miércoles, 28 de mayo de 2014

Noticias del mes de mayo

    Es el día número ciento cuarenta y seis del año, mi último miércoles de descanso y un día fatal. Día veintiocho del presente mes y, según mi cuerpo ya desacostumbrado al calor de la región, uno de los más calurosos de éste dos mil catorce. Tomé este título de una fotografía que aparece en un libro de Julito: "Último Round: Tomo uno", en el cual recoge textos aleatorios de diversos temas, un pintoresco manjar de los pensamientos que cruzaban por la cabeza de mi Julito por aquel tiempo. Este título lo califico así por la falta de entradas en este mes, siendo las grabaciones de Soundcloud sólo un experimento para luchar contra mi manía a escucharme en voz en off con fotografías de fondo que son de mi autoría. 
    A decir verdad, qué tanto puedo calificar como «noticia» en mi. Creo pensar que cada vez es menos la gente que puede interesarse en este espacio u otra actividad que me circunde, cada día que pasa me siento más alejado del pequeño circulo de amigos que me rodeaba y bueno, que noticias como tales no pueden calificarse. Sin embargo, la fotografía la tomé hace algunos años y me gusta, la recordé en éstos últimos días y decidí escribir algo aquí para no dejar sólo las jodidas grabaciones y hoy es el último día del mes en que tengo oportunidad de hacerlo. 
    Nunca tengo mucho que contar, más bien, ya no tengo mucho en que repasar las horas y me extraña, ya que no suelo si quiera salir de la rutina laboral y el regreso a casa. Hay pocos lugares que me gusta visitar en esta ciudad y muchos, por no decir la mayoría que me agradan, guardan algún significado que nunca podré revocar. Otros, que aunque siempre he preferido visitar sin compañía, he decidido dejarlos, aguardarlos para un momento en el que repentinamente llegue y no haya nada qué pensar o recordar antes de visitarlos, los dejo ahí: situándolos entre una negra imagen de incertidumbre y sorpresa que se limita a estas palabras. 
    Hoy por ejemplo, desperté con un recuerdo de múltiples escenas en sueños mezclados de la noche anterior y, después, tras encontrar los pasajes de una de las tantas sinfonías de Schubert que suelo escuchar, me doy cuenta de que tengo una jaqueca tremenda que no puedo ni pararme de la cama. Hacía tanto tiempo que no tenía una de esas, ya me había olvidado de mis jaquecas y si, precisamente tenía que presentarse en mí día libre: fuckwit. Aún así, tras un dolor de cabeza insoportable y un calor matutino que hace a mi escroto sudar, me dirijo a hacer uno de esos trámites de «adulto responsable» y me vuelvo a casa tras haberme encontrado a dos conocidos en el trayecto, qué cagada, aunque al menos no fueron chicas de ayer.
    La mayor parte del día me la pasé dormido con el calzón sudado de la entrepierna y con la frente tan caliente que me daban ganas de arrancarme la cabeza: manía de cuando estas terribles jaquecas me tumbaban por horas y no hacía más que maldecir al puto sol y la falta de días fríos en esta región. Una chorrada. Tampoco tenía ganas de verle y le cancelé. No he tenido ganas de verle en todo el mes y se ha dado cuenta. Mientras esto sucede, porque siempre suele ser así, alguna otra chica me dice que ha soñado conmigo y quiere volver a verme. Me sorprendo, tras haber hablado vagamente de ella con un amigo el sábado pasado: un episodio más para el terrible dancing del karma de este año. 
    Se acaba mayo y todavía sigo leyendo los mismos dos libros, sigo escribiendo una carta que no creo mandar nunca y sigo creyendo que podré ir al DF en julio y ahora sólo me la paso descargando todas esas películas que me falta ver, mientras se me ocurre qué hacer conmigo y mi pálido trasero. 


domingo, 27 de abril de 2014

Carta al mes de abril

    Es muy tarde para beber café negro y agrego un poco de leche entera para poder dormir. Así mismo, me doy cuenta de que abril está por terminar y el calor extremo de la ciudad es el espléndido indicador: sorpresa, fuckwitt. «¿Qué hay de nuevo para escribir?, ¿Quién me ha robado el mes de abril?», me digo citando a Sabina con el titulo de un tema que me aburre, mientras por fin me digno a prender, por vez primera en el año, el ventilador tras el insoportable bochorno que se deja ocupar todavía a estas altas horas de la noche. No hay mucho de interés, sólo rutina y ese creciente embrollo que implica pensar, respirar y salir caminando día tras día hacia un mundo enorme en el que el bullicio y el egoísmo resumen el espacio en simples líneas de una agenda de bolsillo. ¿Qué pudo tener en especial abril que no hayan tenido los otros meses? Nada, mi amigo. Uno, a veces, se da cuenta de la necesidad del trabajo, del refugio, del escape de si mismo en labores comunes, en libros de cabecera, en canciones que escuchas desde los quince años y vuelves a bailar, en recuerdos. Abril por ejemplo, me recuerda días fuera de Monterrey y una nula comunicación con la gente de mis círculos cercanos, sobre todo familiares. Abril se sitúa como uno de los importantes parteaguas en mis últimos cuatro años de vida, y ahora, amarrado entre un tumulto de recreaciones de jornada y huidas hacia el propio mundo personal, se ve quebrado el significante que acabo de redactar anteriormente. No me preocupa en lo absoluto, lo digo al tiempo en que bebo ya los últimos sorbos de café con leche que cada vez me gusta menos, releyendo las primeras lineas de la presente entrada  y saboreando ese característico sabor que se queda en la lengua después de un placer que va en declive, después de un cariño fuerte pero finito. Es bueno saberse de ese tipo de características, de ese montón de sucesos que pueden marcar o refinar ciertas temporadas de un año, pero como siempre, es mejor cambiarlo todo. Sin embargo, el hecho sucede sin ser una decisión claramente y con ello viene el pensamiento reflexivo de lo que fue y lo que no importa que no haya sido: lluvias constantes los fines de semana, un libro que no llega, un film que por una u otra razón pospongo desde hace más un año y los refugios semanales en sus besos, en sus piernas, en el pálido color de su piel que no me deja decirle adiós. Son hechos, sucesos, elementos claros para reseñar abril en no más de tres renglones, marcas que se repiten en la agenda y, por qué no, un puñado de horas que quedan como el cambio de la rutina vacacional. El mundo sigue en calma, y no refiero a el caos de país que tenemos, ni a las guerras en las zonas de siempre, ni siquiera a las pendejadas que salen todos los días en las noticias regionales, me refiero a mi resumen mensual, a mi indiferente idolatría de estabilidad, a las nueve o doce cajetillas de cigarros, al dinero que va y viene, a tu terquedad por algo que ya no existe, a mi necedad por el egoísmo banal. Es conformismo y estancamiento promedio, es un par de ojos cerrados que se niegan a ver más allá de la autofelación matutina triunfalmente lograda; y seguimos de pie, inhalando el putrefacto olor del amor que fluye por el aire para recibir el mes de mayo: tu caminando y queriendo un amor correspondido y yo amaneciendo de nuevo en una cama ajena que no me da tantos dolores de cabeza ni ansiedades. 




domingo, 20 de abril de 2014

Im Dorfe


Winterreise

    He comenzado a extrañarle sin siquiera haberle dejado. Lo he notado en los últimos días, con el paso de los minutos que parecen eternos y el efímero recuerdo que me queda de ellos. Ha pasado de repente, como el suave roce de su piel contra la mía, como un claro ejemplo de la contrariedad que mi ceguera procura elegir. Poco puedo imaginar del porqué concreto hacia el sentimiento, hacia la extraña sensación de sentirse de una manera u otra con respecto a una simple persona.
    El tacto de los días parece no importar y, sin embargo, se aferran y se desvanecen, justo como la metáfora que ella puede significar en mis instantes. Lo noto incluso ahora, bajo una presión arterial alterada, yendo de un desconcierto social hasta un desconsuelo interpersonal en donde poco figuro a estas alturas de la escena y en las que quedo de lado sin objeción y la recuerdo: bajo el yugo del denso aire de la noche y esas palabras que aparecen y se quedan bajo nuestros párpados sin llegar a escucharse, simulando la barrera del lenguaje o el negado entendimiento del reconocimiento mutuo, un rechazo.
    Y es cierto que hay algo, un bicho pequeño e inservible que se escabulle por entre mis dedos y la necedad de su nuca. Un vulnerable ser lleno de repugnancia que igual puede jodernos a placer, en medio de una merced pendeja en la que nos vemos, o, mejor dicho, me veo, cada que la falsedad es el mensaje que llega hasta sus  oídos, una falsedad tierna y sin maldad que se engendra y aparece en lugar de la resignación. Hay impotencia si, de la menos tangible ante tanta acción realizada, un falso escalón que yace y repercute en todo lo siguiente, lo que se le ramifica y hasta a lo que no. Hay miedo en sí.
    He comenzado a extrañarle sin siquiera haberle dejado. Lo he notado en las últimas risas, las que parecen ser el último de sus destellos que alcanzaré a percibir. Ha pasado tan de repente, todo sin intenciones pretenciosas que no fuesen deseo y necesidades del ser, sin quereres, sin estatus, sin ganas de amar, como un claro ejemplo de la monotonía en la que me aferro a vivir. Poco puedo imaginar del porqué del concreto hacia el sentimiento, hacia la extraña sensación de haberme entrecruzado, de nuevo, con otra persona.
    El ahora parece ser el ahora de hace algunos meses y lo bautizo de total indiferencia: insípido malentendido de lugares y llamadas entrecruzadas vacilantes, cruda síntesis sin un objeto a buscar en estos momentos llenos de un vicio detestable y enfundando el deterioro del cuerpo, del alma y esas cosas que suelen decirse para no afirmar que somos sólo tierra mal empalmada, tierra que, al final del día,  nada tiene de extraño.