma-como-todos-los-universitarios-egresados-que-ya-tienen-dinero-para-seguir-bebiendo-a-placer-de-su-explotación-de-semana-inglesa. ¿Y qué hago entonces? Pues beber. Viernes de ir y hablar de cosas banales mientras los demás comparten sus logros laborales y sus aventuras de sexualidad, todo al momento en que río y pregunto cosas de las que siempre me acuerdo, porque siempre me acuerdo, incluso de los nombres que aún no he conocido, los de las pláticas, los de los otros que comparten su tiempo con mis amigos en cuestión y que poco me interesa conocer; pero es viernes. Viernes de puta madre y el coñazo del que nos toca burlarnos. 
    Me voy de fiesta entonces, no a las que siempre voy, a las que nunca estoy invitado y termino por corromper entre silencios bruscos y comentarios agresivos que se me salen de tanta discreción. No. Iré a alguna a la que me inviten, a alguna reunionsilla de intelectuales en donde compartir sus textos y sus ideales progresistas terminen por hacerme vomitar mientras bailo esa canción que nunca lograrán escuchar, una de esas que tanto se repiten en mi reproductor y que, si consultas en lastfm, soy yo el principal oyente, a lado de algún españolete o algún argentinillo porteño que seguro pasa de los cuarenta y cinco años.  
    Y bueno, sería mejor ignorar todo el primer párrafo porque la realidad es que no me duele nada, ni siquiera los pulmones cuando corro para tomar el camión de la mañana, ni la cabeza ni mi cuello, ni siquiera trabajar para resolver los problemas modernos de los mexicanos aunque, si hablamos de ignorar, sería mejor que vayamos ignorando todo lo que se expone en todas estas insignificantes palabras. 

viernes, 5 de julio de 2013

De memorias y refugios a situaciones maniáticas

    En lo que va de éste año no he logrado encontrar un refugio. Me refiero a un lugar cálido en donde encontrarme a gusto, sin el temor de volver a darme un chingazo o enamorarme una vez más, siendo este año el más culerito que he tenido últimamente. 
    Desde enero he venido cosechando desgracia tras desgracia, mala suerte que me seguido sin soltarme un sólo momento, rachas que parecen irme metiendo en alguna historia de no-ficción en la que soy el desafortunado individuo de la historia, uno de esos personajes que se van adaptando al mal humor del narrador y que, a través de las páginas, se va volviendo presa del horror exterior que se percibe. Y nada, tampoco se trata de escribirlo aquí para que cualquier persona entre y lo lea, se trata de escribir algo con el objetivo rudimentario de seguir el análisis, seguir pensando qué es lo que debo de hacer. Sin embargo, entre tantos pensamientos y posibilidades tangenciales que busco y rebusco de una manera ansiosa, la mitad del año se me ha ido, todo un desastre lleno de desilusiones que me van dando bofetadas día con día hasta llegar a hoy, un casual día de julio en el que el calor me va abrazando hasta perder la razón, y dada la anterior explicación, usted disculpe que mi prosa quejumbrosa sea un asco, pero cada quien es libre de perder su tiempo como quiere. 
    ¿Libre, libre de qué? Cada vez creo menos en la libertad o, más bien, he tenido diferentes influencias que me han tenido al borde del alcance, siendo sujetado por una u otra situación en la que, aunque me sintiera a gusto en una zona de confort, estaba sometido a la merced de algo superior a mi «libertad». Entonces, ahora quedo yo, sin algo que me tenga a sus pies completamente que me tenga estable y, aunque ahora lo que me tiene a sus manos es esta especie de pseudo depresión existencial en la que no-sé-quién-chingados-soy, no me encuentro emocionalmente estable sino que nada más no me encuentro. 
    Creo que, de alguna terrible manera tenía que suceder esto por lo que dejé en enero, la larga lista de consecuencias que deja algo tan grande al irte es todavía interminable, y no sé cómo es que la gente va superando tan bien estas cosas, porque tiempo he tenido aunque no sea todavía lo suficiente, pero me siento todavía fatal. Uno cree que las decisiones tienen que ser maduras al momento de elegirlas y afrontarlas pase lo que pase, pero en una cabeza como la mía que tarda tanto en elegir, tomar una decisión después de cierto tiempo y un enorme paso de pensamientos y posibilidades es lo más natural, que, a fin de cuentas, me hacen querer dirigirme a cualquier camino dependiendo de mi estabilidad emocional y el humor que me cargue en dicho momento. So, necesito un trabajo y sobre todo dinero para moverme y hacer algo, ocupar mi mente en procesos técnicos que me hagan dejar tantas cosas que llevo a todos lados, ser un poco menos analítico y también un poco menos pendejo, como ahora, que llevo viendo al menos dos películas diarias y dos libros a la par, aunque nadie me de un centavo por eso.
    But well, voy a tratar de relajarme por ahora, no se trata de hacer este blog un diario tan profundo y revelador, además a nadie le interesa y si esta entrada tuvo un propósito fue nada más por escribir algo y controlar esta ansiedad que no me deja en paz. 

 

viernes, 28 de junio de 2013

Daniel Melero

    ¿Qué pasa cuando uno se encuentra a sí mismo en el espejo después de tanto tiempo? Ciertamente la pregunta me remite a mi imagen pasada, aquella que no se andaba por la vida preocupándose por alguna imperfección del rostro y, que, poco o nulo interés llegaba a prestar a lo que ahora puede llamarse el «futuro de ese entonces». El futuro, un futuro tangencial que me tuve que elaborar en un lapso contado de días disimulados entre presiones escolares, una incompetente personalidad capitalista, la humedad de nuestro clima y, por si fuera poco, ese montón de feelings que como ser humano arrastro por doquier. Quiero creer que esto es lo que generalmente pasa cuando a uno se le saca de su zona de confort, una perdida de casillas en la que la palabra esperanza se vuelve el golpe letal más doloroso de tu corta y patética vida, como cuando de niño te quitan el Nintendo 64 —mi muy triste caso— y sientes que te han arrebatado algo de ti que nunca podrás recuperar y que nada más podrá saldarlo. Así como ver que una arruguita ha aparecido en tu frente por fruncir tanto el ceño bajo el sol de Monterrey, verse en el espejo y observar una vieja fotografía se vuelve un desconsuelo melancólico para los que no sabemos que haremos el día de mañana, habiendo entendido que esas innumerables planeaciones se han ido todas por el caño del escusado y que de nada sirve arrepentirse o lloriquear, que podemos hacerlo, pero de nada nos sirve anhelar lo pasado. Entonces, me veo más jodido y OK, tengo más panza y mis piernas siguen estando igual de delgadas que en la primaria, pero las miles de ideas y pensamientos que he creado y diseñado a conciencia y espontaneidad han hecho que, conforme el tiempo va pasando, una especie de vejez interior se desarrolle base al tiempo, una consecuencia buena o mala (dependiendo el punto de vista y la culpa de la que nos querramos librar), una contrariedad que hace preguntarme ahora si la sabiduría que trajo todo lo anterior ha sido bien recibida como un mal necesario. 
    A dos días de mis veintitrés años reconozco que igual sigo siendo un mocoso, pero el pedo es que ya no un escuincle y a eso voy, que de todos modos la vida sigue sin esperarme y que al parecer es eso lo que más me ha costado aprender en los últimos cinco años. Tanto pensamiento que me cargo en el día a día y tanta cultura general no me ha dado de comer para nada, mis deficientes conocimientos técnicos de mi carrera me han hecho llegar a conseguir trabajo que he hecho con responsabilidad pero que, en el día a día del labor, sentía que mis semanas se iban al abismo de la nada sin haber podido tocar un libro o escrito una carta, cosas que me tienen más al pendiente por realizar, escuchar una canción, emborracharme con alguien en un bar y platicar por horas, escribir historias baratas que se me acumulan tras intensos sueños que no hablan más que de mi y de tu pinche esencia que sigue en mi como un virus inmune al mismísimo tiempo y a las varias bocas que ahora nos separan.  No digo que tampoco sea algo que me esté destrozando la vida, pero siento que es aún poco tiempo para poder decirme que voy poca madre, que si en algo soy lento es en adaptarme a los cambios repentinos que la vida nos pone como si fuese una enorme verga en la cara y que como un pendejo, siempre me voy de nalgas ante las lecciones más importantes. No me siento superior a nadie más pero sé cuando alguien es un idiota, idiotas que tienen un empleo y ganan dinero quién-sabe-cómo-pinches-chingados, idiotas que ya se casaron, que ya tienen un hijo, que hacen todo lo que el confort les pone a la mesa y viven para publicarlo en facebook. Quise seguir un poco sus pasos, más bien ponerme sus zapatos y hacerme pasar por alguno de los cientos de miles de personas promedio, salir a pasear y sonreír mientras alguien me llevaba de la mano y terminé yéndome de narices contra la acera más jodida e infestada de baches de todo México, o sea, me rompí la jeta y chingo a toda mi madre si lo vuelvo a hacer. 
    Y pues nada, las cosas no pasan por accidente, yo me he ganado toda la mierda con el sudor de mi frente. Kaputt. 


   

miércoles, 19 de junio de 2013

33 garabatos olvidados

    Alguna vez te escribí un libro. Era pequeño, de 33 capítulos independientes que al final se entrecruzaban todos entre sí, siendo tu persona el punto referente a todos ellos. Tú te quedaste con el rollo redactado y editado, ya con correcciones y letra legible, yo ahora he perdido el manuscrito original, el cual se componía por notas, post its, servilletas y pedazos de papel reciclado que encontraba por ahí. Pero no lo encuentro.
    Sólo digitalicé un setenta por ciento de ello, no sé en qué estaba pensando. Ahora me doy cuenta de que cuando uno se encuentra enamorado llega a hacer cosas pendejas, impulsivas y sin pensarlas, pero muchas de esas cosas han sido lo mejor que mi ser ha podido crear. No encuentro el manuscrito, carajo, justo ahora que se  iba a publicar.

jueves, 30 de mayo de 2013

Ana ya te falló

    Ana había contado veintisiete días desde la última vez que pudo dormir más de cinco horas. No fue tanto que lo recordara como una manda o algo por el estilo, pero había descargado una aplicación para su celular inteligente que le ayudaba a restregárselo a diario. Algo estúpido en qué gastar su dinero virtual, como uno más de los nuevos adelantos tecnológicos a los que había decidido adentrarse, antes de tener que volver a ser asaltada en un teléfono público en pleno centro de la ciudad y en medio día: «chingas a tu madre».
    Al siguiente día volvió a sonar la alerta que agregaba un día más de sueño perdido, mientras Ana devolvía una a una hasta el cajón las cartas que Miguel le había escrito todo un año y que, ante la enorme indiferencia de la chica, él nunca envió, hasta que un día las aventó por arriba del portón en un paquete que terminó rompiendo el rosal de su inconsolable madre, escribiendo en la superficie del paquete un Au revoir que Ana leyó con la sangre cuajada entre las piernas. Al igual que su falta de sueño, las palabras de Miguel se habían filtrado en la rutina de Ana como la lluvia de verano que llega e invade, ocupado el espacio sin pedir permiso o razón: omnipresentes en el sentido más estricto y cruel de la palabra. 
    Eran ya veintiocho, o más bien, se acababa el día veintiocho, ¿qué podría hacer? Además de haber descubierto que el vello de sus piernas crecía más rápido de lo que imaginaba, Ana sintió que el ruido de la sociedad que la abarcaba en el transporte público la mareaba más que el sonido del reggae, todo eso mientras encontraba las siluetas de distantes danzantes que penetraban su nublada vista estática que dirigía, cada vez más entrecerrada, como un cinescopio que envía la imagen a simple función. ¿Qué era lo que buscaba Miguel entremetiéndose en sus borrosas alucinaciones veraniegas? «Chingar». 
    Entre el horrible café del auto servicio de la mañana y los saludos hipócritas en la oficina al llegar y salir, Ana había vomitado al menos un par de veces. Sentía los pasos de Miguel bailando en su vientre, en su rostro, yendo y volviendo como para oscurecer más los moretones de la piel, que entre recuerdos vagos pensaba, era una de las fantasías más recurrentes del pobre chico, y que, como medida de reciprocidad Ana aceptaba. «¿Y por qué mierdas aceptaba eso?» se decía en la cabeza al son de un guapango en el viejo camión. «A la chingada. A la verga», retumbaban en su sienes casi llegando a saltar por la lengua, donde se detenían y que devolvían de nuevo al cuerpo de Ana base a un amargo trago de saliva y resignación.
    Como de costumbre, había llegado por la leche y el pan que se supone comería en la mañana: mentira vil que cosechaba y terminaba adelantando para ese apetito de madrugada que le da a los desequilibrados (según ella misma se decía). Al entrar a su hogar lo primero que notó fueron las lágrimas que caían de su rostro, que entre los siete pasos que da del porche a la entrada principal habían brotado como instrucción: un proceso que le recordaba su monótona adolescencia. «¿Y qué voy a hacer ésta noche, seguir leyéndolo? Nada absolutamente nada» dijo a si misma mientras observaba las llaves del auto que nunca usaba. «Pinche idiota». Ana era la única de su familia que no usaba coche, tenía tanta basura en su cabeza que no podía meter cambios, según su propia descripción, pero esa noche Ana lo encendió, dejando de lado la comida que había que dejarle al perro, el pan y la leche en el sillón de su sala y las cartas de Miguel de nuevo en la cama, aunque, de todas maneras, sus palabras destructivas siguieran enterrándose y retoñando en la majestuosidad de su ansiedad femenina. «Púdrete, Miguel».

viernes, 22 de febrero de 2013

Respuestas bajo la cama

    He caído seis veces de la cama esta noche. En la primera caída sólo pude pensar en como eso era recurrente en mis años de infancia y como papá me levantaba y me volvía acostar. En la segunda caída abrí los ojos para intentar ver algo más allá de los recuerdos y el porqué de una segunda caída después de diez años de que no pasaba. Durante la tercera caída sentí a mi perro quejarse y gruñir por el fuerte golpe que recibió, el reloj-alarma marcaba las cuatro veintiocho de la madrugada y mi celular había llegado ya al cien por ciento de la carga de batería, debía de ser una especie de broma el hecho de que fueran ya tres: bola de pendejos. A la cuarta caída entendí que eras tú, que eras tú la que estaba ocasionando esa noche de perros en mi habitación y no pude hacer nada, ¿qué poder tendría yo sobre ti para parar con todo eso? Ninguno. Cuando pensaba que con admitir (entre sueños) que eras tú la razón de mi mal sueño y podría descansar al fin, algo en mi estomago empezó a retorcerse, como algún alimento que me provocase intoxicación (otra vez) y eso me hizo querer aferrarme al sueño. Soñaba contigo, en las estaciones del metro que están al otro lado de la ciudad y una cita en la que habíamos quedado para "quedar en un común acuerdo": dejarnos de ver o seguir sentándonos en la mesa del café aquel para seguir hablando de nosotros y de lo que haríamos con nuestras vidas mientras leyéramos, cogiéramos y nos riéramos juntos, era como cualquier sueño más en el que habitas, casual, con un día nublado con cigarrillos y besos en el parque, pero llegaba al metro, bajaba del andén y te veía esperando al lado de un teléfono público, viendo los carros que estaban por debajo de nosotros mientras yo me acercaba y, al tenerte a dos metros de distancia, me sentía caer, en un abismo de los que siempre hay en esos sueños y la quinta caída de la cama era ya inminente, el golpe se sentía en la espalda. ¿Qué espero con todo esto, qué...? La sexta caída fue la respuesta. 

viernes, 15 de febrero de 2013

Negro en azul

    «A febrero se lo esta llevando la chingada junto conmigo». Esa fue la frase que estaba ubicada como la primera de mi lunes anterior, esa frase que sabes de antemano va a significar el opening del rumbo que tomará la semana y el topic en cuestión, así como sus respectivos feelings. Quiero suponer y querer afirmar que fue similar a lo de Séneca cuando citó el Aurea memediocritas, pero claramente, hablando sobre el equilibrio y la oposición a las posiciones extremas. Sería de gran ayuda voltear hacia la ventana de mi recámara y encontrar un memorandum en el que se apoyen mis palabras y poder seguir en una posición de saber en realidad qué es lo que estoy diciendo. La media noche esta empezando y con ella me dejo entrar en este especie de traslado refinado entre el sueño y lo que tendré que soñar de nuevo, porque está ahí, presente entre todos esos momentos de debilidad que tanto me sorprenden, nutriéndose bocado a bocado de cada mínimo malestar y duda personal, como la solitaria carroñera que carcome sin darnos un malestar trágico. 
    Miles entra lentamente a la habitación, mirándome de frente con ese agudo llanto de trompeta que abarca y ocupa el espacio en cuestión, dándome un saludo a mí y la media noche, que, en estos momentos, ha tomado la pieza como suya, sentándose a pierna suelta entre el montón de utensilios y cosas que hay en la habitación: botellas vacías (Carpe diem), las botas sucias y pilas y pilas de libros y papeles sueltos que flotan y cubren el espacio en una alfombra literata. Considero que la luz que despide la lampara de buró daría un toque más nostálgico si fuera una bombilla de 60 watts la que la encendiera, todo sería más práctico y más acogedor en esta escena de tristes locos en la que el aire nocturno, el humo azulado del tabaco rubio barato y el eco de los susurros fulminarían como uno de esos momentos en los que el ente durmiente pierde el sentido y siente que se le sube el muerto, el muerto Miles, el muerto Julito o el no-muerto Jean Paul Belmondo en su papel de Ferdinand Griffon alias Pierrot, Pierrot le fou. «Salud, che», alcanzaría a escucharse entre los viajes del negro Miles mientras yo me preparo para uno más de los discursos que empiezan con una apuesta del sonido humano más arcaico hasta saber si es él mi doppelgänger o él es mi doppelgänger o yo puedo llegar a ser el doppelgänger del cojo que vende droga en mi calle. Todo y nada serían lo mejor, un silencio bajo los silencios de la trompeta y un vaivén de difusos manoteos en el centro de la pieza traerían el sabor del café colombiano que nunca he degustado o el mate barato que alguna vez probé, siendo sermoneado (una vez más) por el montón de argentinos que se cuelan por mi ventana y aparecen uno a uno como exiliados en un instante en el que mi perro se estresa de tanto desconocido y mi risa comienza a parecerse al canto de Edith Piaf. «C'est toi pour moi. moi pour toi dans la vie», y quién sabe, Exitus Acta Probat, antes lo sabía sin siquiera tener que pestañear un poquito, ahora, ahora me encuentro cabalgando entre un montón de palabras que tuve que vomitar en los momentos menos oportunos, siempre explotando entre los humos de alegría y los terribles malestares y conciencias reales que conocía y vivía a flor de piel, como el fanático religioso deseoso de pagar con dolor esa pena tan grande que era la culpa misma. «Des nuits d'amour a ne plus en finir, un grand bonheur qui prend sa place des enuis des chagrins...», habría que preguntarle a los chicos qué era lo que ellos pensaban, sabiendo de antemano que todos estarían en total desacuerdo el uno con el otro y que, en el proceso de las cañas, los tequilas y los fasos, los tabacos, los putos cigarrillos, encontraría por mandarlos todos al carajo para proseguir con esa pose de mujer dolida que ama a su hombre. «...des phases heureux, heureux a en mourir», dolor, dolor divino de saberte así: maravillosa y atormentada, única y desperdiciada, oh mujer, ¿por qué tenemos que pasar por los puentes más elevados de la noche oscura? Ven y baja por mí, ya voy, subiré por ti hasta el último peldaño, caricia, caricia, golpe, escupitajo. «Quand il me prend dans ses bras il me parle tout bas», maldita, maldita y desgraciada, ¿qué no ves que estoy aquí (acá, che, decí acá que me incomoda)? Miles toma a su amiga y dice «Shhh/Peaceful», mirada de chingas a tu madre. Saldría a ver la luna en este jodido día después de San Valentín, ver la luna, saber que estás dormida y que quién sabe porque no puedo dormir, sabiendo que la calma es necesaria e Ipso facto no debería estar ahí, a orillas de la terraza entre el ruido de los mosquitos que se acercan a la luz y el viento de febrero que llega y se va y no sabe, como yo, qué es lo que debe de hacer. Ju-li-to, Ju-li-to, antes me hablabas para aconsejarme, ahora sólo vienes a empedarte junto a ese negro y el montón de compatriotas que se vienen para acá, carajo, Todo el tiempo tuve miedo de este momento, todo el tiempo he pensado que esto sería el declive fantástico que escribí montones de veces entre clases y que, sí, lentamente llegaría el mo-men-to, mo-men-to de vi-vir-lo, a-sí, de es-ta ma-ne-ra, tur-bia (calamidad angelical), so-ña-do-ra. Güey, me cago en el nahuatl, en los putos indigenistas que todo quieren sacar de su pinche diálecto, carajo dos veces. Güey, what's wrong with the indian, nothing, just don't blame all the fuckin' time about them, dejalos descansar y no los culpes de tus males, déjalos, che, déjalos y vení pronto a decirme qué es lo que tengo qué hacer. Memento mori.
    «Sabes qué hacer, sabes cómo encontrarlo, sabes que la espalda está ahora descansando en la cama y que deberías de dejar de darle tantas vueltas al asunto. Puedes venir, fumar un cigarrillo junto a nosotros que siempre estamos aquí, por ti, por la puerta abierta que siempre nos tienes y por esa fama tuya de conseguir buena yerba, pero estamos contigo». Ajá, algo así no es tan jodido, pero bueno. «Primum non nocere, pibe, vos sabés que es lo que sigue», y sí así después de verlo todo y escuchar la «Silent way/It's about that time» en vivo, me doy cuenta de que es hora de dejarlo así, terminar ese sueño y seguir con el que sigue, el que soñaré de nuevo y analizar, como siempre, Vita via est y el sueño es, entre todo este revoltijo de palabras, hojas revueltas del mismo libro.
   

martes, 20 de noviembre de 2012

Cuando te canses de mi

Te diré, entre tú y yo, 
que me dan miedo las tormentas, 
que ahora veo que una se acerca 
que en el cielo hubo un temblor 
y sólo pienso en escapar, 
esto se ha puesto muy feo, 
tuve un juicio contra reo 
y sé que me condenarán. 
Desde La Lloca hasta El Musel 
te busqué y no te encontraba 
y cuando nos vimos las caras 
me buscabas tú también 
y ahora que sigues aquí 
cómo no vas a cansarte 
si de miércoles a martes 
ya estoy harto yo de mí. 

Me decías lo que media 
entre tú y tu soledad, 
es un trecho que no puedo abarcar 
yo le preguntaba al cielo 
sin disimular el miedo 
cómo voy a vivir 
cuando te canses de mí, 
cuando te canses de mí. 

Y qué más da si esto es el fin, 
yo trato de matar el tiempo 
y entre tanto lo que el tiempo 
intentará es matarme a mí 
y estas líneas, ya lo ves, 
son lo más desesperado 
para tenerte a mi lado 
que se me ha ocurrido hacer 
y si me dejas que lo intente 
sólo una vez más 
me odiarás secretamente 
y para siempre jamás, 
que hacen falta, ay, amor, 
más de dos vidas enteras 
para corregir siquiera 
el más mínimo error. 

Me decías lo que media 
entre tú y tu soledad, 
es un trecho que no puedo abarcar. 
yo me pregunté a mí mismo, 
sólo a un paso del abismo, 
cómo voy a vivir 
cuando te canses de mí, 
cuando te canses de mí, ay, de mí. 

Me decías lo que media 
entre tú y tu soledad, 
es un trecho que no puedo abarcar. 
yo le preguntaba al cielo 
sin disimular el miedo 
cómo voy a vivir 
cuando te canses de mí, 
cuando te canses de mí.

http://www.youtube.com/watch?v=9hvsVLz6C3s

martes, 6 de noviembre de 2012

Estoy casi seguro de que el comienzo de esta corrida fue el final de aquella tortura

    «Son las ocho con catorce minutos y mi voluntad sigue siendo tan pequeña como ayer»... «¿Cuántos minutos han abarcado las ocho con catorce en mi cabeza, cuánto más durará este eco?»...
«Sería extraordinario, si, verdaderamente extra-ordinario el hecho de que alguien ajeno a mi, o a ella, bajara desde el cielo y me indicara el camino que sigue después de las ocho catorce»...«Eso es un Deux ex Machina»... «No recuerdo su nombre, ella no es la de la imagen en mi cabeza»... «La palabra Puzzle reluce en mi frente cada que me veo al espejo en las mañanas»...
    «¿Dónde quedaron sus gemidos, serán esclavos del viento?, ¿del tiempo?, ¿de las ocho con catorce?»... «Se fue»...
    «No entiendo el sonido que deberían figurar sus labios, qué querrá decir?, ¿estará diciéndome que se encariñó ya?»... «Soy el fruto del miedo consecuente de mis actos impulsivos»...
    «Ocho con catorce»... «Sólo recuerdo otra cogida como esta, sólo una y fue con otra, con la de la imagen en mi mente»... «¿Quién soy?»... «Sus leves llantos resonaron en la habitación hasta lograr fundirse en las heridas que dejaron las uñas de la otra mujer en mi piel»... «Ella es otra»... «¿Quién soy?»... «Ocho con catorce»... «Al terminar se posó en mi pecho cariñosamente para, después, comenzar a detallarme su vida tras el vaivén de mis pulmones»... «¿Qué quiere de mi, qué hice para merecer esto?»... «Mi mente me está ganando, ya no veo a esta chica, la que se supone que está aquí, es aquella, la otra: cabello rizado, olor a fresa»... «¿Ocho y cuánto?»...
    «Ocho con catorce»... «Si, ella fue la que me sodomizó, la china»... «Había látigos en el buró, la luz era roja»... «Ocho con catorce»... «Su piel blanca captaba mi atención, sus pechos pequeños brillaban bajo los reflejos de mi lujuria, su vagina sonreía»... «Me dolió»... «Quiero más, más, por favor»... «Lo merezco»... «Ella planchó su cabello y después siguió hasta mi para quemarme delicadamente en los muslos»...  
    «Ahora me llamo Elisa y jamás te enamorarás de mi»... «Prepárate, son las ocho con catorce».