domingo, 29 de marzo de 2020

Casa

    Todo el tiempo que tengo libre busco tenerlo en casa. Al pensarlo, idealizo que es algo de los últimos años pero al analizarlo bien me doy cuenta de que va de muchos años atrás. Es extraño, cómo el sentimiento o la idea que se tiene sobre el comienzo de tal o cual actitud me remonta primeramente a la conciencia del comienzo del mismo, pero después y casi al instante descubro las bases de como fue esta actitud desarrollándose sin que fuera de golpe.
    Podría asegurar que este tipo de actitud hogareña se remonta a la secundaria, cuando comencé a refugiarme más en casa para consumir televisión de paga y videojuegos, casi a tiempo completo. Sin embargo, yendo más atrás en la linea del tiempo lo logro observar: el pequeño yo, deportista y entusiasta de los arcades, terminando y refugiándose siempre en casa para emprender cualquier actividad que me permitiera estar solo. Y no necesariamente solo, porque siempre había un mejor amigo que venía a casa para jugar con el montón de muñecos de acción que tenía y que, siempre, lográbamos inventar diferentes historias para pasar el rato. A veces era eso, en otras los videojuegos nos consumían toda la tarde, hasta que el silencio se encargaba de dejarnos disfrutar de los finales sin decir una palabra.
    Hoy no es mucha la diferencia. Me gusta estar demasiado en casa, refugiado del calor de Monterrey y del ruido suburbano. La mañana se va rápido haciendo un rico desayuno con café para mi prometida para después ver mis podcast en la sala, siendo mi única preocupación enviar algunos correos de seguimiento para los proyectos del trabajo. Los videojuegos ,de unos años para acá, se han vuelto nuevamente algo importante para mí, lo cual me mantiene ocupado en largas horas del día.
    Todo el tiempo que tengo libre busco tenerlo en casa. Disfruto mucho de ello. Ahorita mismo debería de estar haciendo algo de limpieza pero opté por escribir un poquito aquí, porque es algo que también gocé demasiado en una parte de mi vida. Y qué es la vida sino lo que está sucediendo mientras haces un montón de cosas.


miércoles, 18 de marzo de 2020

Buen viaje

    Bien podríamos haber dado la vuelta. Saber entender la emboscada: Complemento. Saber desencontrarnos. Cabizbajo y sobresaltado por la situación pude haber claudicado. Vomitado. Huido a raíz del centenar de sentimientos encontrados que surgían del impacto: Suma física. Nada de esto sucedió. ¿Lo nulo?
    Ahí estábamos nuevamente: Superposición. Sin poder comprender que el pasado nos enlazaba y que era el mismo pasado quien nos separaba para una nueva aventura. La más inesperada y así mismo infravalorada de todas: Yuxtaposición. ¿Y qué cosa es aparte de mi el otro individuo sustancial? ¿Quién o qué cosa? ¿La nada? ¿El todo? 
    El mundo. 


martes, 31 de diciembre de 2019

Caudal



    Tendría que decidirme si esta taza de café la haré con o sin canela, pero no importa mucho en verdad. Me digo esto al momento en que apago el agua de la estufa ya hirviendo y tomo asiento en mi cocina, observando el que es mi hogar desde hace un año. ¿Qué tantas cosas hay por pensar y qué tantas otras dejo a la expectativa de que estallen al momento? Tal vez con el primer sorbo de café lograría interpretar mejor la respuesta.
    Han pasado un montón de situaciones en este año que no logro enfocarme por dónde comenzar a recapitular este memorandum. Podría suponer que esto último es algo bueno pero no habrá absolutos en esta ocasión. Habría que, al menos, esperar a terminar la primera taza de café y beber un vaso de agua, iniciar a indagar entre el bullicio del ruido de la calle y tratar de sumergirme en la fuerte corriente de ideas vagas que me hicieran recordar los tropiezos y los aciertos y, por ende, toda la amalgama de espacio gris que circunde y que no es más que el verdadero espectro del que se nutre la existencia.
    El café caliente toca mis labios y pienso en que lo que dejamos detrás no es más que un reflejo de lo que se tiene el día de hoy, y es precisamente esto lo que me mantiene a flote, subyacente y atento a lo que se presente al instante sin descuidar ese montón de planes que se generan como ramas en el árbol llamado vida. Qué es el tiempo sino esa conjunción de circunstancias que se amontonan durante las inhalaciones y exhalaciones que fluyen en nuestro movimiento, actividades que se cuantifican en el sin cesar de pestañeos y los silencios que nos empapan de supuesta realidad.
    Hierve de nuevo el agua en la estufa y la segunda taza de café se presenta como la lluvia fuera de casa con sorpresa, anunciando el termino de un decenio y no de una década como muchos comienzan a especular. Los amigos llegan y se van al igual que la familia, pero siguen presentes como el sonido de las aves y el ruido suburbano en que todavía procuro habitar. Es aquí el lapso correcto del análisis, es aquí cuando aparece el parpadeo perpetuo de sentir lo que se repercute de la relación humana, las risas y los desconciertos que quedan marcadas en la piel de la memoria y los suspiros que emergen de lo más profundo del ser hasta descubrirnos como lo que prevalece, como lo que ahora somos.
    Qué es la plenitud. Qué es esta extraña sensación de tranquilidad que emerge bajo las orejas mientras pasan los amaneceres a nuestras espaldas, esas olas de brillante color que llegan y me observan conducir hacia el poniente, en un cumplimiento de rutina en el que te entrego y te pierdo para sufrir así las restricciones del mundo capitalista que habitamos. Es la vida en pareja lo que hoy nos custodia y es la dicha misma de abrigo lo que me acontece, manteniéndome ocupado tu felicidad y júbilo de maneras que nunca antes tuve.
    ¿Es el amor el cumplimiento de responsabilidades de pareja preestablecidas o es la locura de aislarnos en un baile cíclico de dolor innecesario y socialmente aceptable? Pienso que ocuparía el resto de mis días en averiguar lo que ya comencé, en aceptar una y otra vez esa aventura interminable en la que no titubearía en emprender nuevamente sin temor al fracaso como en años pasados. Y es gracias a esos miedos y pensamientos remotos que alzo la mirada hacia el horizonte en búsqueda de lo añorado, dispuesto a quebrantar hasta el más mínimo recelo y rencor.
    Llueve y es el instante mismo de partir o de llegar, de nadar con la corriente y olvidar el forcejeo cultural en el que todo tiempo pasado fue mejor. Spinetta canta y nos desvela que mañana es mejor.
    Persisto.
   



   
   


lunes, 9 de diciembre de 2019

Noche día

Cada trazo y cada camino que terminamos recorriendo
despiden ecos de algo distinto
que se quedan grabados como serpientes en arena
silenciosas y a su vez van dejando huellas,
huellas que permanecen grabadas en cemento,
grabadas en la memoria
sigilosas para aparecer en los momentos más inesperados:
un cuento,
un corazón,
un cerebro,
una materia prima para crear algo nuevo.
Que finalmente después de cierto tiempo será
abandonado,
olvidado,
y sepultado abajo de los nuevos palacios
que vienen y desbancan los suelos viejos
que existían ahí antes que ellos.
Y estos a su vez desbancan a los demás
y formando olas y desfiguros,
se vuelven muy difíciles de arreglar.
Algo mas que es difícil es
encontrar los pasados que queremos componer
tanta pintura sobre la fachada desgastada
impide y modifica la respiración del animal,
esa bestia sagrada que cambia para siempre y
muy rara vez dormita.
Nada nos garantiza que tendremos lo que tenemos,
nada nos garantiza una vida segura,
tampoco sabremos si tendremos pensamientos que
llevan a una espiritualidad iluminada,
nada nos garantiza la paz.
Pienso en que no somos dueños de lo que ya logramos.
Y nada nos garantiza que seguiremos siendo los mismos
pero siempre tendremos las huellas,
esas huellas para recordarnos
de dónde y porqué vinimos hasta aquí.


ORL

lunes, 11 de febrero de 2019

Boston unisex

    Tengo esta curiosidad, esta incógnita de llegar a cierto lugar y encontrarme con viejos compañeros de la escuela, viejos conocidos que no tengan la más remota idea de qué es lo que ha pasado conmigo desde que salimos de la facultad. Sé que suena como un claro síntoma de la nostalgia tras la llegada de la adultez y que se presta a figurarse como un capricho tendencioso de querer medirse-la-verga con otros cabrones que estudiaron la misma carrera que yo, pero el chiste es que vi una curiosa estética con un nombre peculiar en el que nos imaginé a todos llegando por un corte de cabello de 40 pesos después de la jornada.
     El nombre Boston unisex reluce como preludio a la decadencia en una fuente grande y rotulada en un vitral exagerado y amarillento, anunciando en un contrastante verde irlandés la recepción de hombres y mujeres por igual, invitándome a idealizar a ese montón de pre treintones entrando y reconociendo a esos ex compañeros de carrera a la par de acalorarse como si alguien se hubiese encargado de reunirlos a todos en la misma peluquería sin un motivo aparente. Reconozco que ese ha sido mi pasatiempo los últimos quince días al pasar por ese lugar, lo recuerdo y lo añoro y, cada vez que el semáforo marcando el rojo me obliga a parar enfrente del susodicho establecimiento, no puedo más que enfocar mi mirada hacia la sucia ventana en la que un M esté hablando de su esposa como si fuera la octava maravilla del mundo y un P no haga más que procesar todo lo que los demás hablan para después robar sus hazañas. 
    ¿Y qué haría R, o qué gran logro estaría alardeando F mientras pide su corte afemindado de siempre? ¿Qué haría yo además de querer reírme de toda esa bola de pelmazos que no se imaginan que están ahí por mi voluntad? Boston unisex, Boston unisex, no hay mejor nombre que Boston unisex para esta torpe pero memorable reunión sin sentido. Todo parece ir cobrando vida mientras la peluquera cincuentona se percata de que una no-muy-frecuente-clientela empieza a llegar: todo empieza con el caminar errante y triste de M arribando en primer lugar seguido por el-cuate-de-la-cara-con-vitiligio-pseudo-deportivo que nunca acudía a las clases, todo parece cobrar sentido, los aullidos de O quien cada vez tiene menos cabello e insiste en seguir haciendo los ruidos tan típicos de la población estudiantil al ver pasar una muchacha guapa y así como los zapatos enormes de T, contrastando con su flaca anatomía y su envidiada aventura con L, la foránea más deseada de la generación. ¿Qué podría salir mal?, tal vez la voz rasposa de la bella C invitando a quebrantar el machismo de la mayoría de agachados muchachones con sus grandes logros y certificaciones o probablemente el llanto al que se sometería la multitud al enterarse de la muerte de H, el bonachón hombre de las copias del segundo piso del edificio 1. 
    Podría seguir ideando, podría seguir construyendo y escribiendo un montón de historias impresionantes que se originarían tras el encuentro fortuito de un selecto y azaroso puñado de egresados de la facultad de ingeniería, pero el placer de imaginar tan jugosas situaciones sólo me hace querer quedarme varado en ese semáforo por, al menos, uno o dos inviernos más. 

lunes, 7 de enero de 2019

Oriente


    Algunos ayeres ya, me percaté que gran parte de mi tiempo el cual corresponde al momento justo del atardecer lo he vivido desapercibido, encerrado o simplemente distraído y escribí al respecto. Hoy, como balde de agua fría que estalla al proyectar y cala hasta los huesos, me he dado cuenta que en los amaneceres sucede algo similar.
    Hace casi tres meses que me fui de casa de mis padres, más al oriente de la ciudad. Al estar más alejado del área metropolitana, tengo que despertar más temprano para ir a mi trabajo. Así mismo, mi momento para tomar un gran café negro es, precisamente, al momento del amanecer mientras conduzco. Día a día al manejar hacia el poniente, la ciudad se va iluminando lentamente con rojos trazos invernales que hacen dirigir mi mirada al retrovisor al ir avanzando entre el apretujado camino. Estas remiradas suelen ser instantes, instantes cortos que no pueden convertirse en segundos si no deseo proyectar mi vehículo con el más próximo frente a mí: melancolía.
    ¿Es esto la existencia procedente a la esencia o, más bien, la no-existencia procedente a la artificial esencia?, una nula libertad de poder gozar el presenciar la dicha esencia de la naturaleza misma al amanecer. He capturado imágenes fotográficas que no representan con exactitud ni el más mínimo vívido color que arriba sucede; he observado el retrovisor durante cada momento de pausa en el pesado tráfico matinal y no logro gozarlo, no de la manera en que debería o en la que los demás se jactan de obtener.
    ¿Y de qué manera debería de percibirlo? Es decir, sucederá algo maravilloso al revelarle a mis ojos tan bello suceso de extrema relevancia en mis últimos meses o, simplemente, se trata de un filtro más, un contenido oculto más que mi mente se empeña en descargar a la brevedad posible para encajar con lo que no necesita ser más complejo. Ansiedad.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Cronos


    Llueve. Con el silencio abrazándome desde la inestabilidad de mi hogar logro perderme aunque sea un instante de todo esto que ignoro suceder y que circunda. Pasan de las diez de la mañana y la idea que busco para realizar el día y sentirme vencedor no logra tomar forma, no logro formar algo que previamente sé que desconozco pero que tercamente necesito recrear.
    Es el último sábado del año este que me ocupa. Lo recibo temeroso e ignorante ante el suceso: después de un sueño profundo tras cansancio del trabajo físico anterior del que caigo fulminado, tendido y sordo hacia cualquier ruido exterior a excepción de tus balbuceos nocturnales, intangibles e inalcanzables suspiros encriptados que jamás entenderé, ni siquiera en sueños. ¿Es esta la noche que conjuntamente ignoramos o sólo es el descuido individualista occidental que nos hace competir?, me pregunto momentos antes de escribir y pensar en esto, exactamente al sentir el vacío matinal de las vacaciones saturnales.
    Persisto en este abismo al que llamo ignorancia, reuniendo características a la idea ya mencionada, a la par de que sorbo el café con leche que me hace bajar el desayuno hasta el estomago y logra desvanecer toda boba concentración. Si por un momento pudiera dejar de parpadear, fijar mi mirada en un agujero que me hiciera ir más allá del abismo, a una circunferencia que se expanda y me susurre con su estruendosa plenitud que el mañana no llegará y que la nostalgia no tiene sentido más que la debilidad en sí, todo esto podría funcionar aunque fuese en un chasquido atemporal que polarizara toda esperanza, aniquilando todo rastro de descontrol.
    Es el último sábado del año que nos ocupa, lo he mencionado ya. Y sin más que decir que lo que obviamente no sucederá esta mañana –al menos no para mí–, el día sigue así como seguirán todas las fuertes mordidas que se provocan por las gloriosas fauces del Cronos.