lunes, 23 de febrero de 2015

Debut

I

    Winterreise. A febrero siempre lo he tenido como un mes impredecible. Lo he estado pensando en todo lo que va del mes, en cada paso que me separa del anterior y los segundos que no idealizo, figurando día a día como todo se reduce a procesos bien o mal elaborados y a las pequeñas acciones inverosímiles que apenas si llegan a notarse entre la niebla. Aún es invierno y el contenido de cada jornada se acompaña de rondas de café negro y una soledad plana en la que me entrego hacia lo atónito, hacia la incertidumbre en la que me resulto a cada noche con la inconciencia de saber algo más allá de mi yo antecesor. Es febrero y el contraste del anterior febrero es lo que me encamina a preguntarme en qué lugar debo de situarme al tiempo en que la ignorancia me arrodilla a desvanecerme en la duda del presente, a un silencio sin treguas y una falta de esperanza en donde Schubert acontece ante cada instante desfallecido.
    Conduciendo hasta casa me he encontrado recreando un sinfín de tangentes que se desprenden de cualquier situación, ya sea encontrarte en algún trágico lugar en donde solíamos beber o verme ya con la idea misma de saber decidir (o lo que pueda significar esa estúpida tontería). Es la mente que me traiciona la que me acerca a la barranca final de este cuento, es el tiempo y su recorrido el que me aventaja en cualquier duelo imaginable, y la vida sigue como esa mano enorme que constantemente abofetea y la saliva escurridiza no es más que la reacción del viviente en plena apoplejía.
   Einsamkeit.  Pasar otro invierno es enterarme de que no deseo enterarme de nada en lo absoluto y que estoy perdiendo la batalla por nocaut. Algún tiempo atrás habría de reír con picardía ante el fracaso sin sopesar demasiado en el asunto. Ahora por otro lado, no hago más que sobrellevar el peñasco como Sísifo: héroe absurdo definitivo en el panorama en el que me asimilo de arriba para abajo. Es el sentido absurdo mismo de levantarme y dirigirme de nuevo hacia el mismo lugar cada día lo que me circunde, lo que me ocupa y lo que me atrapa más de lo debido, y me resulto ahí: encasillado a un lieder falso de una nada que me creo y carcomo, un recuerdo de un amor tóxico y de los otros amores que me he negado a formar.
    De nuevo me encuentro bajo la lluvia y es esta especie de tempestad la que me relaja ante el vituperio grotesco matinal. Faltaría un centenar de lluvias más para alegrarme ante la complejidad que abarca toda esta basura resultante y, sin embargo, carente de razones para maldecir al cielo y a los cuatro vientos, soslayo la agresividad que anulo en treinta y siete pasos al norte y un panorama musical en el que jugueteo a colocar un punto final.

II

    Habían sido demasiadas las reproducciones de esa canción que era ya, para aquella noche de embriaguez, casi imposible saber si era el principio el que se escuchaba o el final que se prolongaba hasta el hastío. Corría una resonancia malentendida en mi cerebro apresuradamente, invadiendo el atolondrado y bajo control de un cuerpo carente de firmeza, ganando terreno a una rapidez sorprendente en la que me iba entregando sin oposición alguna en un placer incompetente y conformista. La noche aún era joven y me lo decía toda ella: sensual forma femenina de atracción que me abrazaba en un acto de maternidad interracial y polaridad universal.
    Suspendido entre el dulce sonar de sus palabras, indagaba el secreto de sus virtudes en un séquito de incógnitas para resumirme entre sus respuestas, sin saber entender que el alcohol era la justa reacción que buscaba mi sangre y que las palabras de ella no eran más que vulgaridades tersas en las que mi mente intentaba reposar. Sin embargo, me encontraba a merced de sus manos, que me acariciaban y embarraban del eco que su voz iba dejando a flote en la habitación, casi deseando ser tragado por las fauces que escondía aquella hermosa boca y, simplemente, coexistiendo en una verdad alterada en la que ambos nos mentíamos.
    Para no cometer alguna equivocación seria, después de haber intercambiado el calor de una noche, bloqueé el ciclo del comienzo: la canción estaba interrumpida. A ciencia cierta, había tomado al toro por los cuernos en un alto estado alcohólico, sin siquiera saber que eran todas las de perder y que, sin importancia al momento, ya había perdido todo lo que podía rescatarse y después lo asimilaría. Era un escape dentro de un escape, una ola de hechos necios en donde nos habíamos precipitado a lo banal, al llanto de las ninfas en los bosques y la fuente de la perdición espiritual. Debut.


sábado, 31 de enero de 2015

Raymond Carver

    Hace alrededor de un año que leí What we talk about when we talk about love de Raymond Carver. Lo he recordado esta justa noche, al terminar de ver la reciente obra Birdman de Iñárritu en donde se interpretan teatralmente varios de los relatos cortos que incluyen el libro , mientras pienso en la chica que me hizo leer a Carver y de la cual ya no supe nada y recuerdo a otra más con quien salía por aquellos días. Es un tanto chistoso como esa ola de embrollos comienzan a ligarse base a un film que, aunque bueno, me parece infravalorado, con un libro que fue de mis favoritos del año pasado y dos de las chicas de las que, obviamente, asocio a reacción al “relato sucio” que se antepone a mis ojos en cada texto de ese pequeño ejemplar.
    «Parece una tontería», titularía Carver en uno de esos relatos, ver la recreación de un cuento en una obra de teatro de Broadway que, a su vez, es reflejada en un film con toques existencialistas y el montón de situaciones en las que, Susana y yo nos encontrábamos pasando: fuera bajo la tenue luz de algún bar de la ciudad o desnudos uno junto al otro, mi manera de leer las breves y secas palabras del texto para hacerla captar mi atención durante varias noches.
    Hablábamos del amor entre dientes, eso es un hecho. Es el indicador que regreso a mi mente al tiempo en que termino esta película ahora, inmiscuyendo un poco dentro de la retroalimentación sutil y llena de indignación que me trae el pensarlo, y digo indignación por ser precisamente el amor, lo que me hizo alejarla algunos meses después del dulce juego de escondernos irónicamente  por algunos lugares concurridos de la ciudad.  
  «¿De qué hablamos cuando hablamos del amor? », solía decirle cuando cerraba el libro, rompiendo el silencio resultante de lo que leía y sellaba, tratando de atraer esas contradicciones de amor que nos empeñábamos a citar al termino de las lecturas en las cuales siempre salíamos perdiendo. Era un escape, una cortina de humo que ensayábamos al compás del ruido urbano de la noche, mientras figuraba que éramos nosotros por no decir sólo yo los que nos difuminábamos lentamente.
    No puedo ocultar lo gracioso que me resulta esto y, sin embargo, no hay ninguna sonrisa dibujada en mi rostro que permanezca más de lo debido al mencionarlo. Evitar no es algo que lleve en el día a día en mi cabeza. Son las referencias lo que va pasando, los relatos de la vida cotidiana y los personajes extraños en los que me suelo reflejar a lo largo del trayecto. Son las escenas en las que ella soltaba una carcajada o guardábamos silencio para asimilar, después, que terminaríamos todo como uno de esos tontos relatos cortos: con un final en donde no hay final y no importa mucho lo que ha sucedido hasta entonces. 

jueves, 22 de enero de 2015

Tango en tres

I

    Es un tanto tarde para querer escribir algo y es eso precisamente lo que me ha orillado a tomar lápiz y papel. Tras darme cuenta de lo repentino con lo que logro tomar decisiones y alterar las anteriores que, al parecer habían importado durante todo el día, me encuentro ingenuo y audaz deslizando mi dedo pulgar en búsqueda de un playlist y un cuestionamiento interno: una inconciencia más que ocurre entre once y doce de la noche y un impulso que no deja de repetirse. He logrado estropearlo todo para el día de mañana y, mirando las tímidas grietas de la pared de cabecera, mientras recibo ya el martes con gilipollez por delante e intentos vacíos de autocompasión, figuro que no hay nada que me retracte a lo anterior, a mis planes de rutina, a mi aventura gutural de entresemana.
    A primera instancia, todavía bajo la pregunta del porqué he de actuar a manera de sosa reacción hacia decisiones imprevistas, quedo presa de una instantánea pausa que se rompe tras el estruendo de una serenata que sucede a escasas casas de mi domicilio: entreabriéndome un poco los ojos y dejando mi mente un tanto más desviada del asunto inverosímil en cuestión. Si de algo puedo parecer convencido esta noche es del amor que aún le tiene ese hombre a su mujer y de las reprochables ganas que me empujan de irme a dormir en este momento. Asunto de desvíos y escapes al por mayor.

II

    He salido puntualmente del trabajo como en todos los días, desconectándome de las responsabilidades laborales al minuto exacto en que mi horario lo indica, poseído por un aire extraño de libertad condicional que inhalo y disfruto al tiempo en el que los caminos se acortan y recuerdo las promesas del día anterior. Procuro caminar fijamente al tiempo en que el bullicio de la gente se separa hacia sus automóviles, hacia sus transportes y caminos sin percatarse del cielo carmín que nos logra coronar. Recorro el trayecto de la oficina hasta la casa de mi hermana dentro de un tráfico flojo y el dilema de las seis de la tarde que he venido forjando en los últimos meses: «¿Y ella?».
    Es una puntualidad alemana lo que me aleja de esta masa de individuos perezosos, una desventaja en ascenso que crece por defecto como lo introvertido de mis actos, inversamente proporcional a las agallas que tengo hasta el día de hoy.  Sin embargo, después de atravesar tres municipios de la ciudad en cincuenta minutos con un silencio sin respuesta, llego hasta la pequeña casa de mi hermana donde cumplo sin protesta la ayuda que me ha pedido y un café negro es el resultado a las decisiones imprevistas. Disfruto el momento de sorbos calientes y una charla amena en cuanto realizo la situación de las cosas, la lista de pendientes que se quedan de lado y la serie de adelantos que acomodo al momento, serie de sucesos que me tienen en un acto de improvisación en donde ya estoy perdiendo por default pero alcanzo a defenderme.

III

    Una vez más vuelve el frío y poco sé de ti. Inalcanzable entre los pensamientos repentinos, te encuentro en medio del recelo con el que guardo el montón de inconformidades que ocupan ese amplio repertorio de ideas: cálida y deslumbrante ante el asombro gris con el que tomo las cosas. Es una de tus hermosas facetas la que se me presenta en esta ocasión, danzante y lúcida invitándome hacia la pista de baile, moviendo al compás tus piecitos en un tobogán de pasos que me acercan a ti para esfumarme de lo actual, de lo pasajero. Habría que devolverme al tiempo en el que te he señalado con el dedo, en el momento exacto en donde me has sonreído y negarme a bailar, pero es tarde y te veo a escasos centímetros de mí.
    Me he desfallecido ante lo místico del tiempo, la pieza base de un recuerdo y la excusa de tenerte frente a mí por unos momentos. Aprieto los dientes bajo el panorama de saberme víctima de un frío crudo en el que la mente florece y acongoja, atrayendo el placer con el desconcierto de encontrarme bien entre un júbilo bajo tus párpados y el aroma que amarra lo más recóndito del alma.
    Seré la presa inminente para esa lluvia de recuerdos y deformaciones perfectas de ti que mi cabeza se empeña en bombardear hasta el fin de mis días. Se asome el sol en sus maneras más extremas o como ahora, bajo el yugo de un invierno ártico, seguiré tu búsqueda intrapersonal en la que me refugio siempre al caer la noche. Acto banal que me regresa a carcajadas a la penumbra de vivir. 

martes, 13 de enero de 2015

Atlas

    Esta mañana he despertado por un olor a quemado que llegaba hasta mis sueños. Se trataba de un olor que se situaba en maneras diferentes a través de los saltos de sueño a otro sueño y una singularidad que abarcaba omnipotencia, independientemente del suceso, dejando en clara evidencia que algo no estaba bien: signo de que la escena es irreal y el recuerdo aquel de la película inception. Y, en efecto, se trataba de una pista que llegaba hasta mi cerebro para alertarme de que tenía que reaccionar. Después, tras el hecho a respuesta que poco puedo explicar y que además no importa, desperté encontrando que la lámpara de esta habitación estaba encendida y, además, chamuscándose a escasos treinta centímetros de mi cabeza, a lo cual me apuré a acomodar. La bombilla había logrado comenzar a rozar la tela de la cubierta y ésta había comenzado a quemarse: un hecho que seguro vino tras algún movimiento brusco mientras dormía y que pudo haber terminado en un accidente trágico, o al menos, eso pasó por mi cabeza al terminar con ello. 
    Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando me di cuenta de la lámpara y a los quince minutos regresé a dormir. Ya más tarde, alistándome para ir a trabajar, recordaba en la ducha y en la taza de café lo que vino después, se trataba de un montón de imágenes que fluían a través de diversos colores, alguna especie de filtros que modificaban la percepción, como un caleidoscopio: a merced de un visor autónomo y la vista hacia tu presencia, siempre de espalda y con el cabello rubio que llevabas por aquellos días. A decir verdad, nada relevante que amerite cierta importancia, sólo una lámpara tostada y una imagen en la que te he sobrepuesto a subconsciencia.
    Te escribo esto porque sé que lo leerás, a primera instancia, como algo insignificante que sucede entre rutinas y momentos torpes pero te he pensado inmediatamente después de apagar la tela esta mañana. Ha sido el acordarme de ti tras el estúpido olor a quemado el que me ha llevado a escribirte en esta ocasión y poco tiene que ver la historia del principio con lo que ahora creo. Me pregunto ahora qué es lo que ha pasado en estos días y por qué no tengo la más mínima idea de saber en dónde estás, aunque, a estas alturas, ya al menos tendría que tener una pista del montón de cosas que sucedieron en aquel entonces y seguro esto agravia las cosas. Asocio ahora el olor de esta tela quemada con la incógnita que me es tu existencia y es eso, la expansión del olor chamuscado que se ha filtrado hasta mis sueños sin una barrera que lo detenga, lo que me preocupa. Es sólo una tontería.



miércoles, 7 de enero de 2015

Tótem

    «Tendría que abrir los ojos una vez más y saber que el comienzo se me va de las manos». Frase que se filtra en la sangre y fluye bajo mis narices en una tierna mañana de dos de enero, remontándome a algún momento de azar de pérdida espontanea: como en aquel instante mismo en el que recordaba uno a uno los puntos clave que ya olvidaba entonces, pérdida sin la noción de estar en juego, como quien sabe que ha perdido demasiado tiempo y aun así persiste en el intento sin motivación alguna (…) Tendría que abrirlos y saberme privado del disparo de salida, enajenado a la situación con una sorpresa ingenua de quien ignora la urgencia con la que se toman en cuenta las situaciones imprevistas, casi siempre con un intento de sonrisa que se traduce en una mueca desaliñada: producto vil a una secuencia sin fundamentos.
    Es así como me toma por entre las costillas el mes de enero, siempre procurando ensartarme en el rostro un pastel de contrariedades flojas que se producen por cuestionamientos tontos y un montón de malas figuraciones que aún poco puedo enlistar. Y, en efecto, soy sigiloso y modesto al aceptar que poco me importa tener una razón concreta en la que atribuir el atrevimiento de aferrarme a un comienzo occidental del año nuevo, siendo el misterio de la sorpresa el que me percata de esa mueca que se me idealiza mentalmente al rostro de Groucho Marx ante la cámara de un film que no pretenderé nombrar.
    Ahora, en medio de una lluvia invernal que llega junto a las corrientes del viento del norte, mientras vacilo en el regreso rutinario de la oficina hacia el estacionamiento, me percato del reflejo en un charco de la poca iluminación restante del día y la incursión de un coche en la imagen, donde en la toma normal se mueven dos mujeres a treinta kilómetros por hora y a una le alcanzo a observar a los ojos al voltearle a ver. «Tendría que abrir los ojos una vez más y saber que el comienzo se me va de las manos», me retumba una vez más el mensaje entre cada oreja, casi provocado de nuevo el sanguinario flujo en mis narices y titulando esa mirada como una más de las pérdidas que ya significan este enero en curso, aunado al sentimiento que queda tras la escena y un estacionamiento que se presenta casi totalmente deshabitado.
   «¿Qué tendría entonces que seguir haciendo ante la pérdida por defecto?», me limito a cuestionar con la mirada gacha yendo hacia mi coche, observando esa fotografía llana del mojado asfalto en el que me percibo y me pierdo hasta el más hostil de los rincones, alejando la pregunta del montón de ramificaciones que se han engendrado y aclarando la garganta para enfrascarme en el silencio más sutil de la jornada: el regreso a casa. Es enero y en el peor de los casos me encontraría haciendo prácticamente lo mismo que en el año pasado y, en el momento justo que dura la idea en mi cabeza, me doy cuenta, tras encender el motor ya en mi vehículo, que lo anterior es algo que ya poco importa y aun así persisto en el intento sin motivación alguna (…) Tendría que abrir los ojos una vez más o, al menos, desempañar mis gafas ante la desmesurada inflación de pensamientos grotescos y banales que llegan y se empalman con la demás basura que ya me encargo en almacenar, dándome por hecho que su mirada me ha buscado y que es el dilema de ocasión el que me hace llegar hasta una imagen reflejada en un charco de aguas negras en el pavimento.  Saber que el comienzo se me va de las manos es pausar los cuestionamientos hacia instantes de tiempo en los que estoy vencido de antemano, aceptando que el flujo de sangre en la nariz es ahora mi tótem de bienvenida hacia un feliz año nuevo y una vigorosa oportunidad de malinterpretarme en mil y una manera posibles.  Excusarme de los errores a cometer con sonrisas falsas que terminen en una mueca desaliñada será la respuesta a tanta babosada y entonces tendría que dejar de escribir tantas sandeces en la madrugada, eso al menos lo dejaré como tema pendiente. Sin embargo, decido seguir y poner el vehículo en Drive y me encargo de arrollar el charco del reflejo con desdén, mientras busco un disco para reproducir mientras voy a casa. 





miércoles, 24 de diciembre de 2014

Viaje al 113

    Hay una presencia inminente del invierno afuera y aquí adentro me refugio en un disco de Charly Parker para pasar la velada. Pasan de las nueve de la noche y, por ahora, ante la ausencia de alguna bebida caliente o algún aguardiente, me remito al empalagoso sabor de un jugo de uva, que tiñe mis labios en un tono oscuro que se extiende hasta los comienzos de mi barbilla. Habría de precisar que en estos momentos las descripciones pueden alargarse más de lo necesario, como cada segundo en el que diciembre se expande a merced de sus noches eternas y sus días llenos de vacío infame: tiempo de incertidumbre.
    Cada medio minuto el tejado persiste en un llanto de crujidos a la par de que Parker, a quien poco le interesa el exterior, comienza a tocar con torpe sutileza la Summertime en la que poco puedo disimular la sorpresa del acto: aislante al viento del norte, la melodía da calor a la habitación. Es la oportunidad de dirigir una amplia sonrisa a mi imagen y semejanza, al personaje diminuto que veo por encima de mi nariz en una suposición a escala dentro de mi propia recámara, el pequeño ejemplo en el que deposito la vaga idea de lo que visualiza ese ente indeciso que se ha ausentado desde el comienzo de mis días.
    Tendría que pasar mi muñeca de nuevo sobre mis labios, apretar con una suave fricción el roce de mi piel con el tono purpura que me pinta y, continuar, en el tranquilo lapso de hito en hito en donde me encuentro sin sentir si quiera el frío decembrino. No pasan los minutos en vano y, mientras la muchedumbre aún deambula en las compras de última hora, aún puedo entrecerrar los ojos y silenciar las paredes y al viento, al jazz y al ruido humano que se encuentra dentro de mí, amortiguando el mismo refugio que apenas si he creado a un escape al escape. Y es de noche, y lo sé. No podría ser otro momento del día el que me brindara tan sutil quietud y tuviese tiempo para afirmarlo.
    Es un día antes de noche buena y no hay mucho que comentar al respecto. El sigilo de los días subraya la corta espontaneidad que he labrado en los últimos meses y es importante señalar que el invierno se ha planeado a base de ausencia. Y qué es la ausencia sino la privación de las tangentes, la separación propia de lugares o personas, un tiempo inexacto lleno de deformidades y noches largas con jugo de uva y sin alcohol, un escape intrapersonal que me aísla hacia mi propia persona. “No man is an island”, se escucha susurrar al viento por entre la ventana y nada de lo que ocurriera a continuación podría hacerme cambiar de opinión.  Hay de nuevo un estruendo tremendo en el que las botellas de la reunión del sábado comienzan a bailotear por el viento en la terraza y, abro los ojos: disimulando a la mismísima ausencia el encantamiento inútil de presenciarme en desdicha de ideas banales. Un viento, un ruido, un vacío en el que me idolatro y el acto no es más que un resumen en miradas gachas hacia el suelo.
    Media noche y Parker parece empezar a notar el frío que se ha apoderado ya de la ciudad. Ha terminado con un cierre estupendo y me da la espalda, respirando y recuperando ese aliento breve después de su salida. No espera un comentario, sabe que no es necesario y se limita a observar el júbilo que otorgo en silencio; es también mi indicador para alistar mis cosas, dirigirme esta noche de viaje al 113: el rumbo perdido en donde he dejado todos esos pendientes que me mantienen apegado a una mínima pizca de euforia inverosímil. Habría de precisar que en estos momentos las descripciones pueden acortarse más de lo necesario, como cada segundo en el que diciembre se reduce a merced de sus noches eternas y sus días llenos de vacío infame: tiempo a fin de cuentas.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Del parque

I

    He despertado tras escuchar el ruido que ocasionan los vecinos ya entrada la mañana. Parece ser que el mundo exterior ha entrado en operaciones mientras nosotros, enajenados de la situación aparente, nos encontramos aún bajo un montón de cobijas. Los rayos del sol logran colarse por entre el tenue tono de las cortinas, alcanzando a llegar base a breves estirones hasta los principios de mi cara. Apenas reacciono y te observo dormida, acurrucada todavía con la posición en la que quedaste anoche, mientras me pedías que bajara el volumen del televisor y me hablabas de lo que podríamos hacer al siguiente día. Noto una respiración intranquila, en cuanto quedo en silencio y enfoco mi vista hacia tus movimientos me hago a la idea de que no tardarás en despertar. Después, en el tiempo en el que logro encender el televisor tras estirar mi cuerpo cuidadosamente para no despertarte, opto por dirigirme hacia el baño usando el par de pantuflas que has comprado el día de ayer, recuerdo que las necesito al instante en que recreo esa extraña sensación que se presenta al pisar el suelo helado de tu casa y concuerdo en que has hecho bien en comprarlas. El cuarto de baño me encierra y me aísla de ti a escasos dos metros de distancia, dándome a entender una vez más ese feeling de irme y saber que nunca hemos estado juntos del todo. Sin embargo, luego de haber cepillado mis dientes y regresar hasta la sala de la casa, te he vuelto a ver allí, sin una mínima pizca de conciencia que oscile en el panorama. Parece ser que son ya las diez de la mañana y es lo único que me parece importar en el momento, aunado a la sencilla necesidad de acercarme a tu cuerpo y tomar uno de tus senos por entre mis manos. El ambiente parece ser acogedor mientras vuelvo a notar el pasar de los transeúntes retrasados hacia la labor, me desligo al momento y regreso al suave tacto de tu cuerpo a la par del calor y los movimientos que empiezas a dar a reacción. Encuentro el control remoto bajo mis piernas y cambio el canal hasta encontrar el de las absurdas noticias que no tienen qué ver con nada en el mundo.

II


    Esta es una de las últimas vistas que tengo del parque y es asquerosa. No es necesario voltear a ver a más de cuatro metros para darme cuenta de que la gente puerca habita en cualquier lugar y ahora poco importa, aunque, tras notar el paso de más de dos ardillas me hace arrepentirme un poco de lo recién dicho. En esta vista del parque nos encontramos atravesándolo rumbo a la parada del transporte, con ese camino recurrente que hacemos para dirigirnos hacia las típicas calles del centro y hablamos de tus estudios y de la poca ambición que presento hacia el territorio laboral. Te escucho palabra tras palabra, como de costumbre, repasando esa lista de frases que vas acomodando en el momento en el que recalco la imagen de tu rostro observándome para notar mis reacciones: una plática amena y un camino lleno de basura y perros amaestrados. Habría de imaginar lo que pasaría después de eso, el bochorno que traería manejar ese ocio insistente en una quietud que nunca me ha dado nada más que reproches, podría haberlo intuido y, en todo caso, mi intuición jamás ha sido un buen presagio. El momento entre un frío todavía húmedo, un mediodía de fiestas decembrinas y el paisaje de un parque lleno de basura y vagabundos poco podría importar el día de mañana, y tal vez, me precipito a pensar en un quiebre cuando en el justo momento en que mi pesimista manera de pensar elige siempre lo peor ante cualquier circunstancia. Repito y me vuelvo, esta es una de las últimas vistas que tengo y para este momento ya nos encontramos bajando del microbús. ¿Cómo decirte toda esta especie de recapitulación? ¿Sería necesario sentarnos en una banca y hablarlo? ¿Podría funcionar mientras entramos a alguna librería o mientras te invito algún café? Es una tontería y ninguna es todas las disculpas. Bastaría tal vez con alejar mi vista del bullicio del que acabamos de salir mientras observamos sentados y tomados de la mano, escuchando la melancolía del organillero mezclada con las voces que chocan y nos embarran de desdicha. Es fácil imaginarlo y es bastante torpe el recrearlo, y mientras tanto te hablo de lo bien que la hemos pasado y algunos datos sinsentido de los cuales estamos totalmente acostumbrados. Poco a poco el sol va cayendo y nos hemos alejado con el del centro de la ciudad. Una vez más llegamos a una de esas zonas populares de la ciudad con gente pomposa y circulamos por entre los altos árboles y el ambiente abrazador de diciembre. Toco tu cabello a cada momento y es ahora ya en el café donde nos encontramos frente a frente, en un duelo de silencios y ojeras remarcadas que nos alejan cada vez más del acuerdo. No puedo evitar sonreír con esta brusca mueca, lo hago por educación y por la familia de la mesa de a lado que se abraza y se ríe por la alegoría de reencontrarse. Yo, por otro lado, bajo la mirada y saco mi cuaderno de bolsillo para leer algunos puntos que tengo que decirte y te noto con la vista perdida hacia la calle. Regresas y a veces me sonríes también, sin importarte del todo mí anuncio de tres carraspeadas de garganta y un silencio más que se transforma en ridículos tragos al café cada vez más inoportunos. Estamos ya fuera del lugar y fuera de las intenciones, ya dentro de tu casa y con esa sensación que viene cuando sé que no tengo qué ver con nada de todo esto.