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sábado, 3 de junio de 2017

Anotación de una mañana de sábado

    Nunca me ha gustado junio. Sobre todo porque cumplo años. Supongo que ya lo intuías desde el año pasado. Tal vez no. No soy un fanático del verano ni de festejar hacerme mas viejo, mucho menos del día del padre, no. Sin embargo ya es junio y no hay marcha atrás. 
    He estado un poco ocupado en dormir más de lo normal, en ejercitarme después de la jornada de trabajo y perder mi tiempo en una serie de idioteces que-no-me-llevan-a-nada. Lo habrás notado. Aún sigo con una especie de estado emocional en el que no me soporto la mayoría del tiempo y es esto lo que me mantiene en este momento tratando de escribir, ya sin las ganas de antes y con una ansiedad pasajera que no llega a tanto. Tengo trabajo qué hacer después del trabajo y no he avanzado mucho, me mantengo siempre buscando una manera de distraerme o de quedarme dormido, pensando en las cosas que no quiero hacer y las vacaciones que ya tengo pagadas y veo tan distantes, en las cosas que quiero tener y no hago por alcanzar, en las cosas que quiero decirte y vuelvo a callar. 
    Una vez más me encuentro temprano en la oficina, en un sábado donde el colegio parece un establecimiento abandonado de la vieja unión soviética y la inquietud de no sentirme tranquilo me acelera los pies debajo del escritorio. ¿Habré de morir antes de cumplir 27 años? No lo creo, pero tal vez este estado raquítico que estoy intentando describir sea lo que más se le parezca, aunado a la necesidad nefasta que tengo por verte de nuevo y la boba intuición que me hace pensar que tú sientes lo contrario. Así empieza mi junio, alejado de toda la tranquilidad que pensé tener y encarándome la madurez que no poseo para no perder la tradición veraniega.
    Exhalo un aliento de contrariedad para terminar este breve lamento, tratando de inyectarme una gota de excepción que anule todo lo contrario. Disculpe las molestias. Buenos días. 

sábado, 2 de julio de 2016

26

    He llegado hasta aquí y me es necesario repasar lo más importante que ha pasado. La mayor parte del tiempo me cuesta trabajo darme cuenta de que sigo en pie, ya que voy yendo apurando el paso y atravesando todo lo que va sucediendo sin engancharme demasiado en un solo concepto. Es entonces es momento adecuado para hacer una pausa, reparar en seco y parpadear algunas veces para refrescar mi mente e idealizar todo ese conjunto de acciones y situaciones que he ido atravesando en el año que se acaba de cumplir y lo que, en verdad, he cumplido bajo la lista de supuestos propósitos o metas a corto plazo.
    El hecho de haber nacido a finales de mitad de año me hace modificar el estándar del año en curso, siendo un doble punto de vista o tangente el que me permite separar las diferentes tareas que hay que cumplir, ya sea en el típico enero a diciembre o de cada 29 de junio. Sin embargo, revisando los puntos clave a cumplir, ambas caras de la moneda me hacen saber que lo importante se comparte y son pocas cosas las que diferencian estas dos contrapartes, puntos que, de igual manera, hacen un tanto significativo el motivo de separación.
    He llegado hasta aquí y me es imprescindible conocerme en este momento. Amanecer y dirigirme hacia el espejo del baño con la consciencia precisa de identificar lo que quiero me es elemental, y me refiero más a lo que viene después del acto mismo: salir y encaminarme al montón de actividades diarias que hay que cumplir, aunado a los imprevistos e impulsos que se presentan y salir triunfante, sin tener que sentirme derrotado en un día común de rutina.
    Basta con parar sin reparos, mirar un poco hacia un punto muerto del techo y perder la noción para dirigirme un poco hacia atrás y enterarme de que lo voy logrando. Me lo digo ahora, mientras recreo ese sin fin de hechos en los que me he emprendido y he salido exitoso y, a la par del resumen, entre los puntos pro y en contra, reconozco que el sacrificio de algunas cosas conlleva poder muchas otras más y quedo en silencio para no engancharme en ello.
    Es ya mitad de año y hay un sinfín de obstáculos que puedo ponerme si así lo deseo. Sé que puedo dejarlo todo y aferrarme sólo a lo necesario nuevamente



jueves, 4 de junio de 2015

Riot Van

    Despertar sin querer despertar es lo que me ocupa en estos días. Días distintos a la semana anterior e igual se inconclusos que los de siempre. He alcanzado a escuchar un mensaje en el celular, el flujo de algunos carros pasando por la calle y ese peculiar sonido matutino de un ambiente suburbano, todo mientras me percato que nuevamente me he despertado tarde y que, en realidad, no hay nada importante que me haga abandonar las sabanas y su refugio.
    Después de dar vueltas y no entender nada, me levanto con la única intención de abrir la ventana y observar el exterior, ese mundo extraño y tétrico del que no termino por acostumbrarme. 

miércoles, 11 de junio de 2014

Runrún de verano

    Al fin ha llegado el calor infernal regiomontano en todo su esplendor. «Y eso qué todavía no es canícula», alcanzo a escuchar ciertas personas, persistentes y familiarizadas con el amarillo sol y el bochorno que logra escabullirse hasta el mismísimo ojete. Así es junio, siempre con este toque ambiguo de la llegada del verano y otro cumpleaños; el mes de mi nacimiento me es el menos preferido: entre sudor en los brazos e invitaciones de cumpleaños de tantas personas que andan por ahí sólo queda pensar en la oda de verano al estilo americano.
    Por ahora el entorno parece estarse tranquilizando. El trabajo ha estado estable, mi vieja camioneta sigue funcionando sin mermas cada día, en casa todo parece estar bien mientras aporte dinero, a ella le dejo de lado poco a poco y por ahora se ha decidido en probar nuevas bocas. Mientras tanto,  dejo un tanto pasar el tiempo, me desconcentro en ningún plan tan concreto que todo puede ser ya obra del azar, de las decisiones-del-momento y una pizca de la suerte que puede llegar a caer en cualquier instante. La verdad es que la mayor parte del tiempo he llegado a estar en ese punto, en el preámbulo de no saber qué viene y qué va, quiénes vienen y quiénes se van, qué camino tomar y de cuál tengo que regresarme.  
    En este momento la reflexión puede quedarse un poco fuera de foco. Puedo prescindir de ello por ahora, en una etapa en la que voy fluyendo como escupitajo hacia el suelo ardiente, directo hacia algo inevitable que para nada se puede rechazar, que nada se puede hacer, sólo entregarse a la idea de la desmaterialización entre el trayecto y la meta y la incertidumbre de lo que ambos abarcan y significan. La temática es simple y la idealización es aberrante. Es la manera de ver las cosas lo que me ha metido en los últimos embrollos y es la rápida manera de desaparecer de ellos lo que me mantiene ahora más tranquilo, entre nostalgia dividida y inestabilidad social recurrente del verano. Runrún. 
    Y he pensado en todas ellas, en las que están ahí sin irse del todo y en las que ahora miro sin cesar, entreabriendo un poco los ojos bajo la sorpresa de saberme perdedor desde el comienzo y la tarada idea de tener que llegar y romper otra bonita relación sólo por obedecer mis más bajos instintos. «¿Por qué me pasa tan seguido?», me pregunto mientras dejo mi escritorio en la oficina y me acerco de nuevo a su lugar, porque sé que me espera incluso cuando su novio anda por ahí. Es la reacción de un segundo a otro, la cuerda floja que he pintado de dos colores: una separando tus viejos recuerdos de un año revuelto y en otra colocando a esta nueva chica en cuestión para moverme de un lado hacia otro, bailando y oscilando entre la caída libre del acto y los pocos segundos que dura la estabilidad de mis pies sobre una u otra parte.
    Esto como un escupitajo que va desde la boca hasta la ardiente grava, con todas las de fallar, pero esparciendo en su camino ese horrendo e inconfundible olor para llegar al final con un excelso impacto de indiferente éxito. Runrún.