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martes, 28 de enero de 2014

Linda

    A inicios del año pasado, ella llegó y me preguntó si podía sentarse a mi lado en un día casual, del cual, poco se puede rescatar. Me miró a los ojos en aquel domingo nublado de vientos variables y, brevemente, mientras me miraba comer, me cuestionó sobre si extrañaba todo aquello, como si fuéramos de nuevo una parte del pasado, de un ayer que ella recordaba y yo jamás creí vivir. 
    Al principio cabíamos en una conversación de horas sobre temas irrelevantes que se ponen en la mesa: ases bajo la manga que, más bien, se tienen en la cabeza y se arrojan como la mezcla ascendente del contexto en cuestión, como artimañas del yo interno y lo que se deja expresar, a partir de esas ideas y el filtro que vienen siendo nuestras palabras. Siempre es agradable tener temas así con quien compartir pensamientos y para mi era lo interesante de la situación. 
    A la larga empezó a sonar infantil, por no decirlo de otra manera. Me tomaban por sorpresa esas palabras o acciones, lo cual parecía un tanto cute al principio y no supe qué decir. Le compartí mis posiciones al respecto en esos temas y comenzó a hablar de su pasado, como si yo pudiera hacer algo al respecto, algo que ni si quiera deseaba hacer. Un día me mandó a la verga y fue bonito, fue bonito sentirse aliviado de no tener que corresponder con tontas mentiras y volvió, se tranquilizó y no era para menos. Sin embargo, su extraña posición en la vida no se admitió a si quiera recibir invitaciones a salir ni unos besos y terminó por mandarme a la verga, de nuevo. Es la segunda piscis con problemas mentales con la que me cruzo, tengo que evitarlas y es todo lo que sé. Kaputt. 

jueves, 13 de junio de 2013

Dealers de la moderna

    A veces cuando me quedo en casa en fin de semana pienso que me va a visitar Zarzoza, llegando a mi casa sin avisar, inesperadamente y con una prisa alocada de vivir y querer sentirse morir al mismo tiempo. Cierro mi libro y lo visualizo ansioso, no con mi ansiedad sino como el lo expresa, entre un desasosiego que nos empuja a elevarnos, aislados en un circuito con más gente alrededor y un desamparo de terminar creyendo que somos más que el resto.
    Zarzoza es como el producto de las anfetaminas que me solía meter a los diecisiete: terco y honesto hombre que se arroja al crimen visceral de querer amar, siempre enseñándome que el amor es la mejor droga de todas. Un sujeto como ningún otro, que quema marihuana mientras se ducha, que exhala humo junto a mi en las calles del centro y que ama tanto Monterrey como yo que sólo quiere irse de aquí a la chingada. Ese es él en mi mente, un hombre en llamas que me invita a arder por la vida, uno de esos tipos que se destruye y reconstruye durante una velada de peleas románticas y esperanzas internas, como quien baila y se arrulla con la misma energía. Un cabrón que escribe de todo como queriendo pisar la enormísima sombra de Reyes, un amigo que me puede saludar y despedir diciéndome «pinche culero».
    A veces andamos por ahí, nos hablamos de «señor» y deambulamos por parajes olvidados de la horrible ciudad que nadie se molesta en visitar. Puede que nos hayan visto, confundiéndonos con ese par de locos que aquel chileno escribió. Y quién sabe, a lo mejor está noche te podremos visitar.
   

sábado, 18 de mayo de 2013

He estado escuchando mucho a Rodríguez

I
   Entre el montón de días que han pasado desde mi última entrada puedo enumerar un montón de cosas que me han pasado y bueno, tampoco lo voy a hacer. Más bien, me limitaré a decir que estoy bien, que no hay nada externo que me esté chingando justo ahora, sólo, tal vez, el hecho de tener que empezar a mandar currículums a diestra y siniestra. Puedo decir que entre los días lluviosos, días soleados, días regios y días chilangos, el estrés que tanto cargaba en la espalda se disminuyó como se esfuma el humo de la boca al entorno. Han sido varias las circunstancias que me han tenido de una u otra manera, han sido suficientes cambios de rutina en una semana como para recordar cuál era la dicha rutina. Eso ahora poco importa, más bien, se traspapela, se vuelve un acto de querer-saber-que-ningún-día-será-igual, empezar a decirme frente al espejo que soy lo que queda y lo que tengo que aprovechar. Amor a estar solo, amor a no sentirme a estar solo, amor a querer mandar todo a la chingada sin mandarme siempre a mi primero. ¿Entonces, cómo?
 II
    Cada que viajo al DF me siento como si volviera a la casa de mi abuela o algo parecido. Caminar por las enormes calles atascadas de gente y comercio en las aceras me hace sentir un poco en casa, o como se le pueda decir, algo así como llegar a un lugar en donde sabes que te sientes a gusto. Y no es que lo pasado no signifique nada para mi como para negar viajar allá, porque, como con muchos lugares de mi ciudad, tengo que verlos, estar frente a ellos y saber y entender que, aunque estén llenos de recuerdos y riqueza de ayer, no puedo bloquearme más, no de esa forma. El lugar está ahí, invitándome y abrazándome con su presencia, diciendo a cada segundo que no puedo vivir sólo una historia, que entre historias, me sabré perder. Abro la llave del lavabo y me enjuago la cara como un signo de hacerme sentir ahí justo ahora, sin un fin sino, más bien, como un estado puro de estabilidad y tranquilidad en donde la joroba del estrés desaparece. Y estás ahí siempre, siempre, aunque parezca lo contrario, aunque parezca que nunca te vi o te hablé, estás ahí como la primera referencia de lo que sé de la ciudad o lo que sabía. Te sabía. 
III
    Entre tanto desmadre que puedo citar, cabe recalcar que sigo siendo un dramático de mierda. Me inventé una historia muy a la Allen-Godard-Kubrick (Manhattan-Pierrot, Le Fou-Eyes wide whut) en donde yo estaba en Monterrey para mis padres y en realidad andaba en el DF. Los que conocen la historia me juzgaron de mal hijo, de moderno romántico, de hijo-de-la-verga. Los que no la conocen no la sabrán, a menos, de que me inviten una cerveza y quieran escuchar la historia más patética que he inventado últimamente, todo en una caminata del baño a la cocina.

miércoles, 3 de abril de 2013

Abril, abril, aquí

    ¿Qué tan fácil es dejar de lado las cosas? La mayor parte de mi vida he aprendido a lidiar con despedidas: voluntarias, forzosas, inesperadas y las que se van difuminando sin saber a ciencia cierta cuándo terminaron las más recurrentes. Hoy no he encontrado el valor de todo eso, o más bien, pienso en la posibilidad de que mi persona no lo necesite, no lo requiera y lo deje como se dejan las colillas de cigarro sobre el suelo o los suspiros tenues en el aire. Carajo, tan sólo de leerme me doy asco, maldito hijo de occidente y del yo eterno.
    Por ahora mi blog se ha convertido más en un recinto personal que de historias y relatos que contar: un internamiento espectral en el que la búsqueda de lo que no se sabe es siempre el defecto y premisa de mi atormentado ser. Je dois me parler ce soir et se demander pourquoi ces rêves, pourquoi jusqu'à présent, raison pour laquelle elle doit être de retour ici. Jodido café que no me ayuda a desvelarme, jodidos pasos que he tenido que dar para no encontrarte, sabiendo que de una u otra forma, el ancho camino que separa mis pies de los tuyos es también la Bellua insatiabilis que origina toda la insaciable desdicha.

martes, 6 de noviembre de 2012

Estoy casi seguro de que el comienzo de esta corrida fue el final de aquella tortura

    «Son las ocho con catorce minutos y mi voluntad sigue siendo tan pequeña como ayer»... «¿Cuántos minutos han abarcado las ocho con catorce en mi cabeza, cuánto más durará este eco?»...
«Sería extraordinario, si, verdaderamente extra-ordinario el hecho de que alguien ajeno a mi, o a ella, bajara desde el cielo y me indicara el camino que sigue después de las ocho catorce»...«Eso es un Deux ex Machina»... «No recuerdo su nombre, ella no es la de la imagen en mi cabeza»... «La palabra Puzzle reluce en mi frente cada que me veo al espejo en las mañanas»...
    «¿Dónde quedaron sus gemidos, serán esclavos del viento?, ¿del tiempo?, ¿de las ocho con catorce?»... «Se fue»...
    «No entiendo el sonido que deberían figurar sus labios, qué querrá decir?, ¿estará diciéndome que se encariñó ya?»... «Soy el fruto del miedo consecuente de mis actos impulsivos»...
    «Ocho con catorce»... «Sólo recuerdo otra cogida como esta, sólo una y fue con otra, con la de la imagen en mi mente»... «¿Quién soy?»... «Sus leves llantos resonaron en la habitación hasta lograr fundirse en las heridas que dejaron las uñas de la otra mujer en mi piel»... «Ella es otra»... «¿Quién soy?»... «Ocho con catorce»... «Al terminar se posó en mi pecho cariñosamente para, después, comenzar a detallarme su vida tras el vaivén de mis pulmones»... «¿Qué quiere de mi, qué hice para merecer esto?»... «Mi mente me está ganando, ya no veo a esta chica, la que se supone que está aquí, es aquella, la otra: cabello rizado, olor a fresa»... «¿Ocho y cuánto?»...
    «Ocho con catorce»... «Si, ella fue la que me sodomizó, la china»... «Había látigos en el buró, la luz era roja»... «Ocho con catorce»... «Su piel blanca captaba mi atención, sus pechos pequeños brillaban bajo los reflejos de mi lujuria, su vagina sonreía»... «Me dolió»... «Quiero más, más, por favor»... «Lo merezco»... «Ella planchó su cabello y después siguió hasta mi para quemarme delicadamente en los muslos»...  
    «Ahora me llamo Elisa y jamás te enamorarás de mi»... «Prepárate, son las ocho con catorce».

domingo, 12 de agosto de 2012

Tengo seis horas de retraso y no tienes por qué enfadarte




    «Tengo seis horas de retraso y no tienes por qué enfadarte». Sí, podría usar esta singular frase en el tatuaje que tanto he pensado en hacerme como una más de las extrañas y piadosas citas que he diseñado, otra más de la lista y, por qué no, el eslogan de mi vida. Al momento de pensar y decir esto, en mi cabeza, suena la más infantil de tus expresiones como una respuesta prefabricada hacia esto, una de esas posibles respuestas que tienes bajo la lengua y que tanto se han grabado en mí.
    El calor está en primera fila y la situación es esta: la tarde anterior fue el embrollo de todo este asunto que ahorita se llama «pedote», como el vulgar y rápido nombramiento a lo más elemental, el polo inferior, el oscuro, el que sólo puede significar que me lleva la pinche chingada. Pero en fin, toda esta redacción de monólogo la estoy escribiendo en esta memoria a corto plazo —por lo pronto—, o más bien, la estoy escribiendo y apenas puedo recordar qué fue lo que anuncié después de lo del jodido tatuaje.
    Creo que pienso que soy un estúpido, cómo puedo pensar que estoy redactando todo esto en una página en blanco de mi cabeza para anexar en un archivo de largo plazo, habrá que ser idiota, habrá que estar como estoy justo ahora: corriendo hasta la central de autobuses con un puto atuendo de licenciado y un portafolio lleno de dibujos que hago mientras como en la cafetería del trabajo, «pura pendejada» diría mi padre. Y la verdad es que sí, pura pendejada, pero esa pendejada es lo que me da de tragar en este país de mierda, y así mismo, está pinche pendejada hizo que esa chava se fijara en mí. 
    Tengo seis horas de retraso y de seguro ella ya va en camino a la pinche capital, ¿qué estaba pensando al creer que ese trabajito sería para mi?, ¡pendejo he de ser!, de veras que sí, pendejo, pendejo y puñetas. 
    ¿Qué chingados mira esa puta gente, qué acaso nunca han visto a un cabrón correr por la única mujer que se ha atrevido a chuparle la verga? Lo más seguro es que si pero no sabían lo de la chupada, y bueno, a medida que sigo corriendo, la forma en que hablo en mi cabeza se vuelve más rabiosa y sosa. Admito que no tengo condición física, ¡demonios tienes una condición de la chingada, brother! 
    Según vi esta mañana la temperatura llegaría hasta los 38 jodidos grados, ¡hazme el chingado favor!, trajesito de licenciadillo de oficina. ¿Por qué este pendejo no me dio el paso? ¡Primero es el peatón, puñetas! Nunca digo estás cosas en voz alta, no tendría esta pinche cara de morrillo de 17 años, tan cuidada y casi homosexual como diría mi tía Irene.
    Chingado Lucía, por qué putas no usas un celular, ya viene siendo hora de que te dignes a aceptar las mínimas utilidades que da el capitalismo. Me enamoré de una hippie y bueno, eres lo mejor que me ha pasado en esta triste vida, aquí me tienes corriendo por ti, pero claro, si no la hubiera cagado al ir a esa entrevista nada de esto estaría pasando. Y aquí estoy, otro pendejo fantaseando con el «hubiera», soy un pendejo y ya no me vas a esperar, ¡Chingado!
    Habíamos planeado todo, con una jodida, seguro me corta llegando a allá, sé dónde va a estar y sé que eso no será el problema, pero el puto pinche pedo es que me vas a cagar, me vas a cagar por haberte mentido sobre la pinche entrevista. No, seguro no vas a entender cuando al fin te dignes a escucharme, no lo vas a hacer y lo tengo bien merecido, por pendejo, por ingenuo y por creer que podría ganarme ese puto puesto cagado. Pero fue un cambio, por nosotros, para bien... Chingado Lucía, ¡seguro me mandas al carajo!
    No aguanto este puto traje de mierda y no llevo el equipaje, tendré que pedirle a la Tita que me lo mande por paquetería, otros pinches quinientos pesos menos. Y me sigue llevando la verga... Pero bueno, ya falta poco, puta central, ya está cerquita. Corre, corre... Pinche semáforo. 
    ¿Qué chingados me voy a inventar? No creo que sea suficiente diciéndole la verdad, ya la conozco, no me la va a pasar, ¡se va a súper mega emputar! Pero bueno, la verdad al menos no es tan jodida, digo, si me hubiera quedado con el trabajo ya tendría el plan seguro para cuando estuviéramos de vuelta, pero bueno, esto me pasa por quedarme callado... Pinche idiota malo para dar sorpresas.
    ¡Ya sé, sí!, le diré que ya me habían contratado, le diré que si, que me hicieron análisis de sangre —si, eso, le hemos estado metiendo duro a la yerba, seguro me la cree—, que me hicieron los putos análisis y luego-luego me los dieron y que salí hasta el culo de toxinas en la sangre. Sí, eso haré. Putas, qué estoy haciendo...
    ¡A huevo! ahí está la puta central, sólo esta calle y ya. Lo bueno que compramos el pinche boleto desde la semana pasada, no mames, ¡qué puta fila ha de haber, me la pelan, putos! Aquí tengo mi boleto, «Sala 3, andén 23-27». Estaría bueno comprarme una botella de agua, pinche calorón.
    ¿Lucía? ¡No pinches mames, ahí está Lucia! Pinche vieja ahí sentada leyendo y yo corriendo como pendejo para alcanzarla.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Mala ortografía

Entré jadeando al vagón del metro. Bajo la presión del humo en mis pulmones y el sonido del transporte colectivo, el cual anuncia su partida y próximo cierre de puertas, advirtiendo a más de uno el golpe inevitable. Llego hasta un lugar libre y me adueño momentáneamente. A escasos dos metros un sujeto escribía ansiosamente renglón tras renglón a lo que parecía, la misma frase una y otra vez. Al tiempo en que la singularidad de la acción me llama la atención, me di cuenta de que son varias las personas que ya lo han notado y, como yo, y se preguntan qué es lo que aquel tipo de barbas ralas anota tan precipitadamente. 
   Terminaba el sonido secuencial de aquel metro elevado y al fin, se cerraban las puertas, dando un entorno de alivio a los usuarios.
   Pude observar la peculiar gesticulación de cada persona que notaba el acto de nuestro ansioso amigo, cada uno con su propia y distinguida forma de expresar curiosidad ante aquella situación. Desde cejas bien arqueadas, suspiros burlones, narices ensanchadas y dientes prominentes hasta miradas de desprecio y movimientos con la cabeza llenos de negación. Todos y cada uno de ellos en un ambiente de hostilidad que ya apesta y que llega hasta el lugar más alejado de la escena. 
    Mientras me doy cuenta de que el libro que comencé a leer una noche antes se quedó en mi viejo buró de lámpara, me enfrasco en la tarea de tratar de descubrir —como los demás usuarios— lo que el hombre aquel escribe sin cesar. 
    De repente, otro hombre que se encontraba de pie a dos asientos de nuestro personaje comenzaba a parecer alterado, como si la ejecución de que el otro individuo escriba una y otra vez lo mismo demasiadas veces lo exasperara dramáticamente, a tal punto de molestarlo y orillarlo a mover los dedos de forma armónica y notoria. El segundo hombre parecía incrementar su malestar con el simple hecho de escuchar el sonido del bolígrafo haciendo rodar su rueda en el papel. Comenzaba a balancearse, empezaba a querer escapar de aquella trampa mortal que el ansioso primer hombre ponía una y otra vez. Y la gente lo notaba.
    El vagón llegaba a la segunda estación en el justo momento en que el segundo hombre observaba su reloj, marcando —si estuviese igual al mío— las 07:23 minutos en una no muy típica mañana de viernes. El hombre dejaba de ver su reloj y casi al instante volvía a acudir a el,  en una clara necesidad y porque no, piadosa petición de rapidez. Pero el tiempo jugaba y el primer hombre seguía, llenando ya la tercera hoja de su agenda personal. 
    El sonido aturdidor volvía a callar para dar por comienzo al recorrido hacia la tercera estación. Acto seguido una que otra persona se levantaba de su lugar, encaminándose hasta la puerta más cercana. En cuanto el primer sujeto seguía su tarea, otro hombre un tanto regordete choca con el desesperado tipo en un casual encuentro de transporte público, acompañado de un perdón a reacción, pero sucede algo que el gordo no intuye: El segundo hombre se proyecta bruscamente hacia él, impactándolo con el puño izquierdo sobre su carnosa y rosada mejilla derecha. El regordete se encontraba ya en el suelo ante la multitud que dirigía las miradas hacia el suelo y al hombre que se aproximaba de nuevo ya con el puño fuertemente apretado.
    Cuando el gordo asimilaba que recibiría una golpiza, el furioso hombre sentenció fuertemente:

    —¡Dile, sólo dile que no puede hacerlo! —gritó ante el asombro de la gente—. No puede hacerlo de esa manera.
    —No sé de qué me hablas —respondío el gordo.
   —Claro que lo sabes, todos lo sabemos y el también lo sabe muy bien —dijo señalando hasta donde se encontraba el primer hombre—. ¡No puede escribir de esa manera, no puede!
    —¡¿Cómo, cómo?! —prosiguió el gordo mientras rompía en llanto.
    —¡No se puede, no se debe! —dijo el segundo hombre.
    — ¿Cómo entonces? —preguntó el regordete con compasión sin saber nada de lo que el enfadado hombre le preguntaba.
    —Se escribe "Eso que ni que, güey", "¡Eso que ni que!" no "Eso k ni k".

    Y de pronto, se escuchó el sonido del transporte y las puertas se abrieron, a lo cual el furioso segundo hombre reaccionó en una huir del eterno desespero de la mala ortografía.