Recuerdo que debo dejar de fumar de esta manera sólo cuando estoy a punto de encender un cigarrillo. Lo recuerdo ahora, mientras encendía el último del día e interrumpía el comienzo de la prosa por el vaivén de las cortas bocanadas, los cortos seis minutos que a su vez me restan once de vida y la incógnita de no saber qué hacer con tanto tiempo. ¿Y qué hacer con tanto tiempo? Nunca tengo ganas de querer saber la(s) respuesta(s). Pienso en la monotonía, en la perdida que vendría al tener algo como respuesta de un estado que ya poseo, un claro miedo al cambio que se esconde tras el secreto de lo indescifrable que es el saberse sentir subjetivo al momento, exacto e impreciso, vivir al pedo y querer poseer el as bajo la manga de la autodestrucción repentina a cualquier hora del día, anywhere-anytime. Tener y no tener nada y seguir fluyendo entre lo que va pasando: ha-ha-ha, and shit happens. Y mientras recuerdo que he dejado de beber de la manera en la que lo venía haciendo en el último mes, voy terminando una cerveza que había aún en el frigorífico y observo la botella de whisky de la semana pasada todavía con un sorbo o dos que pueden abrazarme esta noche: la vida andante y el carisma mismo de la contrariedad sin fundamentos, sin intención plena de chingar. Ahora mismo, durante un viernes sigiloso que llega después de una semana lluviosa ya en septiembre, de gastos recurrentes, trabajo habitual y la monotonía, anteriormente citada, recreo la escena del viernes en la casa, sin la necesidad de dormir sin desvelarme porque no hay apuro alguno, sin un hábito preciso que cumplir y en donde la rutina del ejercicio semanal puede irse al carajo sin alarma alguna, todo en una carcajada que se reprime sin mover un sólo músculo y que, en síntesis, se resume en retomar la lectura del libro en curso y la exclusión de toda memoria hacia una preocupación mayor o un séquito recurrente. Y la vida sigue y la vida es la misma, y las ausencias pesan como una hoja en un árbol, porque en el siguiente parpadeo verás algunas otras miradas, algunos rostros que cavilan en segundos al observarte y, como ella, que cada que salgo del trabajo con un apuro sin fundamentos y una paleta de caramelo en la boca, me mira, tal vez pensando que me soy un cabrón chupa pollas o que, en el mejor de los casos, soy un pendejo disimulando mi adicción al tabaco y otros vicios mientras no dejo de devolverle ese juego de miradas de jornada.
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viernes, 5 de septiembre de 2014
domingo, 20 de abril de 2014
martes, 28 de enero de 2014
Le recomendé dos libros
Antes de que esa mujer llegara a mi vida mi hogar era un templo. Me doy
cuenta de ello precisamente ahora, mientras la observo terminando el trabajo
pendiente que se trajo de la oficina y me orilla a bajar el volumen de mi
estéreo, cada que me voltea a ver con esa mirada furtiva que apenas voy
conociendo.
Yo
no tengo la culpa de que sea una oficinista huevona que no cumple con sus
labores durante la jornada o que, peor aún, tenga esa cara tan fea que la
obliga a doblar el trabajo para que su jefe le aumente el sueldo y, lo peor,
sin resultado alguno a pesar de tanto pinche esfuerzo.
Mis
viernes —y lo digo con un
orgullo adolescente— los he
dedicado desde siempre a escuchar música mientras el alcohol me va
reconfortando en mi sillón; es uno de los pocos rituales que mantengo y no
estoy dispuesto a cambiarlo, se lo advertí cuando se mudó a aquí hace un par
meses. ¿Cómo pude haber hecho esto? ¿Cómo es que fui a emborracharme tanto
durante aquella velada, cuando le pedí que viviera conmigo, cómo? Todavía no lo
recuerdo y la verdad es que ya ni me esfuerzo en hacerlo, más bien me mantengo
constante es esa elección, como quién apuesta al caballo que ha estado trabajando
por años y repentinamente pierde el
boleto mayor: apuestas propias que me han ido jodiendo toda la vida.
A
veces creo que el tequila y la marihuana ya no son una combinación apta para mi
cuerpo, digo, hubo tiempos mejores en dónde vomitar era la hermosa y
nauseabunda solución, pero ahora, ahora no logro entender por qué se me olvidan
tantas cosas después de una noche como esa. A decir verdad, Erika no es tan
fea: exageraba. Lo que realmente la hace lucir así es esa pesada manera de
decir y hacer las cosas, la ridícula forma en que se queja de su trabajo y la
pinta de perra desahuciada que tanto se esmera en forjarse. Todavía tengo
muchas teorías al respecto de esto último, pero no me he atrevido preguntar
concretamente.
Aquella noche, por ejemplo, no lucía así.
Llevaba el cabello recogido con una simple coleta y un abrigo viejo que le daba
un cierto aire de conformismo superficial, como si en el fondo intentara verse
opacada por la presencia que desbordaba su acompañante, Sara, la novia de
Genaro: un viejo amigo que todavía se esmera en conseguirme algunas mujeres
para pasar mis viernes y que tanto ha fallado.
Juro que en ese instante me vi cada vez más
lejos de mi música como nunca antes y peor aún, de las dos botellas de Chivas que
había comprado días atrás: un error desmesurado que se medía frente a una cita
doble de treintones que poco tienen que hacer en un bar de moda. Pensaba en
ello, en todo ese mar de circunstancias que oscilan a ocurrir mientras ellas
dos iban llegando, saludando brevemente con sonrisas dibujadas en medio de esos
rostros opacos en donde torno la morada, mientras mi amigo recibe a besos a su
despampanante mujer y a la vez, me presenta a la susodicha: el reemplazo de mi
bonita velada.
Estábamos ya los cuatro en la mesa cuando
Genaro empezó a introducirme hacia Erika como un hombre extraordinario, uno de
esos hombresillos que van creando su vida a pesar de la larga lista de
inconvenientes que se han atravesado, siempre saliendo golpeado con una sonrisa
de bufón satisfecho por su cometido. Parecía animada a pesar de su jeta de mal
parida, lo cual me parecía un tanto divertido, es decir, era la primera vez que
mi amigo hablaba así de mí y eso me preocupaba ya que, si algo tenía ese cabrón
de Genaro era una franqueza seca con la que, en ocasiones anteriores, había
logrado espantar a sus propias amigas hablándoles de mal de mí antes de que yo
dijera una sola palabra. Después me enteré por el mismo que había sido idea de
Sara el cambiar de estrategia.
Hablábamos
los cuatro, casi siempre la pareja, en menor medida participaba yo y Erika, como si se hubiese
sentado en una silla con cuatro desconocidos extranjeros, sólo asentía y
sonreía a la par. Por mi parte sentía las miradas de las pequeñas nuevas
veinteañeras escaneándonos como maleza entre un bello jardín. Volteaban de vez
en cuando entre susurros y flashes cegadores que disparan a diestra y siniestra,
deslumbrando mis gafas cada que intentaba ver los pálidos senos de mi nueva
acompañante y terminaba por formar gesticulaciones fofas después de los
inteligentes comentarios que Genaro y Sara iban discutiendo.
Ya
entradas las copas, Sara y Genaro se pararon a bailar, como de costumbre, lo
cual nos orilló a Erika y a mí a salir a fumar . Ellos parecían
divertirse mientras todos esos mocosos parecían reír de sus antiguos bailes de
moda: eran el centro de atención del bar y también nuestra hermosa oportunidad
de huir. Entonces, entre el bullicio que se acercaba lentamente hacia mis
desubicados amigos, salimos apresurados y la mujer sacó dos pequeños
cigarrillos de marihuana mientras mi Dunhill ya despedía sus primeras bocanadas.
No preguntó si me apetecía, lo recuerdo. Más bien, había prendido uno para
después colocármelo entre los labios mientas aplastaba mi tabaco con la suela
se su zapato. Creo que en ese momento estuve a punto de romperle la cara, digo,
al menos lo pensé, pero después lo deje pasar mientras iba pensando en cómo una
mujer como ella casualmente llega y te invita a drogarte sin decir una sola
palabra. Optó por encaminarme hacia mi auto, sin hablar al momento de que me
encontraba degustando del olor característico de la hierba al arder.
Consumimos los dos cigarrillos casi sin intercambiar palabras. Nos
habíamos recargado sobre mi coche, el cual estaba a dos cuadras del bar, en una
calle en la que el alumbrado mercurial dejaba mucho que desear y se acomodaba
para la situación en la que Erika me había metido. En aquel instante, ya
perdido entre dos reacciones de tos y un cierto tipo de atracción sobre la
mujer, recordé una botella que tenía en la guantera, un tequila barato que
guardaba para alguna aburrida ocasión y decidí decirle. Tanto el silencio como
el porro que había fumado me orillaron a invitarla a tomar dentro del auto a lo
que ella respondió cerrando forzadamente los ojos.
Recuerdo que tomábamos caballitos de un vaso desechable (que procuraba
dejar en el pico de la botella) sentados en el asiento trasero. Recuerdo a
Gerardo tocando el vidrio de mi auto mientras Sara se caía de borracha detrás
de mi amigo. Recuerdo también un interminable loop de música electrónica en mi
automóvil mientras conducíamos hacia mi departamento. Recuerdo y no recuerdo y
sinceramente de la Erika de aquella noche sólo pretendo acordarme de lo
esencial, pues de los otros flashazos que tengo no logro entender cómo es que
terminé pidiéndole que se mudara conmigo.
Si
de algo sé que hablamos un buen rato fue de libros. Generalmente no suele ser
mi fuerte ni uno de mis temas recurrentes de conversación, pero comenzó a citar
algunos ejemplos de personajes literarios que tengo muy presentes y lo notó.
Fue muy similar al control mental y parecía sobrellevarlo muy bien, cosa que
deje pasar mientras tuviera algo de marihuana quemándose en mis dedos. A fin de
cuentas, fuimos bebiendo de esa botella y resultó que la no-tan-fea mujer
llevaba más porros en el bolsillo. Según supe después, conduje hasta el
supermercado, compramos más tequila y bailamos en mi sala, ya cuando comenzaba
a verse nublada la atmósfera de la amargura, disfrazada y ambientada por una
escena llena de cortes y repeticiones.
De
lo siguiente no logro acordarme nada: no supe cómo es que mi coche terminó con el
retrovisor derecho destrozado, cómo es que sus bragas terminaron colgadas en mi
regadera al despertarme en la mañana y tampoco llegué a saber, a ciencia cierta,
por qué Gerardo me había mandado un mensaje de texto con un «chingas a tu madre»
a las tres de la madrugada. Con respecto a Erika y la incógnita de cómo es que
esa mujer acabó viviendo conmigo, al parecer le recomendé dos libros y me
agradeció con una buena cogida o, al menos, eso me dijo tres días después del
viernes del bar, mientras el taxista le ayudaba a bajar sus maletas de la
cajuela y me miraba de frente en la puerta de mi humilde estancia, prometiendo
contarme todo ahora que viviéramos juntos.
domingo, 16 de junio de 2013
martes, 11 de junio de 2013
Terminaré de deletrear mi nombre cuando ya te hayas ido
He
diseñado detalladamente nuestro próximo encuentro para la próxima vez que nos
topemos las caras. Como primer paso me propuse ser otro hombre. Alguien que te
haga posar casi forzosamente la mirada hacia mí, uno de esos sujetos de los que
te enamoras al ir temprano de tu casa a la oficina.
Posiblemente
tengas un vago recuerdo de mí, es decir, del antiguo hombre que solía ser, pero
seguramente sería una de esas escenas que actuábamos improvisadamente en la
cafetería de Madero, para darle un toque fresco a la relación y para asegurar, inconscientemente,
que nuestra chispa de amor estaba terminando. Entonces me descartarás, pero seguramente
es que no me recuerdas más, porque éste hombre es distinto y sin conocerlo, a estas
alturas del encuentro, ya habrá hecho que se humedezcan tus bragas.
Como segundo paso proseguiré a clavarte la mirada con ese ceño fruncido
que tanto te mata. Ese que decías idolatrar cuando un hombre lo dibujaba de repente.
Ese mismo que tanto me reprochabas de no poseer mientras terminábamos quejándonos
el uno del otro en aquellas noches de anhelos perdidos. Difícilmente
puedo olvidarlo, siendo que era yo quien necesitaba tu desprecio así: franco y
ligeramente enmascarado base a drogas y malentendidos rutinarios, siempre
acompañados de besos de disculpa y sexo honestamente brutal.
Para el tercer y último paso, caminaré hasta ti con firmes pasos
ensordecedores. Seré para entonces tu único centro de atención, el foco que
mirarás mientras paso de la seriedad a la sonrisa fingida del casanova al
asecho, cada vez más cerca y levantando el dedo índice hasta alcanzar tus
labios en protesta de silencio, un pequeño silencio más para rebasar todas aquellas
palabras vacías que majestuosamente llegué a superar. Me acercaré hasta tu oído
a plena conciencia de tu merced, rozando levemente mi barba con tu hombro mientras
recito esas pocas palabras que toda la vida habías esperado escuchar,
justamente las mismas que gritaste en mi cara el día en que te fuiste. Habías
llegado al punto del quiebre y me las recordabas una y otra vez cada que podías:
una sencilla serie de palabras que jamás llegaría a figurar sino fuese por esa
noche, velada en la que huiste tan enfadada y llena de decepción.
Ahora pienso que lo más probable es que te dieras cuenta que habías
perdido tu valioso tiempo al desperdiciarlo conmigo. Yo por mi parte había
descubierto una serie de actos clave que me harían volver a estar contigo,
aunque fuera con otro nombre y la pinta de otro individuo.
El
resultado era perfecto (estadísticamente hablando): un hombre diferente y superior
a la mayoría que te esmeras en persuadir. Un producto justo a tus estrictas
necesidades, listo para el encuentro,
aunque tal vez éste hombre termine deletreando mi verdadero nombre cuando ya te
hayas ido de ahí.
martes, 4 de junio de 2013
Registros de amor y otros jeroglíficos
¿A dónde terminaron todas esas parejas que quedaron escritas en las bancas de la escuela? Es difícil poder concentrarse en una biblioteca universitaria donde abundan uniones sentimentales pasadas, lugares en donde cada banca tiene tatuada decenas de parejas entrelazadas con una enormísima «Y», letra que toma el símbolo divino de la unión celestial, el punto intermedio entre el yin y el yan del equilibrio de la vida. Los «te amo» que sobre salen junto a esos permanentes nombres son siempre subjetivos: afectivos y sublimes en su momento e irreconocidos ahora ante el espectador que lee la leyenda de aquel amor adornado con corazones y fechas, unido a poco espacio con otros nombres desconocidos que yacen inmortales en una unión cruel y, a la vez, efímera, como jeroglíficos presentes desde el principio de la humanidad: un registro inmemorable de lo que puede significar el amor.
¿Seguirán amándose Rosita y Pepe dentro de ese corazón mal trazado? Un corazón que, aunque mal dibujado, quiero creer que refleja la unión inalcanzable que ellos formaron base al esfuerzo, sencillo, como sus nombres, atrayendo la mirada aún más que DAVID Y CRISTINA, así, en mayúsculas desesperadas, como seguramente fue su relación; enorme y breve ante el mundo de la crítica y la envidia. Y qué decir de Luis y Fabiola, que con letra cursiva y hermosa son detallados con un dibujo fálico sobre ellos, haciendo de mi atención un análisis sobre los que tal vez ahora sean la únicos que sigan todavía juntos: la vida es una verga.
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