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martes, 1 de julio de 2014

Move on

    Recién había terminado la botella con un largo sorbo cuando decidí seguir. No era la primera vez que eso pasaba, lo sabía y lo recordaba al momento de sonreír tras lo anterior y limpiarme los labios con la muñeca en un segundo, afirmando con un lento guiño la memoria y el hecho mismo de encontrarme así: ilusa e ingenua seguridad que viene tras la hipotética dosis etílica necesaria. 
    Era algo tarde y digo tarde para ser mitad de semana y depender del transporte público, pero seguíamos ahí, entre múltiples rondas dobles para cada uno de los tres y pausas predefinidas para la inhalación del humo prohibido y triste a las afueras del bar: un ritual nuevo que nos mantenía al flote de breves acontecimientos de jornada y uno-que-otro comentario orientado hacia una suave novedad. 
    «Habría que seguir y ella no era nada más que un suceso del tiempo aquel me decía mientras los miraba fumar. Un bello peldaño que se prolongó durante un tiempo de ansiedades y deseos». Toda esa visualización mental era una brusca prueba irrefutable de lo alargado de esa pausa, lo cual me remitía hacia el principio del relato: la rápida reacción de embestida sobre ese último sorbo de cerveza caliente mezclada con saliva y migajas de botana.
    A la par del termino de aquella botella, en un pequeño tiempo en el que las miradas se sosegaban en el lugar, el camarero había vuelto hacia nuestra mesa con la cerveza pendiente de cada quien, encaminándonos a la «del estribo» y a la salida de todos los males, en un brindis por lo absurdo, por los pequeños ratos después del trabajo y, como me lo decía el rastro amargo de la noche, por un mañana sin sentido alguno.
    Y todo podría haber estado peor si lo hubiese querido, y todo podría no ser siempre lo ideal como siempre he percibido, pero, en ese momento entre tragos largos, silencios relajados y miradas pausadas, el primer manotazo hacia la brecha caudalosa de mi siguiente camino se engendraba bajo la imagen de tu última llegada hacia mis párpados y la insípida despedida que traería el día siguiente, después de la resaca. 
 
 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Noticias del mes de mayo

    Es el día número ciento cuarenta y seis del año, mi último miércoles de descanso y un día fatal. Día veintiocho del presente mes y, según mi cuerpo ya desacostumbrado al calor de la región, uno de los más calurosos de éste dos mil catorce. Tomé este título de una fotografía que aparece en un libro de Julito: "Último Round: Tomo uno", en el cual recoge textos aleatorios de diversos temas, un pintoresco manjar de los pensamientos que cruzaban por la cabeza de mi Julito por aquel tiempo. Este título lo califico así por la falta de entradas en este mes, siendo las grabaciones de Soundcloud sólo un experimento para luchar contra mi manía a escucharme en voz en off con fotografías de fondo que son de mi autoría. 
    A decir verdad, qué tanto puedo calificar como «noticia» en mi. Creo pensar que cada vez es menos la gente que puede interesarse en este espacio u otra actividad que me circunde, cada día que pasa me siento más alejado del pequeño circulo de amigos que me rodeaba y bueno, que noticias como tales no pueden calificarse. Sin embargo, la fotografía la tomé hace algunos años y me gusta, la recordé en éstos últimos días y decidí escribir algo aquí para no dejar sólo las jodidas grabaciones y hoy es el último día del mes en que tengo oportunidad de hacerlo. 
    Nunca tengo mucho que contar, más bien, ya no tengo mucho en que repasar las horas y me extraña, ya que no suelo si quiera salir de la rutina laboral y el regreso a casa. Hay pocos lugares que me gusta visitar en esta ciudad y muchos, por no decir la mayoría que me agradan, guardan algún significado que nunca podré revocar. Otros, que aunque siempre he preferido visitar sin compañía, he decidido dejarlos, aguardarlos para un momento en el que repentinamente llegue y no haya nada qué pensar o recordar antes de visitarlos, los dejo ahí: situándolos entre una negra imagen de incertidumbre y sorpresa que se limita a estas palabras. 
    Hoy por ejemplo, desperté con un recuerdo de múltiples escenas en sueños mezclados de la noche anterior y, después, tras encontrar los pasajes de una de las tantas sinfonías de Schubert que suelo escuchar, me doy cuenta de que tengo una jaqueca tremenda que no puedo ni pararme de la cama. Hacía tanto tiempo que no tenía una de esas, ya me había olvidado de mis jaquecas y si, precisamente tenía que presentarse en mí día libre: fuckwit. Aún así, tras un dolor de cabeza insoportable y un calor matutino que hace a mi escroto sudar, me dirijo a hacer uno de esos trámites de «adulto responsable» y me vuelvo a casa tras haberme encontrado a dos conocidos en el trayecto, qué cagada, aunque al menos no fueron chicas de ayer.
    La mayor parte del día me la pasé dormido con el calzón sudado de la entrepierna y con la frente tan caliente que me daban ganas de arrancarme la cabeza: manía de cuando estas terribles jaquecas me tumbaban por horas y no hacía más que maldecir al puto sol y la falta de días fríos en esta región. Una chorrada. Tampoco tenía ganas de verle y le cancelé. No he tenido ganas de verle en todo el mes y se ha dado cuenta. Mientras esto sucede, porque siempre suele ser así, alguna otra chica me dice que ha soñado conmigo y quiere volver a verme. Me sorprendo, tras haber hablado vagamente de ella con un amigo el sábado pasado: un episodio más para el terrible dancing del karma de este año. 
    Se acaba mayo y todavía sigo leyendo los mismos dos libros, sigo escribiendo una carta que no creo mandar nunca y sigo creyendo que podré ir al DF en julio y ahora sólo me la paso descargando todas esas películas que me falta ver, mientras se me ocurre qué hacer conmigo y mi pálido trasero. 


viernes, 15 de febrero de 2013

Negro en azul

    «A febrero se lo esta llevando la chingada junto conmigo». Esa fue la frase que estaba ubicada como la primera de mi lunes anterior, esa frase que sabes de antemano va a significar el opening del rumbo que tomará la semana y el topic en cuestión, así como sus respectivos feelings. Quiero suponer y querer afirmar que fue similar a lo de Séneca cuando citó el Aurea memediocritas, pero claramente, hablando sobre el equilibrio y la oposición a las posiciones extremas. Sería de gran ayuda voltear hacia la ventana de mi recámara y encontrar un memorandum en el que se apoyen mis palabras y poder seguir en una posición de saber en realidad qué es lo que estoy diciendo. La media noche esta empezando y con ella me dejo entrar en este especie de traslado refinado entre el sueño y lo que tendré que soñar de nuevo, porque está ahí, presente entre todos esos momentos de debilidad que tanto me sorprenden, nutriéndose bocado a bocado de cada mínimo malestar y duda personal, como la solitaria carroñera que carcome sin darnos un malestar trágico. 
    Miles entra lentamente a la habitación, mirándome de frente con ese agudo llanto de trompeta que abarca y ocupa el espacio en cuestión, dándome un saludo a mí y la media noche, que, en estos momentos, ha tomado la pieza como suya, sentándose a pierna suelta entre el montón de utensilios y cosas que hay en la habitación: botellas vacías (Carpe diem), las botas sucias y pilas y pilas de libros y papeles sueltos que flotan y cubren el espacio en una alfombra literata. Considero que la luz que despide la lampara de buró daría un toque más nostálgico si fuera una bombilla de 60 watts la que la encendiera, todo sería más práctico y más acogedor en esta escena de tristes locos en la que el aire nocturno, el humo azulado del tabaco rubio barato y el eco de los susurros fulminarían como uno de esos momentos en los que el ente durmiente pierde el sentido y siente que se le sube el muerto, el muerto Miles, el muerto Julito o el no-muerto Jean Paul Belmondo en su papel de Ferdinand Griffon alias Pierrot, Pierrot le fou. «Salud, che», alcanzaría a escucharse entre los viajes del negro Miles mientras yo me preparo para uno más de los discursos que empiezan con una apuesta del sonido humano más arcaico hasta saber si es él mi doppelgänger o él es mi doppelgänger o yo puedo llegar a ser el doppelgänger del cojo que vende droga en mi calle. Todo y nada serían lo mejor, un silencio bajo los silencios de la trompeta y un vaivén de difusos manoteos en el centro de la pieza traerían el sabor del café colombiano que nunca he degustado o el mate barato que alguna vez probé, siendo sermoneado (una vez más) por el montón de argentinos que se cuelan por mi ventana y aparecen uno a uno como exiliados en un instante en el que mi perro se estresa de tanto desconocido y mi risa comienza a parecerse al canto de Edith Piaf. «C'est toi pour moi. moi pour toi dans la vie», y quién sabe, Exitus Acta Probat, antes lo sabía sin siquiera tener que pestañear un poquito, ahora, ahora me encuentro cabalgando entre un montón de palabras que tuve que vomitar en los momentos menos oportunos, siempre explotando entre los humos de alegría y los terribles malestares y conciencias reales que conocía y vivía a flor de piel, como el fanático religioso deseoso de pagar con dolor esa pena tan grande que era la culpa misma. «Des nuits d'amour a ne plus en finir, un grand bonheur qui prend sa place des enuis des chagrins...», habría que preguntarle a los chicos qué era lo que ellos pensaban, sabiendo de antemano que todos estarían en total desacuerdo el uno con el otro y que, en el proceso de las cañas, los tequilas y los fasos, los tabacos, los putos cigarrillos, encontraría por mandarlos todos al carajo para proseguir con esa pose de mujer dolida que ama a su hombre. «...des phases heureux, heureux a en mourir», dolor, dolor divino de saberte así: maravillosa y atormentada, única y desperdiciada, oh mujer, ¿por qué tenemos que pasar por los puentes más elevados de la noche oscura? Ven y baja por mí, ya voy, subiré por ti hasta el último peldaño, caricia, caricia, golpe, escupitajo. «Quand il me prend dans ses bras il me parle tout bas», maldita, maldita y desgraciada, ¿qué no ves que estoy aquí (acá, che, decí acá que me incomoda)? Miles toma a su amiga y dice «Shhh/Peaceful», mirada de chingas a tu madre. Saldría a ver la luna en este jodido día después de San Valentín, ver la luna, saber que estás dormida y que quién sabe porque no puedo dormir, sabiendo que la calma es necesaria e Ipso facto no debería estar ahí, a orillas de la terraza entre el ruido de los mosquitos que se acercan a la luz y el viento de febrero que llega y se va y no sabe, como yo, qué es lo que debe de hacer. Ju-li-to, Ju-li-to, antes me hablabas para aconsejarme, ahora sólo vienes a empedarte junto a ese negro y el montón de compatriotas que se vienen para acá, carajo, Todo el tiempo tuve miedo de este momento, todo el tiempo he pensado que esto sería el declive fantástico que escribí montones de veces entre clases y que, sí, lentamente llegaría el mo-men-to, mo-men-to de vi-vir-lo, a-sí, de es-ta ma-ne-ra, tur-bia (calamidad angelical), so-ña-do-ra. Güey, me cago en el nahuatl, en los putos indigenistas que todo quieren sacar de su pinche diálecto, carajo dos veces. Güey, what's wrong with the indian, nothing, just don't blame all the fuckin' time about them, dejalos descansar y no los culpes de tus males, déjalos, che, déjalos y vení pronto a decirme qué es lo que tengo qué hacer. Memento mori.
    «Sabes qué hacer, sabes cómo encontrarlo, sabes que la espalda está ahora descansando en la cama y que deberías de dejar de darle tantas vueltas al asunto. Puedes venir, fumar un cigarrillo junto a nosotros que siempre estamos aquí, por ti, por la puerta abierta que siempre nos tienes y por esa fama tuya de conseguir buena yerba, pero estamos contigo». Ajá, algo así no es tan jodido, pero bueno. «Primum non nocere, pibe, vos sabés que es lo que sigue», y sí así después de verlo todo y escuchar la «Silent way/It's about that time» en vivo, me doy cuenta de que es hora de dejarlo así, terminar ese sueño y seguir con el que sigue, el que soñaré de nuevo y analizar, como siempre, Vita via est y el sueño es, entre todo este revoltijo de palabras, hojas revueltas del mismo libro.
   

martes, 12 de febrero de 2013

Te extraño Julito

    Un día como hoy de 1984 murió Julio Cortázar, el maestro argentino de acento afrancesado (pinche fantoche), el enormísimo cronopio, mi Julito. También se cumplen 50 años de la publicación de Rayuela y, hoy, releyendo el capítulo 56 pensaba en él, en las historias que seguramente sigue creando en el lado de allá, no París, sino en donde ahora se encuentra.