lunes, 15 de mayo de 2017

Sor Presa

    Es ya mitad de Mayo. 
    El clima parece tan extremo como de costumbre y los días se me van como agua de las manos. No lo entiendo. No logro comprender esa brevedad en la que se resume mi existencia entre el día y la noche, ese silbido escuálido que surge y del que apenas logro percibir un susurro que se esfuma; inalcanzable a mi torpe maniobrar.
     Vuelvo a comenzar.
    La semana no parece irregular. Las canciones son las mismas al igual que las risas, las casualidades y las jornadas silenciosas que se suelen presentar. ¿Habría otra manera de vislumbrar las cosas? Me lo pregunto ahora, mientras dejo el celular en mi escritorio y alcanzo a detectar un silencio tras un constante soplar del aire acondicionado de la oficina, monótono y extendido hoyo en el que siento caer de vez en cuando. 
    Tengo sed. 
    Quisiera cerrar los ojos por más de siete horas sin la necesidad de despertarme, adoptar el dolor del cuerpo al no levantarme y encerrarme alejado de toda esta grisácea ciudad que no hace más que consumirme sin un aliento de sorpresa. 

sábado, 2 de julio de 2016

26

    He llegado hasta aquí y me es necesario repasar lo más importante que ha pasado. La mayor parte del tiempo me cuesta trabajo darme cuenta de que sigo en pie, ya que voy yendo apurando el paso y atravesando todo lo que va sucediendo sin engancharme demasiado en un solo concepto. Es entonces es momento adecuado para hacer una pausa, reparar en seco y parpadear algunas veces para refrescar mi mente e idealizar todo ese conjunto de acciones y situaciones que he ido atravesando en el año que se acaba de cumplir y lo que, en verdad, he cumplido bajo la lista de supuestos propósitos o metas a corto plazo.
    El hecho de haber nacido a finales de mitad de año me hace modificar el estándar del año en curso, siendo un doble punto de vista o tangente el que me permite separar las diferentes tareas que hay que cumplir, ya sea en el típico enero a diciembre o de cada 29 de junio. Sin embargo, revisando los puntos clave a cumplir, ambas caras de la moneda me hacen saber que lo importante se comparte y son pocas cosas las que diferencian estas dos contrapartes, puntos que, de igual manera, hacen un tanto significativo el motivo de separación.
    He llegado hasta aquí y me es imprescindible conocerme en este momento. Amanecer y dirigirme hacia el espejo del baño con la consciencia precisa de identificar lo que quiero me es elemental, y me refiero más a lo que viene después del acto mismo: salir y encaminarme al montón de actividades diarias que hay que cumplir, aunado a los imprevistos e impulsos que se presentan y salir triunfante, sin tener que sentirme derrotado en un día común de rutina.
    Basta con parar sin reparos, mirar un poco hacia un punto muerto del techo y perder la noción para dirigirme un poco hacia atrás y enterarme de que lo voy logrando. Me lo digo ahora, mientras recreo ese sin fin de hechos en los que me he emprendido y he salido exitoso y, a la par del resumen, entre los puntos pro y en contra, reconozco que el sacrificio de algunas cosas conlleva poder muchas otras más y quedo en silencio para no engancharme en ello.
    Es ya mitad de año y hay un sinfín de obstáculos que puedo ponerme si así lo deseo. Sé que puedo dejarlo todo y aferrarme sólo a lo necesario nuevamente



viernes, 8 de abril de 2016

Cinco días

    Amanecer sin la noción de qué es lo que prosigue en este momento se ha vuelto una rutina banal en estos últimos días. 
    La primavera ha llegado hasta acá con una inconsistencia abrumadora, con mañanas grises y tardes soleadas en donde no encuentro más que un desvarío de emociones y reminiscencias encaminadas hacia lo incógnito, siendo la noche quien me refugia en abrazos y caricias para mantenerme más tranquilo.
    Por ahora el tiempo se sigue yendo, con las palabras y los silencios, con toda esta figuración de procesos en los que se supone uno tiene que vivir. Y qué es lo que sigue, qué es eso que nos falta y nos hace despertar cada día, me pregunto a la par en que observo hacia afuera desde mi ventana, contemplando la monotonía suburbana de mi entorno y excluyendo toda esperanza fugaz de entre tu mirada y la mía.

viernes, 21 de agosto de 2015

So nice/High hopes/Here’s hope

    Ocho veintidós.
    Hace una mañana demasiado hermosa como para ignorarla. Todavía adormilado, camino derecho al lavamanos como un autómata recién programado, veo mi cara ya con el agua cayéndome hasta el cuello y no percibo más que una silueta borrosa a centímetros de distancia: un reflejo, un porcentaje de otro porcentaje. Es el desvelo quien me da las últimas palmadas en la espalda para encaminarme hacia la primera ola de pensamientos matutinos y Elmo Hope se presenta en escena.
    Agosto comienza al fin a retirar el calor engorroso de la ciudad, a paso lento, mientras el vaivén de los días circula por entre rutinas y esas charlas secas en las que nos vemos inmiscuidos de repente, lo cual me retiene pensando en cómo abordarla a esta hora sin parecer molesto. Es sólo un saludo lo que me hace pensarla, un simple acto banal que me hace repasar un montón de situaciones tangenciales y estúpidas. Sería mejor no hacerlo: dejar que la mañana pase mientras sostengo un vaso de leche fría y después una taza de café negro, escuchando a Hope tocar ese piano en la última pieza de su Informal Jazz antes de que me alcance el medio día.
    Once tres.
    Salió el sol y ni siquiera lo he notado al momento. He desperdiciado/aprovechado estas horas en no hacer nada. La tranquilidad del silencio ha comenzado a esfumarse por el ruido externo y la tempestad del tiempo en contra, quienes vienen hacia mí a sonsacarme de la paz subjetiva en la que me refugio. He dejado de pensarla. Doy hincapié a las actividades que se encaminan con la rutina de fin de semana y sigo adelante, sin más que un centenar de pensamientos reducidos a pocos actos y una ceguera abismal que me figuro con la luz del sol. Sin embargo, el tiempo y el ruido es algo con lo que se aprende a vivir y ya nada de esto tiene mayor importancia.
    Doce y cuarto.
    Color Humano.

    

viernes, 31 de julio de 2015

Senza fine

    Se hace tarde.
    He dejado el vaso medio vacío. Lo observo y lo repaso. Me pregunto por qué no lo he terminado de beber. No recuerdo. No es satisfacción ni hastío. Tampoco sé el porqué de  la interrupción. Parpadeo y carraspeo. Han pasado un par de minutos y la tensión se vive entre la mirada y la percepción. La incógnita. El desgaste ocular y el recelo del despojo hacia el objeto. Las doce y media y el estómago medio vacío. La parábola de la vida de la cual carezco de explicación me persuade a un intento. Se hace tarde. La saliva me recuerda el sabor. La luz me priva de una imagen clara. No he de beber. Alguien toca la puerta. Parpadeo y desespero. La angustia de alargar la mano hacia el vaso se presenta. Sentido común. Autómata de dos a once. Se hace un poco más tarde. Canícula regiomontana en el fondo suburbano. Siguen tocando fuera de casa. Caigo en el hartazgo. Sed de derrota. Hazme despertar con el miedo de perderte. Mejor no. Nunca es demasiado tarde. Dos tragos y a correr.  

miércoles, 15 de julio de 2015

Lago Rodeo

    Es tarde ya para devolverme.
    Hace media hora que he tomado una ruta alterna que me llevara a un lugar distinto a donde en realidad iba. Todo ha comenzado con la intención de tomar un atajo y llegar antes de lo planeado a aquella reunión pero, entre el barrio desconocido al que entré y las altas horas de la noche, me he tomado otra salida de momento y ahora me dirijo a su casa. Debí girar hace tres semáforos y terminar esta estupidez. Ahora estoy ya por tomar la salida de la ruta exprés sin haber frenado por minutos. Sería necesario hablarle por teléfono si es que en realidad voy a verle, tal vez ni siquiera esté ahí y todo sería una pendejada más en mi haber del cual podría mofarse a plenitud.
    Sin más que pensar, nuevamente he desviado mi camino. Han pasado tres minutos desde que tomé el celular para llamarle y ya me encuentro rebasando automóviles a ciento veinte kilómetros por hora sin saber qué hacer aún, agazapado por esa corriente de aire fresco de madrugada que suele aparecerse en el verano y que ahora me acaricia invitándome al descaro. Esperaría estamparme mientras conduzco al escuchar su tenue voz, saber que es muy tarde y que cada vez estoy más cerca del bulevar hacia casa que tomar el retorno a la suya es lo que sucede entre canciones. ¿Me contestará la llamada después de tanto tiempo? El silencio que perdura después de un track recién terminado al siguiente hace énfasis a lo que cuestiono.
    Creo encontrarme a quince minutos de llegar con ella si hago el retorno en Ruíz Cortines. Podría dar la vuelta, llegar por un par de cervezas y aparcarme esperando su respuesta en la tranquilidad de la noche, justo a unas calles antes de su estancia por donde no corra riesgos. Tomar el teléfono y marcar sin reproches, hablar con vulgaridad y escuchar una respuesta que igual vale madre parece verse tan fácil: aclarar mi garganta y presentarme frente a ella ahora lo visualizo como un absurdo sin sentido, un berrinche de fiebre de sábado por la noche sin borrachera que lo respalde. Sin embargo, persisto. Es tarde y seguro se encontrará ya ebria, lo cual lo haría más sencillo: contestaría algo sorprendida y con tono mamón, si tengo un poco de suerte puedo pasar a recogerla en Lago Rodeo como antes, como si no hubiera pasado nada y saber en realidad que no pasa nada en lo absoluto es lo que me tranquiliza justo ahora.
   Me he aparcado en una brecha oscura a orinar y noto la hora en el celular. Son las cuatro con veinte de la mañana y ya nada de esto parece tener un fundamento racional que me lleve a seguir manejando entre esta horrible ciudad. Deseo verla de nuevo y es sólo el impulso lo que me ha traído aquí, mientras noto la claridad que empieza a tomar el cielo, preguntándome una vez más si esta patética corazonada va más allá de un par de suposiciones y semáforos en verde, todo al tiempo en que sacudo mi verga de las últimas gotas y me resigno a dejar esto como estaba. Como una meada que se queda olvidada en el pavimento hasta evaporarse entre la nada. 



lunes, 29 de junio de 2015

Wendolin

    Estoy a unos días de cumplir un cuarto de siglo y también lleno de discrepancias a la vez. Entre la búsqueda de algo que no termino de entender y las apariciones de sucesos rutinarios como extraordinarios, sigo al filo de la incertidumbre que conlleva seguir pasando derecho como caudal que atraviesa toda barrera, siempre con la enmienda tangencial como as bajo la manga y la predilección hacia el fracaso. Ya sea despertando a duras penas por las mañanas o soñoliento en las lecturas nocturnas, cruzo a pasos cortos el frente que se me presenta.
    Es todavía el amanecer mi punto débil del día. Amanecer y recordar tu nombre es el pesado punto de partida, ya sea al momento de percibir los rayos de sol llegar hasta mi cara o al instante de descubrir figuras en el techo, la imagen es la misma: Wendolin.  Parece ser un bautizo matinal el decir tu nombre, un parteaguas hacia el inicio y lo desconocido de la cotidianidad: hablar en silencio y saber que no responderás para después inmiscuirme en el desayuno forzoso y la vista hacia la calle en donde nunca pasa nada. Y lo demás es donde te busco con la intención de no encontrarte.
    Llegar a aquí es mera coincidencia. Pienso en las calles vacías y los amigos que siguen su camino, en los amaneceres que nunca observo y los atardeceres que siempre se me van. Es todo esto el producto de un subconsciente colectivo que nos encamina a todos a vivir, a seguir despiertos tras dos tazas de café y la incógnita de si algún día se sentirá una tranquila y armoniosa estabilidad. ¿Y cómo lograr eso si no puedo siquiera verte cuando me place? ¿Cómo es esto de cumplir 25 años?
    Tu silueta cruzando la puerta hacia el exterior es el emblema de este último año. Los fines de semana en casa y las borracheras espontaneas son parte del repertorio. Sin embargo, es esa especie de vacío y ansiedad lo que perdura, esa imagen del abandono y la esencia misma de quedar aquí como una estampa en la pared: estero azul en donde todo se hace tan lejos.