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martes, 8 de mayo de 2012

Acabo de cruzar...



Garabato # 31 (Escapando hacia ti)

Entre tanto proyecto final escolar no he podido emprendérme en cosas como la escritura y la literatura, más sin embargo, el tiempo que le dedicaba a estas actividades ahora lo dedico a dormir. Dormir ahora es una de mis prioridades, tanto por el enorme cansancio —sobre todo ocular— que dejan dichos proyectos, así como el calor de Monterrey y la enorme necesidad de ti que siempre me habita. 
    Cuando duermo no hay limitantes, ni temporales ni geográficas, mucho menos las escolares. Dormir es ese vicio recurrente del que todo humano depende, es la salida a las responsabilidades y la toma de lo deseado, en mi caso: tú.
    No mentiré diciendo que de los múltiples sueños que tengo cada noche apenas si recuerdo unos cuantos, pero estoy más que seguro que en todos, y cada uno de ellos estás presente, como el sol que me ilumina, ese sol que adoro y del que dependo, en cada uno de sus complejos resplandores de los cuales, siempre, me dejo llevar hasta a la insolación que busco y encuentro cada noche. 
    Con el simple hecho de apagar las luces y dejar que los fluidos químicos de mi cabeza hagan su trabajo, añadiendo entonces  las seis letras de tu nombre que viajan en mi cuerpo, consigo tenerte, tenerte tan libremente hasta que suena la alarma de las nueve de la mañana.

   

martes, 28 de febrero de 2012

Amoxicilina

Siempre he creído que la necesidad de atesorar algo es meramente humana. La posesión de algún objeto valioso o sentimental ha estado presente siempre entre nuestros sucios dedos. Carla lo sabía rotundamente y nada de lo que pudiera decirle afectaría esta verdad absoluta. 
    Así pues, ella dio con uno de los recipientes en los que guardo mis objetos preciados, ya sabes: El puerquito de juguete que ha estado presente por más de cuatro generaciones en mi familia que llegó de Zaragoza en las épocas de Franco, el bolígrafo que encontré en el metro cuando era niño, mis soldaditos de plomo, las cartas de mi novia la peruana, etc. 
    Cuando llegué del trabajo una noche de jueves la encontré sentada en el comedor con una sonrisa exagerada y una pinta de novia celestial. Sabía que tenía algo y vaya que lo tenía, pero de entre todas las cosas embarazosas que valoro y guardo con esmero fue a sacar la más insignificante —para cualquier otro individuo— y absurda de todas: Un frasquito de Amoxicilina.
    Al cocinar la cena y sentarnos al fin, sacó a relucir el pequeño frasco de vidrio oscuro, y lo puso frente a su plato.

    —¿Qué persona guarda un frasco cualquiera de Amoxicilina entre sus tesoros más preciados?
    —Pues, yo...
    —Sí, ya sé que te crees el muy excéntrico y eso...
    —No sabes la historia de ese frasco.
    —¿Historia? Pero qué historia pues...
    —Ni si quiera lo sabes, déjame contarte.
    —¿Me la vas a contar, al fin te dignarás a contármela?
    —Tranquila no es para tanto, amor...
    —¿Amor? ¡No me digas así!    
    —Tranquila, ¿qué tienes? 
    —¡Cállate! 
    —Carla, tranquilízate, qué te pasa...
    —No Diego, no está bien.
    —Espérate, no sé de qué hablas, amor.   
    —No pues tú, me haz dado en la madre.
    —¿Cómo? No puedes estar diciendo eso.
    —Claro que puedo, ¿no ves? ¡LO ESTOY HACIENDO!
    —No grites, Carla. Amor en verdad...
    —¡DEJA DE DECIRME A-M-O-R!
    —Está bien pero no te pongas así....
    —Pero cómo no hacerlo, Diego, tú me guardas cosas...
    —Amor, es una idiotez...
    —Pues entonces no te importaría mostrármelas...
    —Son boberías.
    —....contármelas, decirme qué historias tienen detrás...
    —Si, tal vez.
    —Cuéntame la historia del frasco.
    —Pues ese frasco me salvó en la adolescencia.
    —¿Cómo, el frasco?       
    —Sí.
    —A ver, cuéntame.
    —Pues, estaba muy mal un día, mis defensas estaban por los suelos cuando viví solo, tenía  depresión y todo eso...  
    —Sí ya conozco eso, cuando murieron tus papás.
    —Pues sí, tenía dieciséis años. 
    —Bueno, ¿y cómo te salvó el frasco?
    —Pues... 

    Cuando me preguntó eso tan deliberadamente sentí que me caía, que me iría de bruces mientras ella me observara con cara de vil repugnancia. Creí que me patearía a continuación y, no había otra forma, tenía que proseguir:

    —Ajá...
    —Pues sí, cogí una infección en aquel invierno, la gripe me pegó muy duro y yo estaba por morir, no me atendía, no comía...
    —¿No fue en esa etapa cuando conociste a la tal Florencia?   
    —Sí, de hecho...
    —Eso supuse.
    —¿Qué? Espera, ¿Florencia?
    —Florencia.
    —Nunca te hablé de ella, Carla.
    —¿Eso crees? 
    —Pues no, nunca lo hice...
    —¿Fue la que te quitó lo virgen?
    —Pues... sí, fue con ella, pero eso ya quedó de lado, amor...
   —No lo creo.
    —¿¡Pero por qué dices eso!?
    —Lo sé.
    —¿Sabes qué?      
    —Que te quitó la virginidad así como tú a ella.
    —Pues sí, pero eso es algo muy viejo, amor. Tengo cinco años de casado contigo.
    —Todas las noches escucho como le hablas.
    —¿Qué?
    —Todas las noches escucho cómo te la coges.
    —¿Pero qué estás diciendo?
    —¡Todas las putas noches escucho tus gemidos, cabrón!   
    —¡NO ENTIENDO NADA! 
    —¡Cada puta noche desde hace seis meses tienes el mismo pinche sueño húmedo, cabrón!
    —¿Sueño húmedo?
    —¡Sí cabrón, todas las putas noches sueñas que te la vuelves a coger y yo ya no puedo con eso!  
    —...no.
    —¡Siempre las mismas palabras, las guarradas que le susurrabas al oído mientras se la metías ensangrándote el glande!
    —No es verdad, Carla estás jugando...
    —¿Jugando? ¡Tu puta madre está jugando!
    —¡Oye!
    —He estado soportando esto desde hace seis pinches meses, Diego. Siempre estuve esperando a que de repente un día dejaras de hacerlo, pero no, no. Cada noche era exactamente a la anterior, las mismas palabras, las mismas frases tontas, tus gemidos de idiota depresivo excitado. ¡Siempre lo mismo! 
    —No amor.
    —Todas las noches he escuchado su nombre en mi oído, mientras gimes y la coges, ¿cómo no voy a saber su nombre? 
    —Ella fue quien me llevó ese frasco aquella noche.
    —Y lo guardaste.
    —Salvó mi vida.
    —Sí, y tú te la vives cogiéndola todas las noches como agradecimiento. 

     

martes, 15 de noviembre de 2011

Demasiadas tardes como esta

Hoy el clima esta desmesuradamente incomprensible. No es una época para que el viento enfurezca tan repentinamente —y menos hoy que estaba cargado de trabajo—, pero por precaución me quedé en casa y decidí escribirte algo. No es que esté perdiendo interés en ti, pero a veces creo que tu vida en esa ciudad ha cambiado demasiado, lo pienso sí, creo que esas jornadas rápidas hacen imperceptible la prisa que a mi me carcome cada vez que escucho sobre la metrópolis en donde ahora estás. De igual manera siempre me encuentro pensando en ti en los momentos más inverosímiles y no lo puedo negar, no puedo evitar sentir este doloroso amor por ti y me desahogo escribiendo centenares de palabras que se resumen en mi ascendente necesidad de tenerte, o más bien, al menos saber qué pasa contigo.
    No creo ir a la ciudad si no hasta febrero, que es cuando recibo nuevamente los honorarios del huerto, pero me gustaría quedarme al menos unos cuantos días y salir contigo, visitarte en el departamento que alquilaste y no sé, saber si aún sientes eso que a mi me está matando. 
    Ayer encontré unos cuantos versos que escribí antes de que saliéramos de la preparatoria, no sé por que aparecieron en una de las viejas mochilas de excursión de papá, pero me alegró verlas. Creo que nunca te dí nada y te lo conté hasta que salías con Mauro, pero hace tiempo ya de eso. Quiero dártelas, quiero leértelas primero y después obsequiártelas porque, si me quedo con ellas por otro tiempo más, serán las palabras que repetiré en esas tardes de locura irrevocable en la que me harás caer.
    No puedo creer en verdad, un año sin saber, leer o escuchar una parte de ti y sigo de pie. Extrañamente no puedo decir que la vida es así, que te deje ir si en verdad te amo, si en verdad me importas te dejaré ser libre, no puedo. No está en mí el decir todo eso porque estoy seguro de que un día vendrás, aunque aún falten demasiadas tardes como esta. 
El Flaco:
Anselmo Capistran

martes, 8 de noviembre de 2011

Trasquilado

―Mamá, mira, me trasquilé.
―Ay, nada más a ti se te ocurre...
―Ya tenía que cortarme esos rizos feos que me heredaste.
Para toda la vida.
Dios...

martes, 20 de septiembre de 2011

La culpable

Tal vez la tarde tenga la culpa.
Culpa de que el cielo sea rosado
e imite el rubor de tu rostro.
Culpa de que el momento
se impregne con olor de ébano quemado.
Culpa del desespero y la constante
actitud de impaciencia.
Culpa de que mi piel busque la tuya
y se seque.
Culpa de la inexactitud
de las miradas.
Culpa de lo absurdo
de mis palabras.
Culpa total que recae en mi alma
por no ir a buscarte,
por no ir a robarte.
Somos culpable la noche y yo,
pero estamos de acuerdo
de que aquí el único loco
soy yo.
Eso es lo de hoy
y mañana.
Soy culpable de creer
y vivir en el amor.
Culpable de vivir en tu esplendor,
vivir para ti y
lo demás es nada.
Tal vez la tarde no tenga la culpa
aunque esté aquí presente.
Tal vez seas tú
la verdadera culpable
de que hoy yo me encuentre demente.

Otro loco e incoherente que se pierde entre tanta gente.


Feb 2011



lunes, 4 de julio de 2011

Gris (19:24)

En la penumbra de la perseverancia espero sentado, con el techo encima holgado e intangible, lejano e inmune a mis abruptos puños, tosiendo sobre charlas e interrumpiendo llamadas con la mirada simplemente para matar el tiempo. Falta la palabra. Falta el derecho de locución y el gozo de la imaginación. Faltan palabras acompañadas de gestos y sonrisas otoñales. Faltas tú. He abandonado el placer del sueño, no fue sencillo, pero las noches de lectura voraz ocuparon el momento, suplemento de placer con otro, hocico fugaz. Leer y querer leerte, pensar y comenzar a escribirte: frases cortas, oraciones que jamás leerás, poemas incomprensibles y dibujos que representan la alucinación de tu existencia. Fracciones de segundo, hoy no vamos a fallar. Hoy todo acaba y vuelve a comenzar, es el ciclo de mis pasos y la montaña rusa de tu mente, es la caricia que quede a deberte y las formas en las que nunca vas a oír hablar de mí. Faltas. ¿Es esto en verdad necesario? Absolutamente.

viernes, 1 de julio de 2011

martes, 22 de febrero de 2011

El martes es un día de desgracias, gracias

Los martes suelen figurar como el día más incomodo de mi semana. Los versos rojos que yacen en el cajón inferior del buró no me dejaran mentir esta vez, así como las marcas de los ojos que se intensifican más, hoy es martes y lo vuelvo a repetir. Su ausencia esta marcada en la agenda, sus cosas esperan en la mesa, yo no se cuando ella venga. Prusia ya no existe y las lágrimas que están en el salón serán evaporadas. El martes me corto, me esfumo y mañana otro poco. En martes me viste caminar por la calle Matamoros otra vez, como la sombra de los sobrantes, pero ahora con las manos en los tirantes. En martes: ni te cases, ni te embarques, ni de tu casa te apartes.