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lunes, 1 de septiembre de 2014

Carta a C

    Te pude seguir diciendo que te quería pero no era lo correcto. Aún no logro recordar cuál fue el hecho disparador de tal mentira y ahora sólo puedo pensar que me odias más de un poco. He pasado algunas noches pensando en ti, en que tal vez habría sido lindo salir contigo y saber que, después de todo, el quererte no significaría más que querer conocerte y sentirme bien al respecto. Sin embargo, ahora estoy aquí, de nuevo, entre el silencio que intento disimular y el vacío de escritos que se ocupan entre tardes y noches en que no sé qué hacer después de la triste rutina. 
    No he pensado buscarte, después de mi estúpida huida lo peor sería regresar a disculparme y tratar de fingir que no la he cagado. Lo he hecho y creo que no puedo revertirlo ni tengo intención de hacerlo a pesar de saber el tipo de chica que eres y lo tanto que me atraes, no hay manera de que pueda decir que lo siento sin saber a ciencia cierta si en verdad estoy arrepentido. Aun así, pienso en ti y en nuestras rutinas disparejas que no se acomodan y en el malentendido de querer tenerte más allá de las falsas suposiciones, en esas noches en las que me quedabas tú para saberte existiendo y en mi pobre manía de tus veintiocho años.  
    Hablar de ti parecería subjetivo, efímero y casi inexistente, pues en el resumen de lo dicho mis intenciones se remontan años atrás, desde el momento de haberte conocido y la mala decisión de no haber preferido conocerte más y gastar mi tiempo en algo que ahora ya ni existe. Y como siempre, puras malas decisiones en mi repertorio, puras mamadas. 
    Alguien quíteme el mes de agosto de encima. 

domingo, 27 de julio de 2014

Carta a G (II)

    Te extraño. Lo sé, te lo he dicho hace poco y sé que también puede sonar un tanto curioso, pero así es. Poco he sabido de ti últimamente y tal vez es eso lo que me hace sentirlo, mientras en la ingenuidad en la que me tiene el tiempo por ahora suele ir pasando sin ton ni son. ¿Qué estás haciendo? Has estado distante y no es eso lo que me preocupa, a estas alturas de la situación y lo tanto que dejan a desear mis domingos no es ese el problema, sino el hecho mismo de sentirme perdido y, así, alejarme más de lo poco que te conozco ahora. ¿Qué tanto puedo decir de mi en estos momentos? Lo normal, lo de siempre. La ineptitud de transitar las mismas calles, de resolver los problemas laborales de todos los días, el vacío personal en el que convivo y persisto y del cual ya conoces; sin embargo estás ahí y al menos, entre el bullicio gris que deja la semana y las tardes que paso solo en casa, me acuerdo de ti. Puede sonar egoísta, me lo digo al momento exacto en que bebo un sorbo más de agua y me limito a escuchar el ruido de los chicos jugando fútbol en la calle, en ésta mi pieza, mi refugio del mundo exterior, aquí, en el eco intangible que ha quedado en mi oído de las decenas de gentes que he atendido en el día, te escucho. Y puede sonar tonto pero pasa, y el egoísmo de sólo recordarte bajo esta situación es la misma inquietud que ahora me hace escribirte. Bueno, lo último fue algo precipitado, la verdad es que no, no sólo lo hago cuando estoy en ese estado. A decir verdad, me acuerdo desde el momento en que acordamos lo de los veintisiete, en el hecho de común acuerdo que vagamente pactamos aquella vez y en la lluvia de pensamientos que se me vienen a partir de eso. ¿Será que en verdad si terminaremos cumpliéndolo? Digo, que a como van las cosas será cuestión de sólo decir que el tiempo nos ganó y que sigamos con ello. Muchas veces pienso que sería lo mejor, que todo lo demás por lo que, a veces, me preocupo no es más que la lista de situaciones momentáneas que tienen que situarse a duras penas; dejarlo de lado siempre ha sido el paso adelante y no prestar atención sería entonces la pieza clave. Demasiada stuff para ir mermando los días, G, demasiadas cosas que pasan y uno simplemente se queda con la boca cerrada asumiendo que no es nada más importante que el café de la mañana o el cepillado dental antes de ir a dormir. ¿Y qué se le va a hacer? Al menos ya falta poco para que me puedas dar un tour de nuevo por tu enorme ciudad. 
    

domingo, 27 de abril de 2014

Carta al mes de abril

    Es muy tarde para beber café negro y agrego un poco de leche entera para poder dormir. Así mismo, me doy cuenta de que abril está por terminar y el calor extremo de la ciudad es el espléndido indicador: sorpresa, fuckwitt. «¿Qué hay de nuevo para escribir?, ¿Quién me ha robado el mes de abril?», me digo citando a Sabina con el titulo de un tema que me aburre, mientras por fin me digno a prender, por vez primera en el año, el ventilador tras el insoportable bochorno que se deja ocupar todavía a estas altas horas de la noche. No hay mucho de interés, sólo rutina y ese creciente embrollo que implica pensar, respirar y salir caminando día tras día hacia un mundo enorme en el que el bullicio y el egoísmo resumen el espacio en simples líneas de una agenda de bolsillo. ¿Qué pudo tener en especial abril que no hayan tenido los otros meses? Nada, mi amigo. Uno, a veces, se da cuenta de la necesidad del trabajo, del refugio, del escape de si mismo en labores comunes, en libros de cabecera, en canciones que escuchas desde los quince años y vuelves a bailar, en recuerdos. Abril por ejemplo, me recuerda días fuera de Monterrey y una nula comunicación con la gente de mis círculos cercanos, sobre todo familiares. Abril se sitúa como uno de los importantes parteaguas en mis últimos cuatro años de vida, y ahora, amarrado entre un tumulto de recreaciones de jornada y huidas hacia el propio mundo personal, se ve quebrado el significante que acabo de redactar anteriormente. No me preocupa en lo absoluto, lo digo al tiempo en que bebo ya los últimos sorbos de café con leche que cada vez me gusta menos, releyendo las primeras lineas de la presente entrada  y saboreando ese característico sabor que se queda en la lengua después de un placer que va en declive, después de un cariño fuerte pero finito. Es bueno saberse de ese tipo de características, de ese montón de sucesos que pueden marcar o refinar ciertas temporadas de un año, pero como siempre, es mejor cambiarlo todo. Sin embargo, el hecho sucede sin ser una decisión claramente y con ello viene el pensamiento reflexivo de lo que fue y lo que no importa que no haya sido: lluvias constantes los fines de semana, un libro que no llega, un film que por una u otra razón pospongo desde hace más un año y los refugios semanales en sus besos, en sus piernas, en el pálido color de su piel que no me deja decirle adiós. Son hechos, sucesos, elementos claros para reseñar abril en no más de tres renglones, marcas que se repiten en la agenda y, por qué no, un puñado de horas que quedan como el cambio de la rutina vacacional. El mundo sigue en calma, y no refiero a el caos de país que tenemos, ni a las guerras en las zonas de siempre, ni siquiera a las pendejadas que salen todos los días en las noticias regionales, me refiero a mi resumen mensual, a mi indiferente idolatría de estabilidad, a las nueve o doce cajetillas de cigarros, al dinero que va y viene, a tu terquedad por algo que ya no existe, a mi necedad por el egoísmo banal. Es conformismo y estancamiento promedio, es un par de ojos cerrados que se niegan a ver más allá de la autofelación matutina triunfalmente lograda; y seguimos de pie, inhalando el putrefacto olor del amor que fluye por el aire para recibir el mes de mayo: tu caminando y queriendo un amor correspondido y yo amaneciendo de nuevo en una cama ajena que no me da tantos dolores de cabeza ni ansiedades. 




lunes, 7 de abril de 2014

Carta a M

    «…después de dar vueltas en la cama hasta las cinco de la tarde para no levantarme, finalmente salí a la calle y me encontré con tu carta. Me dio tanta alegría que casi lloro. Fue lindo por un instante saber que soy relativamente importante (por así decirlo) para alguien, aunque sea de esta forma tan lejana…».

    He leído este mensaje.
    Lo leí cerca de tres veces seguidas, y no supe cómo responder. Lo he leído varias veces más a través de los días, como si esperara que tuviese diferentes efectos en mi entendimiento si tomo agua al momento, si acompaño la lectura con un dulce de leche quemada, si lo leo antes de irme a trabajar. ¿Cómo poder continuar?
    Tardé casi un año en mandar esa carta y ahora me pregunto cómo es que fue a llegar hasta tus manos, así, de esta manera: en un desconcierto de lo que te relataba por aquel tiempo y la injusticia de no darle una releída antes de decidir mandártela. «Te entiendo». ¿Pero qué hay que entender? Han pasado tantas cosas y la vista panorámica de todo lo sucedido parece caber en un monóculo o en un fish eye, en el que se resume un descontrol de sucesos y una catarsis ridícula que se presume en el pasado año.
    Desde hace siete meses aproximadamente, tengo una especie de situación con alguien y eso me entumece de tus palabras, el notar esa similitud, pero, como si fuese el verdadero cliché masculino del son-todos-iguales, parezco ser la otra cara de la moneda de tu respuesta, o sea, el hombre. Lo sé, y seguramente tendrás todo el derecho de maldecirme y de pensar que soy un hijo de la gran puta, pero es lo que llegué a pensar al momento de leer y releer tu respuesta. Carajo, hay que verlo desde el otro punto de vista para darse cuenta de lo mierda que uno puede llegar a ser. (Hago una pausa para beber del té ya frío que me acompaña esta noche y carraspeo la garganta a sabiendas que no hablaré hasta el día de mañana).
    Sin embargo, después de haber leído nuevamente este mensaje, tras un par de días de monótono trabajo, algunas noches de alcohol discreto y un sinnúmero de minutos totalmente muertos, llego a la conclusión que, en lo demás, en las pocas y breves palabras que dejas entrever después del opening de esta respuesta, tontamente puedo ponerme en tus zapatos y decir que si, que el divagar y el sedentarismo del no hablar con casi nadie y las amistades que se quedan muy de lado, pueden mezclarnos en esa pizca de cuestiones en común. Casualidad que para nada tiene algo de especial y, a estas alturas de la vida, uno aprender a no tomar mucho en cuenta. Puedo creer lo que sea, cualquier cosa que me digas, cualquier cuento o relato que me escribas lo tomaré muy en cuenta y, aunque poco recuerde el por qué decidí cartearte, será bueno. Y estará bien, sólo hace falta un momento para leernos y un reconocimiento de que podemos llegar a ser especialistas de requerimientos sin sentido. Puedo creerlo. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Carta a A

    ¿Cuánto tiempo hará ya de aquello, dos o tres años? 
    Me he enterado de la manera más inverosímil de los sismos de Chile y por ende me acordé de ti. La verdad es que siempre te pienso cuando me viene a la cabeza cualquier cosa que tenga que ver con el país andino: bonita y lógica bobada, ¿no crees? Pensé en ti y en tu niño (qué enorme ha de estar) y en una ráfaga de imágenes en las cuales te veía de espaldas, caminando en una tremenda tranquilidad que, espero, hayas obtenido a fin de cuentas, casi recreando una de las fotografías que me mandaste en tu estadía en Nueva Jersey. Es un tanto extraño como se van situando las cosas, como uno puede ir caminando y cavilando en cualquier pensamiento o evento y, de repente, un nuevo suceso se presenta frente a nuestras narices y ¡Zaz!, al abrir los ojos después de parpadear ya te encuentras en el meollo de un largo proceso de actos shakesperianos. 
    Creo que eso me pasó hace poco, mientras sentía la necesidad de volver a leer a Bolaño. Por alguna extraña razón, recordé el tiempo en el que me lo mencionabas más que a Enrique Lihn o el mismo Nicanor Parra: tú, una chilena provinciana estudiando en la costa este americana, a pocos kilometros de Nueva York; tú, una chica que se la vivía quejando de la madre de la familia judía que les daba habitación a ti y a la otra niña pero que recompensabas con ese ambiente de blanca nieve, siempre esperando por el desconcierto. Recordé aquello y sentí ya no tenerlo tan presente, no recordar de manera correcta esas charlas de largas horas en donde nos reíamos de banalidades y tontamente planeábamos vernos un verano en México (Distrito Federal): tú escapando de tu revolucionario hermano de la UNAM y yo escabulléndome de mi novia de entonces para, al fin, encontrarnos aunque fuese una hora. Qué cagado. 
    He pensado en ti y no creo, en verdad, que tú hayas hecho lo mismo. Ahora con "Estrella distante" no puedo dejar de hacerlo. De hecho (y te soy sincero, como siempre lo hice contigo), es la segunda vez que lo empiezo y, durante la anterior, no pude seguir a más de la mitad sin imaginar tu presencia en uno de los clubs literarios de Juan Stein o Diego Soto, aunque nada tendrías que estar haciendo ahí y era lo más pendejo del asunto. Sin embargo, el recuento de los días y el crudo desenlace en el que nos situamos después de toda la novela que viviste tras tu regreso a Chile, poco me hace querer o tener que estar escribiendo todo esto, pero aquí estoy: escribiendo palabras que me hacen de alguna manera, dejarte de lado nuevamente después de estos últimos días y la lluvia de imágenes en las que, repito, vuelves a aparecer: con tu bello rostro y tu pálida piel y esos ojos sonrientes y vascos que te cargas bajo miradas de tenue vaivén. 
    Sé que las probabilidades de que leas esto son mínimas, por no decir nulas. Y está bien, que por ahora lo mejor es esto como, justamente aquella vez, lo mejor fue que me sacaras de tu mundo y prosiguieras con la atención al pequeño niño que ya tenías y a la complicada relación que ya llevabas con el weón ese que también te hizo botar al gringo y rubio Ken. 
    Por ahora seguiré leyendo a Roberto y trataré de brindar amablemente con café a tu salud. ¡Hip-hip, hurra, Urra! 
    
    

miércoles, 26 de marzo de 2014

Carta a G



    Sale el sol, querida G, al menos en mi cabeza. 
    Afuera todavía se escucha el secuencial ruido de la lluvia que cae y viene y persiste en seguir viniendo. Lenta, como la caricia que da el aire ante la imposibilidad del rasguño: suave roce tímido del temor virginal. He despertado con las ganas atípicas de querer mojarme, de saber que no tengo responsabilidad laboral para el día de hoy, de dejarlo todo por un simple remojón natural en el patio de mi casa. Lo quiero y lo dejo de lado, al tiempo en que me percato de mi espectral reflejo, en la ventana que me separa del intento y la terca persistencia de conformidad. Tú sabrías aconsejarme en estos momentos. 
    Tú sabrías qué decir o al menos lo intentarías, eso quiero suponer. Trato de pensar, en ciertas ocasiones, las palabras que dirías, las que te callarías y las que preferirías expresar con algún abrazo o algún golpe en uno de mis hombros, mientras ríes y frunces el ceño y sostienes una cerveza con la otra mano porque seguramente estaríamos bebiendo—, en uno de esos bares pasados o en un lugar que siempre me viene a la cabeza y poco puedo describir. Es a veces grato el pensamiento de sabernos así. Me mantiene concentrado, en un trayecto en el transporte colectivo, imaginando este tipo de situaciones: alegorías de un tiempo incierto del que hablamos algunas veces sin pretensiones objetivas, sino como un proyecto intangible en el que caminamos y vamos yendo a ningún lado con la única intención de estar acompañados, con el fin de compartir un poquito la miseria de la vida. 
    Persiste la lluvia, querida. Se aferra a impregnarnos de la melancolía y los pensamientos como estos que acabo de contarte. ¿Y qué sería de nosotros sin esta impotencia de no saber en dónde estamos? Hablo en silencio e intento adivinar una respuesta tuya que se exprese con una mirada, una figuración del color que nos construye o uno de esos elementos raros de donde uno obtiene el ciego valor y la astucia de seguir avanzando. No sé siquiera qué pasará conmigo el día de mañana, así de al pedo procuro vivir, y es ese estilo de vida el que mantiene en este rumbo desconocido, en donde tu imagen y la mía tienen mínimas probabilidades de parar en la misma ciudad, en la misma colonia o en la misma habitación. Mientras tanto te escribo y me tomo un café negro a tu salud, a tu bienestar, a tus ligues de fin de semana y a la otredad, que son los puntos a tomar en cuenta en un tipo de amistad como la nuestra. 
    Sigo vestido en el pijama, con las botas puestas y las lagañas duras aún en mis ojos. Doy un sorbo de café a cada frase escrita y me doy cuenta de que casi es medio día. Tendré que hacer algo de limpieza en la casa, un poco de ejercicio tal vez y, por ahora, dejo de ocupar mí tiempo en esto. Lo leerás más tarde, ya en la noche, ya que llegues a casa y tengas la intención de abandonar a la humanidad y su desmadre de sociedad, pensando en que, tal vez, mañana te invite unas cervezas.

lunes, 15 de abril de 2013

(Los lunes no tienen la culpa de nada)

    Hoy me propuse dejar de jugar. Me he cansado de este torpe juego en el que me he internado por los últimos meses; se ha vuelto soso y rutinario. Pienso que es tiempo de dar el siguiente paso hacia el próximo nivel de la nada, de nada que sea digno de subrayar, nada que sea más importante que haberme sacado el moco ayer. 
    Entre tanto revoltijo de sucesos inesperados y acciones tontas que me dieron risa, al principio, lo dejo aquí. Cada vez estoy más grande para andar con éstas cosas. No por haber pasado algo voy a volver a alocarme como adolescente primario, eso es lo más primitivo y elemental que, aunque lo hice, ya fue suficiente. Mis aptitudes y actitudes básicas topan contra eso, simplemente tengo que medirme. He aprendido la lección, lección que era sumamente necesaria y que yo mismo fui construyendo para afrontarla y vivirla, sentir el verdadero yugo que idealizaba cada tarde de verano entre las ocho y nueve de la noche. Así fue y lo hice. Ahora sigo donde mismo, sin una historia de mentiras y farsas en donde accedía como última oportunidad hacia el sexo opuesto y la, supuesta, naturaleza humana. 
    Hoy respiro con júbilo gracias al enorme peso que he dejado de lado y los vastos litros de alcohol que han pasado por mi garganta. Es suficiente, lo digo, es suficiente. No me pondré a escribir en un blog secreto sobre nuestras historias porque son muy mías, demasiado privadas y siguen aquí, entre el montón de cosas que circulan en mi cabeza, en un lugar especial, un camino que te ganaste y supiste crear y labrar, enorme pero finito, como todo en el extenso universo. Vives aquí, como los linfocitos en mi sangre, con ese conjunto de características que nadie más tendrá y que has plasmado en mi ser, mi ser que te absorbió y te dejó porque era lo que quise en su momento y mantengo en pie. 
    Afortunadamente, no puedo quejarme de mucho, aunque mis pláticas casuales digan todo lo contrario, aunque mi prosa pesimista narre sucesos e historias dignas del vómito, sigo siendo el mismo. Dirijo mi vista al frente y al cielo, aceptando los errores necesarios y los ganchos en las costillas, escuchando la misma música que pocos disfrutan, los films que sólo a los perdedores nos gustan y leyendo lo más posible que se pueda. Sigo siendo el terco que no sabe qué hacer con su vida y que, por lo pronto, se refugia en las acciones que poco a poco se han vuelto lo que soy. 
    No creo en el matrimonio ni en la felicidad como un estado firme. Creo en las charlas en los cafés, en el jazz que nos dejaron esos negros eternos. Creo en el cuento y la prosa, en la poesía que no se plasma con palabras. Creo en la mujer y sus hermosas virtudes, en el sexo casual y los viernes de mi comida favorita. Creo en un ser supremo que es más fuerte que nosotros y que me límito a ignorar, creo en la mezcla de razas y el egoísmo individualista que fluye por mi. Creo en el sadomasoquismo. Creo en mi, como un ente errante que se esfuerza para seguir aguantando los putazos, en el tabaco como acelerador de la muerte y creo, creo en la felicidad como pequeños lapsos de tiempo que deben disfrutarse.
    No prometo escribir un libro ni ejercer mi carrera de ingeniero en el labor, pero prometo ir a Buenos Aires y París como voto de que creo en el amor.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Carta a la reina de la luz

Buen día:

    El motivo de esta carta es simple: me he quedado sin luz. Sé que, a primera impresión, esto puede parecer producto de un momento de locura y tal vez yo pueda estar nominado para ser el rey de los pirados, mi querida reina, pero como lo he citado, me he quedado son luz que ilumine mi hogar.
    Como cualquier plebeyo, he crecido trabajando con el oficio que mi padre me enseñó como única herencia— desde niño, ganándome la vida sin saber qué es la vida, una vida que nos va ganando a nosotros desde el momento en que vemos el primer rayo de luz. Nadie nos dijo que estar sin luz es una tragedia, sin embargo, sabemos que el vivir iluminados significa ser felices. 
    Mi disgusto comienza al momento de saber que estoy completamente a oscuras, desde el día en que esa Gertrudis me abandonó por ese capataz del norte, ¿qué se supone que tengo que hacer yo? Le juré amor eterno y el amor sigue aquí, pero ese amor ya no deslumbra mi entorno y a duras penas sé como sobrevivir. He pedido a mi vecino que escriba esta carta por mi porque no puedo escribir, porque me he quedado sin nada que poder ver. 
    No sé qué hacer y tampoco sé si usted algún día llegue a leer este pedazo de papel y digo, no es culpa de mi mujer, pero tampoco es mía, le repito, soy un pobre hombre que sólo vivía para trabajar y para honrar a mi bella mujer, pero ahora no, ahora ni si quiera puedo trabajar y esa mujer se ha largado al norte con ese hombre rubio. No se puede vivir así, no es justo, sólo quiero mi trabajo de antes, mi vida de antes, tratar de tener una vida tranquila como los demás.
    Ya para terminar, le suplico que me ayude, rezo cada día para que la luz ilumine mi vida, que me devuelva mis días. No pido justicia, no le deseo el mal a Gertrudis ni al capataz del norte, sólo pido un destello que me ayude a ver más allá de lo que cabe en mi cabeza.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Carta de despedida


A mí querido Joaquín:
    Todavía no puedo creer que haya pasado esta atrocidad. Me es difícil asimilarlo y metérmelo en la cabeza, además de tener que lidiar con una vida de carga ante el hecho. A decir verdad, siento como si fuese uno de esos borradores que escribíamos entre las clases de preparatoria, uno de esos en los que te encantaba morir de las maneras más inverosímiles, pero lastimosamente creo que es la realidad que, al fin de cuentas, superó todas esas historias de revueltas de juventud.
    Apenas sí me había llegado tu carta desde Guadalajara y aunque siempre pensé que no te quedarías en esa ciudad más del mes, jamás creí que fueras a irte por los motivos que ya sucedieron y la verdad es que me duele mucho. Es difícil, Joaquín, duele pensar que no te haya podido convencer  que te quedaras en el viejo departamento que dejó mi tía Blanca, te lo repetí tantas veces que tuve que aceptar tu negación y tu terquedad, como siempre. Aún no entiendo por qué tuviste que dirigirte hasta allá, Sofía no quería verte más y si alguien esperaba que lograras entenderlo ese era yo, Joaquín. Un divorcio tras veinticinco años de casados es sumamente duro, pero carajo, confiaba totalmente en ti.
     Recuerdo el momento en el que me invitaste a participar en tu pequeña revista, siempre que me acuerdo es de una manera muy vivaz, mejor recordada ahora que al día siguiente al que sucedió, creo que es como la  historia de mi vida en un diálogo de tres horas en la esquina de nuestro café favorito, acompañado con reminiscencias apenas visibles de seis o siete cigarrillos y una madrugada de alcohol.
     Vi la noticia en los telediarios esta mañana que regresé a Monterrey. Me desmayé  y lo primero que hice fue llamarle a Fonseca, el cual lo confirmó y me volvió a contar lo sucedido ya con más detalles y los procesos funerarios. Se me rompe el corazón en mil pedazos, Joaquín. El simple hecho de escribir estas palabras quiebra mi voz como cristales contra la acera, pero en verdad necesito hacerlo. Me pregunto tantas cosas, así como asimilo muchas más, pero sabías muy bien que siempre respeté tus decisiones por más locas y descabelladas que fueran―, que siempre te apoyé hasta el final y que fuiste más que un amigo para mí.
     A mediodía recibí la llamada de Sofía en la que me explicó que ella junto a tu hermana se encargarían de todo el proceso funerario y que, al fin de cuentas, llevarían tu cuerpo a tu Zacatecas querido (hacia donde ya me dirijo en autobús) para ser sepultado mañana temprano.
     Siempre he creído que tú y yo fuimos almas gemelas, más que carnales, dos cabrones que se entendían jodidamente bien y de los cuales, “era difícil saber de uno y no conocer del otro” según palabras de Fonseca. Como cualquier ser humano, cometimos el error irrevocable de enamorarnos de la misma mujer, de acostarnos con ella, de perdernos intensamente por ella, de dedicar cursi poesía para ella renunciando a la antipoesía que tanto añorábamos y elogiábamos cada noche, pero así pasó, mi querido Joaquín.
     Ella fue tuya durante veinticinco años, lo lograste. Con todo mi respeto y orgullo dirigido hacia ti acepté la derrota, pero te advertí que sí ella venía hacia mí no la iba a dejar ir. Tú lo hiciste, lentamente y casi sin darte cuenta. Ella comenzó a buscarme y yo siempre estuve ahí, esperándola desde que se fue contigo y ahora que la tengo no la soltaré jamás, ni siquiera para decirte adiós.
J.G.V.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Carta al fuego

      Recibí una llamada telefónica el día de hoy donde una grabación me anunciaba que ibas camino a tu ciudad natal, lo cual, al principio, fue una contradicción pero viéndolo desde el punto en que te encontrabas, fue la mejor decisión que pudiste haber tomado. Fue la mejor, la más sensata y la más cerca de tu alcance, lo que me dejó con un mal sabor de boca y una desilusión irremediable. Pensé que lo enfrentarías, que me llamarías y me dirías entre sollozos y palabras quebradas que te ayudara, que no te dejara por ningún motivo, que pasaríamos por esto juntos. Esperé a que lo hicieras, que me dieras a entender al menos la mínima decisión de aceptación, pero me quedé esperando, como muchas otras veces que diste la vuelta o decidiste ceder. Puedo seguir esperando, puedo seguir fingiendo que tengo algún compromiso con alguien y que me es igualmente fiel. Puedo seguir pasando las navidades entre amigos y cohetes, entre tequilas y canciones rancheras que tarareo, pero que en verdad describen todas esas cosas que he hecho por ti y de las que no tienes ni la más remota idea.

Leonardo Barajas