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domingo, 22 de junio de 2014

Ducha dominical

    Es tarde, son casi las nueve de la noche y aún siento un poco de dolor de cabeza por la resaca. Es domingo de descanso, penúltimo fin de semana del mes de junio, mes en el que se termina la primera mitad del año y también a una semana para cumplir 24 años. Qué chorrada.
    «24 años es una cifra estúpida», me digo mientras me dispongo a tomar mi tradicional ducha dominical ya caída la noche. El cumplir un año más de vida no me remite a valorar y reflexionar qué estoy haciendo de mi vida en lo más mínimo, la cifra en sí es menos significativa que el 23 anterior o el 25 que sigue. 24 es un número torpe en el que parezco encajar casi a la perfección en cuanto a los últimos sucesos que me circunden: actos que vienen y van, más de lo mismo.
    Mientras dejo que el agua fría caiga sobre mi cabeza, pienso en lo que significaron los 23, la estadía de ese cambio de rumbos que trajo el 2013 y todo ese giro de situaciones en los que se fueron transformando los días. «23 y 2013, ah cursi combinación», digo y repito, ideando esa combinación de números que parecían ser una ensalivada de glande y resultaron siendo una ola de movimientos en mi persona. Es una bonita casualidad haber nacido en un año cerrado, es fácil recordar sucesos y asociarlos a mi edad, a la agenda, a la vida. Se va terminando este último año y así mismo esa amalgama 23-2013 en la que fundamenté toda esa serie de cambios que habría de hacer y emprender, aunado a cambios de ciclos, secuencias y toda esa calamidad de hechos que uno tiene que decidir.
    Sigue cayendo el agua en mi espalda mientras los minutos pasan, fluyendo en un tic-tac acuoso en el que el recuerdo comienza y la espuma del shampoo va resbalando cada vez más escasa. Es un año más, y no es que importe tanto, lo he dicho ya, sólo lo pienso, porque tal vez sólo me remita a hacerlo durante esta noche. Cierro los ojos y veo esa serie de imágenes ir cambiando velozmente: ojos distintos, bocas y sabores diferentes, un último hostal, otras habitaciones: «nuevos planes idénticas estrategias», diría Nacho Vegas. Sin embargo, me aferro a seguir recreando todo ello, con el afán de tenerlo en cuenta, de hacer una rápida  evaluación que no llegue hasta la dicha reflexión sino como un resumen sintetizado de lo que fue y nada más.
    Un año más que no se va, como suelen decir, se queda y vaya que se queda, como todos los anteriores, grabado en vivas imágenes archivadas que reproduzco y recreo a placer, yendo y viniendo desde los momentos gratos hasta las pendejadas e infortunios que me cargo. Todo a reacción, toda una selección de actos que pienso en momentos como este, en estas gloriosas duchas de media hora en las que me pierdo y me olvido de lo que vendrá mañana. 

lunes, 14 de abril de 2014

Lulú

    Anoche volví a soñar contigo y eso ya empieza a pintar mal las cosas. 
    ¿Por qué habrías de situarte ahí, precisamente en uno de los lugares en donde menos quiero tenerte? Infortunios que uno tiene que pasar a pesar de negarlo todo, al parecer. Como siempre, el desconcierto de encontrarse en una determinada situación totalmente aleatoria es el comienzo desmedido, engendrado y alimentado por las reminiscencias del día a día y las contrariedades que no concuerdan y se vuelven paradojas: un resumen mínimo para dejar fluir la escena clara del flujo químico nocturno. Y así fue, en una secuencia de actos en los que te encontraba tan hermosa y, como nunca, andrajosa, con unas casuales fachas que hacían resaltar el ánimo de tus mejillas y la seriedad que a veces recreo sólo en mi imaginación, entregándote una extraña aura que no posees y me repito cada que puedo. Aparentemente, el lugar no podía ir más allá de un simple café, un restaurante barato en el que esperábamos a uno de tus amigos, uno que no conozco, y esa ya es otra pista del detalle y lo cual vuelve el acto tan ficticio como el cariño o mutuo querer que parecía existir en ese instante. Nos observábamos lentamente creo recordar, sin decir palabras, entre un absurdo vespertino de la cotidianidad de jornada no laborada y un calor veraniego. Habrían pasado horas y persistíamos ahí, dejando entrever la síntesis que corre por mi mente de lo que noto para con nosotros y dejando que el tiempo corriera sin decir una sola palabra y sin tomar una clara decisión, aguardando el arribo de tu amigo como clara metáfora de lo que no quiero presenciar y la indiferencia que me corroe hasta el último poro de la piel con respecto a todo ello: la convivencia con personas que nada me interesan y el bienestar social que me importa un reverendo cacahuate. 
    Hay momentos entre sueños en donde percibes toda esa ola de extrañas circunstancias y sabes de antemano que es lo que sigue. Es ahí cuando comienzas a modificar el rumbo del acto mismo bajo los párpados cerrados, cuando alcanzas a distinguir el punto exacto en el que las piezas situadas entre tanta incongruencia están ahí, en efecto, para eso, para moverlas a merced de lo que sucede y el camino que debes forjar en ese preciso momento. Habiendo reconocido mi papel de actor de filme barato, creo recordar haber decidido esperar, esperar junto a ti a tu obeso amigo sólo para observar y afirmarme lo que eso conlleva, y carraspear y reír sarcásticamente entre dientes para expresar un «te lo dije» en tercera persona y un júbilo naciente de ver la mierda que le sigue. Ahí es cuando llega el aburrimiento desmedido de este tipo de situaciones y relaciones en las que me suelo enfrascar, siendo el centro de atención de mi egocéntrica película soy yo el que debe salirse con la suya, cuando veo el desastre venir y se entrelaza el más allá de las personas y empiezan a mezclarse los amigos, las fiestas, los «te quiero» y las llamadas telefónicas que nunca me gusta contestar. Y desperté, con la desdicha de tener que tomar una decisión o, más bien, de expresarla sin tantas mamadas. 

martes, 28 de enero de 2014

Le recomendé dos libros

    Antes de que esa mujer llegara a mi vida mi hogar era un templo. Me doy cuenta de ello precisamente ahora, mientras la observo terminando el trabajo pendiente que se trajo de la oficina y me orilla a bajar el volumen de mi estéreo, cada que me voltea a ver con esa mirada furtiva que apenas voy conociendo.
    Yo no tengo la culpa de que sea una oficinista huevona que no cumple con sus labores durante la jornada o que, peor aún, tenga esa cara tan fea que la obliga a doblar el trabajo para que su jefe le aumente el sueldo y, lo peor, sin resultado alguno a pesar de tanto pinche esfuerzo.
    Mis viernes y lo digo con un orgullo adolescente los he dedicado desde siempre a escuchar música mientras el alcohol me va reconfortando en mi sillón; es uno de los pocos rituales que mantengo y no estoy dispuesto a cambiarlo, se lo advertí cuando se mudó a aquí hace un par meses. ¿Cómo pude haber hecho esto? ¿Cómo es que fui a emborracharme tanto durante aquella velada, cuando le pedí que viviera conmigo, cómo? Todavía no lo recuerdo y la verdad es que ya ni me esfuerzo en hacerlo, más bien me mantengo constante es esa elección, como quién apuesta al caballo que ha estado trabajando por años y repentinamente pierde  el boleto mayor: apuestas propias que me han ido jodiendo toda la vida.
    A veces creo que el tequila y la marihuana ya no son una combinación apta para mi cuerpo, digo, hubo tiempos mejores en dónde vomitar era la hermosa y nauseabunda solución, pero ahora, ahora no logro entender por qué se me olvidan tantas cosas después de una noche como esa. A decir verdad, Erika no es tan fea: exageraba. Lo que realmente la hace lucir así es esa pesada manera de decir y hacer las cosas, la ridícula forma en que se queja de su trabajo y la pinta de perra desahuciada que tanto se esmera en forjarse. Todavía tengo muchas teorías al respecto de esto último, pero no me he atrevido preguntar concretamente.

    Aquella noche, por ejemplo, no lucía así. Llevaba el cabello recogido con una simple coleta y un abrigo viejo que le daba un cierto aire de conformismo superficial, como si en el fondo intentara verse opacada por la presencia que desbordaba su acompañante, Sara, la novia de Genaro: un viejo amigo que todavía se esmera en conseguirme algunas mujeres para pasar mis viernes y que tanto ha fallado.
    Juro que en ese instante me vi cada vez más lejos de mi música como nunca antes y peor aún, de las dos botellas de Chivas que había comprado días atrás: un error desmesurado que se medía frente a una cita doble de treintones que poco tienen que hacer en un bar de moda. Pensaba en ello, en todo ese mar de circunstancias que oscilan a ocurrir mientras ellas dos iban llegando, saludando brevemente con sonrisas dibujadas en medio de esos rostros opacos en donde torno la morada, mientras mi amigo recibe a besos a su despampanante mujer y a la vez, me presenta a la susodicha: el reemplazo de mi bonita velada.
        Estábamos ya los cuatro en la mesa cuando Genaro empezó a introducirme hacia Erika como un hombre extraordinario, uno de esos hombresillos que van creando su vida a pesar de la larga lista de inconvenientes que se han atravesado, siempre saliendo golpeado con una sonrisa de bufón satisfecho por su cometido. Parecía animada a pesar de su jeta de mal parida, lo cual me parecía un tanto divertido, es decir, era la primera vez que mi amigo hablaba así de mí y eso me preocupaba ya que, si algo tenía ese cabrón de Genaro era una franqueza seca con la que, en ocasiones anteriores, había logrado espantar a sus propias amigas hablándoles de mal de mí antes de que yo dijera una sola palabra. Después me enteré por el mismo que había sido idea de Sara el cambiar de estrategia.
    Hablábamos los cuatro, casi siempre la pareja, en menor medida  participaba yo y Erika, como si se hubiese sentado en una silla con cuatro desconocidos extranjeros, sólo asentía y sonreía a la par. Por mi parte sentía las miradas de las pequeñas nuevas veinteañeras escaneándonos como maleza entre un bello jardín. Volteaban de vez en cuando entre susurros y flashes cegadores que disparan a diestra y siniestra, deslumbrando mis gafas cada que intentaba ver los pálidos senos de mi nueva acompañante y terminaba por formar gesticulaciones fofas después de los inteligentes comentarios que Genaro y Sara iban discutiendo.
    Ya entradas las copas, Sara y Genaro se pararon a bailar, como de costumbre, lo cual nos orilló a Erika y a mí a salir a fumar . Ellos parecían divertirse mientras todos esos mocosos parecían reír de sus antiguos bailes de moda: eran el centro de atención del bar y también nuestra hermosa oportunidad de huir. Entonces, entre el bullicio que se acercaba lentamente hacia mis desubicados amigos, salimos apresurados y la mujer sacó dos pequeños cigarrillos de marihuana mientras mi Dunhill ya despedía sus primeras bocanadas. No preguntó si me apetecía, lo recuerdo. Más bien, había prendido uno para después colocármelo entre los labios mientas aplastaba mi tabaco con la suela se su zapato. Creo que en ese momento estuve a punto de romperle la cara, digo, al menos lo pensé, pero después lo deje pasar mientras iba pensando en cómo una mujer como ella casualmente llega y te invita a drogarte sin decir una sola palabra. Optó por encaminarme hacia mi auto, sin hablar al momento de que me encontraba degustando del olor característico de la hierba al arder.
    Consumimos los dos cigarrillos casi sin intercambiar palabras. Nos habíamos recargado sobre mi coche, el cual estaba a dos cuadras del bar, en una calle en la que el alumbrado mercurial dejaba mucho que desear y se acomodaba para la situación en la que Erika me había metido. En aquel instante, ya perdido entre dos reacciones de tos y un cierto tipo de atracción sobre la mujer, recordé una botella que tenía en la guantera, un tequila barato que guardaba para alguna aburrida ocasión y decidí decirle. Tanto el silencio como el porro que había fumado me orillaron a invitarla a tomar dentro del auto a lo que ella respondió cerrando forzadamente los ojos.
    Recuerdo que tomábamos caballitos de un vaso desechable (que procuraba dejar en el pico de la botella) sentados en el asiento trasero. Recuerdo a Gerardo tocando el vidrio de mi auto mientras Sara se caía de borracha detrás de mi amigo. Recuerdo también un interminable loop de música electrónica en mi automóvil mientras conducíamos hacia mi departamento. Recuerdo y no recuerdo y sinceramente de la Erika de aquella noche sólo pretendo acordarme de lo esencial, pues de los otros flashazos que tengo no logro entender cómo es que terminé pidiéndole que se mudara conmigo.
     Si de algo sé que hablamos un buen rato fue de libros. Generalmente no suele ser mi fuerte ni uno de mis temas recurrentes de conversación, pero comenzó a citar algunos ejemplos de personajes literarios que tengo muy presentes y lo notó. Fue muy similar al control mental y parecía sobrellevarlo muy bien, cosa que deje pasar mientras tuviera algo de marihuana quemándose en mis dedos. A fin de cuentas, fuimos bebiendo de esa botella y resultó que la no-tan-fea mujer llevaba más porros en el bolsillo. Según supe después, conduje hasta el supermercado, compramos más tequila y bailamos en mi sala, ya cuando comenzaba a verse nublada la atmósfera de la amargura, disfrazada y ambientada por una escena llena de cortes y repeticiones.

    De lo siguiente no logro acordarme nada: no supe cómo es que mi coche terminó con el retrovisor derecho destrozado, cómo es que sus bragas terminaron colgadas en mi regadera al despertarme en la mañana y tampoco llegué a saber, a ciencia cierta, por qué Gerardo me había mandado un mensaje de texto con un «chingas a tu madre» a las tres de la madrugada. Con respecto a Erika y la incógnita de cómo es que esa mujer acabó viviendo conmigo, al parecer le recomendé dos libros y me agradeció con una buena cogida o, al menos, eso me dijo tres días después del viernes del bar, mientras el taxista le ayudaba a bajar sus maletas de la cajuela y me miraba de frente en la puerta de mi humilde estancia, prometiendo contarme todo ahora que viviéramos juntos. 


viernes, 18 de octubre de 2013

Apunte innecesario

    Mitad de octubre y el clima cambiando. He realizado cientos de pasos sin saber explicar, apuntar o bitacorar el rumbo de los últimos dos meses (no sé dónde está mi Moleskine). He abandonado poco a poco el desconcierto recurrente del vivir al pedo, todo entre espirales llenos de confusiones de saliva que poco puedo controlar y un empleo que me mantiene, equilibradamente, ocupado. Aplico levantarme muy temprano y en las noches me gusta descansar. 
    Como en ciertas ocasiones del transcurso del año, dejo de ser el vaquero más famoso de la Nuevo Repueblo para convertirme en el silencio que se refugia tras re-lecturas sumamente indispensables, un cuidado dermatológico de la finura de mis manos y un whisky no tan barato que me cobija de tanta mala indiscreción, lo cual, me recuerda reafirmar lo contrastante que puedo resultar en invierno contra el verano a la hora de la productividad humana. 
    Siento un límite hacia ciertas situaciones que por ahora poco o nada me interesan (y sin embargo mantengo), en cambio me concentro en el empleo y todas esas cosas que uno se supone hace cuando adquiere el adjetivo de «adulto», ya saben: ver televisión después de la jornada, cenar con cerveza, leer lo más que se pueda en el colectivo (hasta cuando se va de pie y apretadísimo), bañar al perro en domingo, ir al supermercado y gastar al menos en una botella más por si las dudas, por si vuelvo a valer verga. 


lunes, 3 de diciembre de 2012

Mi habitación es ese pedazo de mundo que he labrado con todo el sudor de mis ideas

    El reloj despertador tiene siete días parpadeando. La habitación parece ser el mismo pedazo de pocilga en el que nací pero con escupitajos más negros en la pared. Son las marcas del tiempo que ha dejado el polvo y la poca dignidad humana que presento en mi dulce hogar. Las mañanas siguen siendo los mismos recortes de esos asquerosos films independientes que ves una vez en tu vida, llenos de escenas largas en las que el protagonista despierta con tres pelos más en la barbilla y unas tremendas ganas de mear esa orina oscura que se provoca por las pastillas.
    Si en este preciso momento te detuvieras a observar, tranquilamente, te darías cuenta de que esto que ha quedado sigue teniendo un poco del toque que tuvo en aquellos años en los que yo me esmeraba y, en los que, la vida, comenzaba a asomarse como lo que era, pero aún tenía esa especie de capucha irreal que tanto me había esmerado en crear y dibujar. 
    Mis ojos habían obtenido la vista que tanto me había costado diseñar para mi mismo. Una especie de escena teatral se había formado en mi entorno casi sin darme cuenta, era genial y era el único proyecto de vida que puedo nombrar meramente como tal, porque eso era y porque todo lo que ha venido después de ha quedado muy por debajo. A la hora de decir esto no me estoy refiriendo a que la felicidad había sido lograda por un mocoso de ocho años y mantenida hasta hace poco tiempo, sino, que todo aquello que se había cruzado en mi mente y valía la pena mantenerlo, había sido ejecutado y anexado a ese montón de recuerdos que, con el pasar de los días, se puede nombrar como vida. 
    Todo parecía correr de la mejor forma: cada día se moldeaba un pedazo de lo que hoy en día repercute como mi ser. Había mantenido una vida digna, llena de ideas, ideas sobre personas, ideas que se volvían hechos, actos y vivencias: las ideas eran el fruto y la base de mi infancia y pubertad. Las cosas pasaban y eran bienvenidas, las buenas, las malas y las stuff. La mayoría del tiempo parecía que estuviese flotando al lado de los más impensables seres, platicando con escritores que aún poco conocía y asegurando que, por ahora, no podía pedir más que no fuese lo mismo.
    Es siempre importante recalcar que esta habitación parece ser el más corriente cuarto mexicano que aloja a un idiota cualquiera pero antes, hace poco aún, no necesitaba de un sólo adorno o fotografía que reflejara la persona que lo habitaba. Un cuarto de cuatro por cuatro con dos puertas y un techo jodidamente blanco parecía ser la celda de un loco, un puberto jodido y loco que comenzaba a escribir jodidamente mal y que guardaba dibujos, historietas y falsos versos veraniegos, jodidamente malos, debajo de la cama. Ahora parece ser un poco más acogedor, con un poco de color, libros y palabras en las paredes porque, carajo, ya no tengo donde guardar tanto papel.
     Podría dejarme de estupideces y seguir viendo el reloj parpadear, pensar en su nombre, sus nombres y tratar de decirme por enésima vez que las olvide, pero no puedo, sencillamente no puedo, porque están aquí, en un vello de mi brazo o en una arruga de mi cara, en algún remoto lugar de mi cuerpo existe ese recuerdo y, mi mente, sólo guarda la fotografía de sus caras. 
    Así como el reloj despertador tiene siete días parpadeando, las esquinas de la recámara alojan una especie de polvo: partículas que se van desprendiendo de mi cuerpo al ser desechadas y quedan ahí como un rastro de lo ambiguo que es el ser humano y lo remoto de la evolución. Creo que aquello que sólo se ve al acercarse un poco más es lo que verdaderamente importa, al ser, minuciosamente hablando, los verdaderos rastros científicos de la persona, ya sabes: algún cabello suelto en el suelo, rastros de saliva en la almohada, marcas de semen en los calzones y, en mi caso, la marca de grasa que hay en la pared en aquellos lugares en los que he pegado la cama. Si siguieras estos rastros, estos verdaderos rastros de mi en este lugar podrías llegar a tener lo que más quieres, lo que más odias o, de jodido, un bonito recuerdo de lo que, por ahora, se puede decir de mi vida y mi descuidada higiene. 
    La intención de estas palabras no es la descripción detallada de mi habitación ni mucho menos, como ya habrás notado, sino, contar, tristemente, lo vacío que parece estar y lo interesante que se puede a llegar a tornar hablar sobre lo que habita, ha pasado y guarda un espacio como este, en donde los llantos aún resuenan y las risas poco han estallado, un lugar más parecido a un templo de ideas que a una sala de cine y claro, algunas escenas de sexo memorables guarda también, pero eso debería de estarlo borrando justo ahora, mejor no.
    

jueves, 9 de agosto de 2012

El color de Mauricio

    Dejé de desearlo, dejé de aferrarme de eso que tanto quería y añoraba sentir. La verdad es que no siempre fue culpa de Mauricio, más bien, dejó de ser su culpa al momento que comencé a querer ser esa mujer optimista que jamás fui, ni seré. Total, este es el fin sin un comienzo detrás.
    Tres veces pinté la habitación, siempre de azul, el tono de Mauricio, el color que disfrutaba pintar junto a mi después de cada jornada en la oficina. Maldito color, ahora no lo soporto. Azul es la habitación y azul también era el automóvil que nos impactó en aquella carretera rumbo al sur; Mau había bebido y se había empeñado en seguir de igual manera, yo, tenía dos meses de embarazo. 
    Si digo que dejó de ser culpa de Mauricio es porque deseaba tanto darle un hijo que me dejé llevar, sin importar que en el accidente sólo yo resultaba herida y, por ende, había perdido al bebé. No permití que eso me detuviera, Mau era mi vida y con vida quería pagarle, por lo cual volví a embarazarme de nuevo, sin miedo. 
    Lo perdí a los veinte días y, tras una depresión superada, tuve la esperanza y el valor de intentarlo una vez más, pero después de volver a fallar por tercera vez, él encontró a alguien que si podía darle un hijo y me lo hizo saber de la peor manera, justo el día que me dijeron que volvería a perder al niño, el mismo día que me fui y dejé un camino de líquido amiótico azul, el color que Mauricio anhelaba.
   

sábado, 12 de mayo de 2012

Dale gracias

Abre tus viejas cosas
junta tu maquillaje alguien se acerca
cierra los ojos, siéntate
dale gracias por estar
dale gracias por estar cerca de ti
sobre los viejos muebles
prende otro cigarrillo
esta poesía viene a buscarte y además
dale gracias por estar
dale gracias por estar cerca de ti
este ensueño es un silbido más en el viento
y un guerrero no detiene jamás
su marcha
puedes hallar la jungla
entre estos edificios puedes rentarla o bien destruirla
y además
dale gracias por estar
por crecer y engendrar
cerca del bien que gozaste
y además
dale gracias al ángel
por crecer y por luchar
cerca del bien que gozaste
y además
dale gracias al ángel
dale gracias por estar cerca de ti
es inútil que pretendas brillar, con tu historia personal
recuerda que, un guerrero no detiene jamás su marcha

sábado, 26 de noviembre de 2011

Mala ortografía

Entré jadeando al vagón del metro. Bajo la presión del humo en mis pulmones y el sonido del transporte colectivo, el cual anuncia su partida y próximo cierre de puertas, advirtiendo a más de uno el golpe inevitable. Llego hasta un lugar libre y me adueño momentáneamente. A escasos dos metros un sujeto escribía ansiosamente renglón tras renglón a lo que parecía, la misma frase una y otra vez. Al tiempo en que la singularidad de la acción me llama la atención, me di cuenta de que son varias las personas que ya lo han notado y, como yo, y se preguntan qué es lo que aquel tipo de barbas ralas anota tan precipitadamente. 
   Terminaba el sonido secuencial de aquel metro elevado y al fin, se cerraban las puertas, dando un entorno de alivio a los usuarios.
   Pude observar la peculiar gesticulación de cada persona que notaba el acto de nuestro ansioso amigo, cada uno con su propia y distinguida forma de expresar curiosidad ante aquella situación. Desde cejas bien arqueadas, suspiros burlones, narices ensanchadas y dientes prominentes hasta miradas de desprecio y movimientos con la cabeza llenos de negación. Todos y cada uno de ellos en un ambiente de hostilidad que ya apesta y que llega hasta el lugar más alejado de la escena. 
    Mientras me doy cuenta de que el libro que comencé a leer una noche antes se quedó en mi viejo buró de lámpara, me enfrasco en la tarea de tratar de descubrir —como los demás usuarios— lo que el hombre aquel escribe sin cesar. 
    De repente, otro hombre que se encontraba de pie a dos asientos de nuestro personaje comenzaba a parecer alterado, como si la ejecución de que el otro individuo escriba una y otra vez lo mismo demasiadas veces lo exasperara dramáticamente, a tal punto de molestarlo y orillarlo a mover los dedos de forma armónica y notoria. El segundo hombre parecía incrementar su malestar con el simple hecho de escuchar el sonido del bolígrafo haciendo rodar su rueda en el papel. Comenzaba a balancearse, empezaba a querer escapar de aquella trampa mortal que el ansioso primer hombre ponía una y otra vez. Y la gente lo notaba.
    El vagón llegaba a la segunda estación en el justo momento en que el segundo hombre observaba su reloj, marcando —si estuviese igual al mío— las 07:23 minutos en una no muy típica mañana de viernes. El hombre dejaba de ver su reloj y casi al instante volvía a acudir a el,  en una clara necesidad y porque no, piadosa petición de rapidez. Pero el tiempo jugaba y el primer hombre seguía, llenando ya la tercera hoja de su agenda personal. 
    El sonido aturdidor volvía a callar para dar por comienzo al recorrido hacia la tercera estación. Acto seguido una que otra persona se levantaba de su lugar, encaminándose hasta la puerta más cercana. En cuanto el primer sujeto seguía su tarea, otro hombre un tanto regordete choca con el desesperado tipo en un casual encuentro de transporte público, acompañado de un perdón a reacción, pero sucede algo que el gordo no intuye: El segundo hombre se proyecta bruscamente hacia él, impactándolo con el puño izquierdo sobre su carnosa y rosada mejilla derecha. El regordete se encontraba ya en el suelo ante la multitud que dirigía las miradas hacia el suelo y al hombre que se aproximaba de nuevo ya con el puño fuertemente apretado.
    Cuando el gordo asimilaba que recibiría una golpiza, el furioso hombre sentenció fuertemente:

    —¡Dile, sólo dile que no puede hacerlo! —gritó ante el asombro de la gente—. No puede hacerlo de esa manera.
    —No sé de qué me hablas —respondío el gordo.
   —Claro que lo sabes, todos lo sabemos y el también lo sabe muy bien —dijo señalando hasta donde se encontraba el primer hombre—. ¡No puede escribir de esa manera, no puede!
    —¡¿Cómo, cómo?! —prosiguió el gordo mientras rompía en llanto.
    —¡No se puede, no se debe! —dijo el segundo hombre.
    — ¿Cómo entonces? —preguntó el regordete con compasión sin saber nada de lo que el enfadado hombre le preguntaba.
    —Se escribe "Eso que ni que, güey", "¡Eso que ni que!" no "Eso k ni k".

    Y de pronto, se escuchó el sonido del transporte y las puertas se abrieron, a lo cual el furioso segundo hombre reaccionó en una huir del eterno desespero de la mala ortografía. 


    

lunes, 9 de mayo de 2011